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lunes, 06 de febrero de 2023
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La flecha dulce del Raly se nos clavó en el corazón

Barrionuevo brilló en su recital en la ciudad.

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Un ajustado recorrido por páginas de su discografía, amasada en casi treinta años, enriquecido con meandros hacia canciones elegidas, en especial de su admirado ‘Chango’ Rodríguez, ofreció Raly Barrionuevo el sábado en un Coliseo ‘de bote a bote’.

Fue una noche perfecta para sus hinchas, y el noventa por ciento lo era en esa enfervorizada sala, ya que el santiagueño es ahora mismo uno de los artistas más populares del folclore argentino, casi a un nivel Abel, Nocheros o Soledad, una de esas figuras que brillan muy alto pero a la vez asequibles, iluminado pero bien terrenal y cercano, como si cualquiera pudiera llevarlo a comer a su casa. Es decir que acá, eso de ‘una que sepamos todos’ no cuenta, ya que (casi) todes conocían su repertorio, con detalles y todos los ‘chiches’.

En la primera parte encaró tres obras propias que marcarían el tono del concierto, intimista y alegre a la vez, ya que “también he compuesto algunas chacareras”, como destacó, no sin una fina ironía, en algún pasaje del recital. Esto es, Zamba y acuarela, Al costado del camino (¿no se habrá cruzado con Fito, a quien también le gusta estar ‘al lado del camino’?) y la Huella de los labriegos, donde sienta los pilares de su compromiso político enraizado en la defensa de la tierra como la madre proveedora de todo lo bello que hay, y de lo que los ufanos humanos nos servimos -no siempre con fines dignos, como podría ser la mera contemplación-, y con los laburantes de abajo, en particular los del campo o quienes se dedican a esas tareas manuales que las voces de la ‘historia oficial’ gustan despreciar, o, acaso peor, romantizar.

El trovador santiagueño se presentó solo, con cinco guitarras, piano y todo su encanto de pibe sencillo, que te va ganando de a poco, sin apuro que la siesta en Santiago es larga; sensible y alerta, como revela un corpus cancionero empapado de un compromiso político envuelto en líneas sutiles (en colchón de finas hierbas, ja), nunca panfletario ni partidario.

La noche continuó con Si acaso te vuelvo a ver, Frías, dedicada a su pueblo, y una chacarera a su prócer, Jacinto Piedra, que entraña una particularidad: la empezó a componer, con un amigo, cuando su destinatario vivía; Raly soñaba como mostrársela al propio artista, pero la temprana muerte de Piedra a los treinta y seis años lo compelió a terminarla con su ídolo lejos de casa (o en un lugar mejor, ponele).

El espectáculo sonó de diez. Sabíamos del poder de su voz y su prestancia cantora (él también podría ser El cantante; hasta cantó fluidamente una a capela), lo comprobamos in situ, a través de piedras de un folclore de tinte dulzón que se cuida de no sucumbir a un ‘pereyrismo’ que lo vaciaría de un contenido político nunca‘periodístico’ pero siempre latente. Un poco de ‘caramelo’ sí, pero minga que Raly se va a dejar cooptar por el pop, como quien sabe muy bien dónde está el límite de lo cursi/frívolo por eso jamás lo cruza, sin necesidad de ningún VAR.

También es compromiso político cantarle a la madre (el asunto es cómo), y el trovador recordó a la suya con ternura en La niña de los andamios (así se titula también su disco de 2017), quizá el momento clímax de la noche, y en otra en la que habla de la casa de mamá, con ese patio donde fue feliz junto a ella y su hermano, con su padre lejos. En la niña de los andamios, el niño de los andamios que hoy él es dice que ‘habrá querido ser todo lo que dejó /Habrá creído herir todo lo que sanó /Madre de mi libertad /Compañera eterna de mi voz’. Tomá.

Florecieron en el setlist, que prácticamente iba improvisando, según aseguró, Volveré, Sueño de los viajeros (al piano) y las referidas inmersiones en piezas del ‘Chango’ Rodríguez, a quien en 2014 le dedicó un disco completo, con nueve canciones suyas cuidadosamente seleccionadas de un vastísimo repertorio. Las perlas escogidas para la ocasión, una de ellas Vidala de la copla (hacia el final del recital interpretaría Luna cautiva), depositaron un velo de suave humedad, como un rocío, sobre las miradas que flotaban desde cada rincón del Coliseo, gentes de acá en plácida comunión con muchísimos foráneos. Sin embargo, como el alquimista de climas que todo gran artista es, antes de que las lágrimas brotaran Raly salió al cruceconvidando una chacas pa’ bailar, y allá saltó hacia el escenario un enjambre de mujeres que veneran al ensortijado cantautor con ese caliente entusiasmo que despiertan los sex symbols del cine y la tevé. Más que canción con todos, canción con todas.

Durante toda la noche su feligresía le pidió temas e intentó intercambiar alguna palabra con él, que su ídolo los mirara a la cara, como ocurría en los recitales de Spinetta. Toda una emoción desatada en palabras atropelladas a las que Raly respondía con chispeante paciencia, a diferencia de un Luis siempre menos proclive a alterar su plan, que era capaz de retrucar la solicitud de una canción frente a un abarrotado Obras con un tajante: “No pidan y se les concederá”.A punto tal que un caballero, bastante confianzudo para ser tal cosa, creyó pertinente apelar a la complicidad de trescientas cuarenta y nueve personas para agradecerle que durante la canción anterior su mujer le había dado el sí. Como si fueran amigos, en un inesperado papel de padrino de bodas el santiagueño recogió el guante y les dedicó la Zamba de usted. Dicen que el público de Bolívar tiene, por decirlo así, tendencia a la astringencia, pero habría que ver ante quién… O habría que hablar del público en Bolívar, ojo con la diferencia.

Poco quedaba para el final tras el recreo chacas, pero era bastante, en especial por la exquisita Y seremos agua: ‘Agua /Fortaleza cardinal del nuevo tiempo /Agua /Fiel nodriza, madre de lo verdadero’. Todo dicho sin necesidad de empuñar fibrones, un Raly hecho y derecho. Sumó matices el único bis, Ey paisano, un clásico suyo y ya un himno de la militancia anticapitalista (no se asuste pero existe, sí), donde más directo y global que casi siempre, cita a lo Giecoa Violeta, al Che, denuncia la mentira de la tevé, recuerda a los niños de Afganistán, el agua envenenada del Andalgalá y que aún andan sueltos los asesinos de Kosteki y Santillán, pero siempre proponiendo crecer y hacer, en lugar de estancarse al abrigo de ese lamento impotente que suele ser tan confortable.

El concierto había comenzado sólo doce minutos tarde, con todo el público ubicado ya que habían dado sala una hora antes, y tras dos horas y dos minutos Raúl Eduardo Barrionuevo, el cumpa de Lisandro en Hermano Hormiga,dijo hasta la próxima, hasta pronto y hasta siempre, con su feligresía de pie, como en el final de una misa, que finalmente eso resultó este encuentro.

El niño de los andamios pasó por casa, y nos quedará el recuerdo de una noche joya.

Produjo y organizó Cable a tierra, de Daniela López, en lo que significó otro golazo de la productora en un año rico en música de alta factura artística y relevancia nacional, algo que no siempre ha ocurrido aquí y que por eso mismo sería menester cuidar, porque así como viene, en un soplo la melodía puede evaporarse. (Tanta buena música tras el apagón de la pandemia también hay que agradecerle a la Asociación Musical, que hace dos sábados nos convidó al gran Mederos y ahora nos invita a otro manjar, cual será el recital del ‘Negro’ Carlos Aguirre en octubre.)

El sonido y la iluminación se realizaron con el equipamiento de MB, de Moura-Blandamuro, con la operatoria de los técnicos de Raly.

Esta historia continuará. No con Barrionuevo sino con Luis Salinas, otro grosso que llegará a Bolívar este año, para presentarse el domingo 16 de octubre en la sala de El Mangrullo, también por gestión de la productora de López.

Chino Castro

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