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La complejidad de lo sencillo

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No tiene una formación sistemática, pero a lo largo de quince años descubrió/pergeñó una forma de hacer, y hoy ya puede hablarse del ‘estilo Volpe’, que se expresa en esas mujeres (jamás pintó un hombre, con una sola y especial excepción) de rasgos dislocados, que no responden a preceptos de armonía pero transmiten emociones, en un registro que abreva en la historieta, el retrato y lo costumbrista sin caer en la parodia. Dice que pinta para ella, pero cada vez son más los que reconocen la calidad y singularidad de una obra que, sin que su autora se lo haya propuesto, está tomando un rumbo diferente, signado por su aventura en las selvas de lo abstracto.

 

Andrea Volpe no pintaba, pero en 2006 le despertó curiosidad el taller que el olavarriense Daniel Fitte comenzó a dictar en la biblioteca “María Alcira Cabrera”. Sin saber por qué la ‘Tota’ se pasaba un rato contemplando las obras, hasta que Fitte la invitó a ser parte del espacio formativo (por ser de la comisión de la entidad, ella era la encargada de recibir al docente). Desde entonces, no paró.

Tras unas cuatro temporadas en ese taller, siguió sola. Este año había decidido tomar clases con Eder Corbetta, pero la pandemia lo tiñó todo de negro y gris. “A veces estoy frente a la tela y no sé para dónde ir, no encuentro inspiración”, admite la artista, que durante los últimos meses antes de la cuarentena elaboró una serie de mujeres con gatos -se los dibujaba en el cuello, en la cabeza- que gustó mucho a quienes pudieron apreciar su expo en la biblioteca Cabrera, convidada por el grupo teatral Vamos de Nuevo. 

¿Cómo trabajás? ¿Te ponés frente a la tela a ver qué surge, o pintás cuando ya tenés una idea?

– Pinto cuando tengo ganas. Y no siempre tengo ganas… Pinto en la cocina de casa, pongo una sábana vieja arriba de una tabla de planchar, apoyo ahí la madera, el cartón o el bastidor (se arma sus propios bastidores; es más económico), y pinto a partir de lo que salga.

En estas semanas parte de manchas. Las figuras no le salían y consultó a Dora Real, “una maestra bolivarense de la plástica”, quien le sugirió que manchara la tela y viera qué surgía. “En esa etapa de experimentación estoy”, dice la ‘Tota’ en charla con este diario. Un sendero diferente, que la llevará a un nuevo puerto como pintora. “Hago lo que me sale, uso combinaciones de colores que encuentro que me gustan, por ejemplo el blanco con el turquesa, el marrón y el negro, y elaboro una serie de cuadros con esa gama, y después con otra”.

Puede trabajar con intensidad cuatro días seguidos, “y luego guardo todo, no lo quiero ni ver, hasta que vuelvo a tener ganas de pintar”. Esa pulsión no está asociada a una idea a partir de la cual ponerse en marcha, sino más bien a momentos. Puede ocurrir al atardecer, o cuando se queda sola, o cuando llueve. “Quizá decida que en vez de mirar una serie o leer un libro, estaría bueno pintar. Y entonces me pongo a la tarea”, describe. Usa espátula y acrílicos.

Durante el primer período del aislamiento no concurrió a su oficina en el CRUB, y cumplió su labor como empleada municipal desde su hogar. Por ello dispuso de más tiempo para pintar, y entonces su producción creció. Pintaba “a cualquier hora”, asegura. Hoy regresó a una oficina en la municipalidad, y ese compromiso diario alteró su ritmo. Antes de que la pandemia diera vuelta las rutinas, los planes y las certezas de la sociedad mundial, pintaba al atardecer y, con intensidad, los fines de semana. Las primeras horas de la tarde, cuando el día cruza el Ecuador y el ritmo marcial de la mañana comienza a relajarse, también le resultan propicias.

¿Qué te inspira?

– Alguien me preguntó una vez por qué pintaba sólo mujeres, y mi respuesta fue que porque quizá tenga alrededor mujeres muy importantes que me han acompañado: mi madre, mi hija, mi hermana, mis primas, mis amigas. Nunca que tomé un pincel me salió la imagen de un hombre. Sólo pinté a Edu (Real, su compañero), tocando la guitarra. Es la excepción.

Andrea ‘Tota’ Volpe es conocida en la ciudad como escritora y gestora pública (fue directora de Cultura, miembro de la comisión que organizaba el Cantabolívar durante los gobiernos municipales del radicalismo y hoy está a cargo de la biblioteca del CRUB), y ahora también como pintora, aunque ella quizá no se sienta del todo cómoda con esta etiqueta. También es bibliotecaria y una ávida lectora.

¿Ves que tus mujeres tienen una huella de estilo?

– Sí… Me salen así. No son figuras proporcionadas, los ojos se me escapan de las caras, por ejemplo. Pero esas cosas identifican lo que hago. Al no saber, una intenta… En una época quise pintar mujeres en perspectivas, hice una serie pero me resultaba difícil al no tener alguien que me guiara y me explicara cómo era. Entonces desistí. Una de esas obras igualmente quedó en el boliche Venessia; se la regalé a la dueña, Vero Ruiz, que le gustaba. Otra es del ‘Pato’ Sánchez (baterista bolivarense que vive en Buenos Aires). Y hay otra en la casa de Viviana Mesón (vecina bolivarense, inspectora educativa).

Pinta para ella, no trabaja a pedido (puede hacer alguna excepción con algún amigo, pero no más) y su intención no es comercializar sus cuadros, aunque tampoco se niega. “Un experto en plástica podrá decir que lo que yo hago es un mamarracho, o que no tengo idea de armonía. En ese sentido digo que pinto para mí, porque si me gusta el resultado de lo que hice está todo bien, aunque sé que podría mejorar en lo técnico”, define finalmente.

Quien esté interesado en adquirir un cuadro de Volpe, o en conocer su obra y ver, puede comunicarse con ella a través de las redes sociales.

Chino Castro

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