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domingo, 29 de enero de 2023
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La banda de sonido de una nave inaudita

Soberbio concierto de Guillermo Cides en El Taller.

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No hemos viajado en una nave espacial salvo en las películas, pero el día que subamos a una no caben dudas de que la banda de sonido de una excursión a la estratósfera será de Guillermo Cides, o, cuanto menos, interpretada por él con ese instrumento casi estrafalario de tan abarcativo (bajo, guitarra, piano, bases) llamado stick.

El máximo exponente de ese instrumento en el país y uno de los mayores en el mundo se presentó por primera vez en la ciudad el jueves, en la sala El Taller, de Artecon. Cides tocó con todos, por poco no tocó con Colón, pero recién desde mediados de los noventa, cuando partiendo de Olavarría se lanzó a conquistar el mundo con la ‘espada del augurio’ de un instrumento entonces muy púber e inexplorado, que contiene cuerdas de bajo, de guitarra y se toca percusivamente, al modo tapping.

Abrió con El mundo interior de los planetas, un título pariente de La vida secreta de las plantas, doble de Stevie Wonder cosecha ’79, aunque el contenido sea bien diferente. (Aquél era precursor en el uso del sinte, y si se quiere rebuscar, hay ahí un cordón sanguíneo con el arte del hombre nacido en Ayacucho y actual vecino de la Patagonia.)

Con esa canción Cides plantó su plan: salir a dar una vuelta por el universo, como dirían Cerati y Melero, pero en una nave potente con reminiscencias de ese pulso fabril que es nuclear en el heavy metal, ávida de ciudades más que de paisajes bucólicos. El propio artista habló desde el escenario de Artecon, productor y organizador de este espectáculo, de “aventura musical” y de “exploración sonora” para referirse a lo suyo.

Poca gente vio este prodigio, una pena; peor para ellos, diría el ‘simpático’ de Javier Martínez. 

Cides está culminando un periplo de treinta conciertos por el país, la Gira Silenciosa Stick Tour, con la que cubrirá seis mil kilómetros; el del jueves acá fue el mojón número veinticinco. En cada estación convoca a músicos del lugar, aunque su lugarteniente en este viaje es el también stickista Gustavo Menéndez, con quien hace dúo en algunos segmentos.  

En el transcurso de la noche hubo un par de piezas de Piazzolla, como Adiós Nonino (la otra la encaró en dupla con Menéndez), y Cides explicó que su instrumento tiene una fuerte empatía con el bandoneón, y también con el clavicordio, según señaló para introducir una pieza de Bach. Todo, con un aroma a King Crimson que enamoraba. El stick mira al futuro, lo mismo que la música ‘desgenerada’ de Piazzolla, según lo que ‘veía’ Spinetta de muy pibe, mientras discutía con sus tíos clasicones: “En Astor veo las autopistas, los edificios, el transitar de la gente, el pulso de las ciudades de mañana”. Ahí podemos distinguir un ‘nudo’ de esa hermandad a la que aludió el stickista, si bien mencionó al bandoneón en general, no cómo lo usaba Astor. 

El otro pilar de su arte reside en ir construyendo in situ bases y grabándolas, de modo de amalgamar una suerte de banda, que llena todo el espacio y hace lucir al stick como el jefe de una rara expedición. Todo, con su espada del augurio y una supersónica pedalera de efectos a la que el artista sabe extraerle todo el jugo, al punto que no extrañamos que no haya cantante.  

Se había anunciado la participación del guitarrista Nicolás Holgado, con quien en principio el stickista tramó una volada improvisación, con el local descubriendo el terreno y zambulléndose en la aventura que le proponía el capitán. Una delicia lo que hicieron. Lo que no se sabía hasta un par de horas antes era que también se subiría a la nave el saxofonista ‘Tico’ Álvarez, con el que encaró una propia cuyo título no anunció, luego de recrear en solitario Spain, de Chick Corea.

La estación fiestera, con los dos stickistas levantando castillos en el aire, floreció con Come Together, de Los Beatles. Ninguna novedad pero sí tocada así, y en el marco de un concierto que requería un himno de tal calibre emotivo para matizar un viaje diferente, a o una ciudad desconocida, parecida pero distinta. Empero, otro pináculo de la noche lo constituyó Europa, de Santana, con los cuatro instrumentistas jugando en equipo como los volantes de la scaloneta.  

El bis fue con Los días que vendrán, que, otra vez solo en escena, dedicó a un amigo español (el stickista vivió unos años en su patria).

Pasó Guillermo Cides, la banda de sonido de una nave inaudita, pero como toda embarcación que vuela, deja estela: el ruido de un afinadísimo motor pegado a las paredes del cerebro, un flash que cada tanto volverá a explotar en el corazón de quienes estuvieron ahí levantando la bandera del stick, porque así lo vive el artista, como una suerte de cruzada mundial por darle a un instrumento cuasi desconocido un mayor cartel. De hecho, afirmó varias veces que no se hacen conciertos de stick en el mundo, si bien es un instrumento que muchas bandas incorporan. “Espero haber trascendido la novedad y llegado a los puntos de emoción que requiere la música”, enfatizó Cides. Yo diría que sí, Guille, quedate tranqui.

El melómano Mario ‘Chiqui’ J. Cuevas afirmó en sus redes sociales que fue la mejor manera de culminar el año de los cuarenta de Artecon, y agrego que, en una temporada pletórica en grandes conciertos, mayormente promovidos por la imprevista mancuerna Cable a Tierra-Asociación Musical, el grupo de Lanzoni sumó sobre la hora un golazo, y que se vaya arremangando el bueno del arquero de Croacia.

Chino Castro

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