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sábado, 13 de abril de 2024
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Invierno en grieta

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Una diáfana fotografía social de Argentina otoño-invierno 2020 arrojan las últimas consignas del ciclo radial Fuga de Tortugas: quienes están a favor de estatizar Vicentin respaldan que Bolívar no ingrese a la fase 5 de la cuarentena, y quizá también apoyarían un retroceso a fase 3. ¿Son peronistas K, chavistas, old zurdes, sandinistas con delay, trotskistas con los pies redondos, fogwillistas que consideran que la única revolución posible es desdeñar la toma del poder, de La Cámpora, del club de fans del guitarrista Odiado Boudou, clientes del otrora librero Luis Zademora, hinchas de uno que nunca asciende, por ejemplo Atlanta? Ponele que porái sí, pero no necesariamente. Lo que no son es anti esas categorías. Quieren un estado fuerte, que intervenga y salve vidas. ¿Será porque les duele el hambre aún con la panza llena, el individualismo de los que se cortan solos y logran ser felices en un mundo triste? ¿Será porque odian la ‘ley del más fuerte’ y aman la solidaridad y la mentada igualdad de oportunidades? ¿Porque creen que un estado débil, o directamente bobo, es el caldo de cultivo ideal para la injusticia social que se traduce en muertes, vidas desperdiciadas y país carancheado?

La imagen que surge de esas consignas radiales es eficaz aunque venga a confirmar viejos prejuicios que la agenda de hoy no hace más que reactualizar: ayer nomás fueron la ‘125’ y la ley de Medios, y estos meses con la cuarentena extra large, el desinflado impuesto extraordinario y Vicentin tin tin tenemos más que suficiente para un dulce demasiado amargo, cuajado por una acidez que conocemos bien. Siglos antes, el asunto fue la Revolución de Mayo; aún no existían el espiado Balconada Mmm ni Los Leucocito (de ‘loucos’, Alfredo y su pibe en vez de combatir infecciones, las provocan), imaginate la de irregularidades que hubieran detectado en el reparto de cintas celestes y blancas; a French y Beruti los habrían hecho crema, un sable corvo de oro enterrado en el jardín era lo mínimo que les cachaban. Hasta hubiesen investigado si eran pareja, algo fundamental. Sólo estaba entonces el ¿finado? Moreno, buen periodista lástima que militante.

Si seguimos con la composición de la fotografía, veremos que los constitucionalistas del año cero que se arrancan el cárdigan contra el desembarco estatal en la quebrada cerealera hace rato que se hartaron de la cuarentena, y si aún la acatan es por temor a un juicio, un escrache o un rato engayolades. (No hablan de respetar, sino de acatar. Todo un dato.) Anhelan un estado no-estado, es decir que garantice los históricos desequilibrios sociales de los que sacan ventaja, aunque no tengan más que la casa y el auto. Uno que intervenga al revés, a lo Hood Robin, que aúpe en vez de controlar los negocios forever impuros de esos desprendidos que lo arriesgan todo en favor de la patria, ya que creen/militan que cada cual tiene lo que se merece y todo es cuestión de meritocracia, religión entre religiones, la quintaesencia de la libertad. (Se babean por Europa, pero por mucho que amaguen jamás se mudarán allá, porque en verdad el proverbial despelote argentino les sienta joya.)

Son la antipolítica, pero cuando un gobierno toca intereses que parecían placas tectónicas, se lanzan con motoneta y todo al fango de la política como el más encarnizado puntero barrial. Todavía peor si ese gobierno es peronista, y mejor que no sea kirchnerista porque hasta han de soñar con fierros. (El pequeño detalle es que, salvo el encabezado por el primer Alfonsín, que ya no sería radical, los gobiernos ‘pateatableros’ siempre han sido peronistas, igual que los días soleados.) Los zurdos les saben simpáticos, como el pimentón dulce, que pica pero no desagrada. En general leen y saben caer bien parados hasta en mesas adversas, bordean los temas que a ellos les arden y nunca abandonan cierto preciosismo que en el fondo admiran y, mejor aún, finalmente siempre les es funcional. Comparten un vino, si ya tienen algunos años recuerdan una canción de Miguel Cantilo, esa de la libertad con fijador estaba buena, en ese momento. Al Silvio no lo conocen, llegaron hasta Milanés. Con viento del sur, dos vinos más y el helado abominan de Menem y descubren en videla la pólvora de atrocidades que en marzo del ’77 el entonces poco conocido Walsh ya se inmolaba publicando. A Trump pueden llegar a ‘cepillarlo’ pero de Macri no dicen demasiado, mucho menos esta boca es mía. Van a esperar un poco más. De feminismo no hablan. El zurdo se va satisfecho, comió y bebió chiche y dentro de lo malo un poco lo escucharon. El límite de los anti cuarentena y anti estatización ni siquiera es el peronismo, sino el kirchnerismo. Qué amplitud, mamita. Dile Cris y te dirá quién es. Allí donde el ‘Capitán Beto’ habla del rescate de Vicentin, ellos hablan de atropello a las instituciones, pisoteo de la Constitución y de que el primero de Maradona no fue gol. Fíjate de qué lado estás, es buen veneno pa las tripas reconocernos en ese rudimentario esquemita, ya que no se puede transitar ambas veredas, pero tampoco esquivarlas. Para ellos el sector privado da trabajo y es el que mueve la rueda económica de un país, es su sangre y su savia (y también su sabiduría y su acervo cultural), mientras que el estado fomenta la vagancia y arruina todo proceso de desarrollo. Lo mismo que un cáncer, va comiendo todas las células sanas del organismo nacional. Un corrupto en el sector privado es la excepción, uno en el público es la regla. Son los mismos que cuando un villero se gradúa de doctor dicen “viste, con laburo todos pueden”. Así llegamos hasta acá, en el 510 y en el 3000 también, querido Discepolín.

 

Marchan por la mano Trump de la vida, del brazo de Bolsonado y esos mandatarios que también están en contra de la cuarentena y a favor de una pandemia que sin prolijidad ninguna viene haciéndoles el trabajo sucio de ‘limpiar’ sus países de viejos y débiles, dejándoles sólo la población económicamente activa y no necesariamente afectiva, o sea quienes consumen, producen y se reproducen. Aunque no se diga así. Decir que están a favor de la vida sería como afirmar que Susana Gimenos está a favor del conocimiento porque una vez preguntó por la Antigua Grecia en un concurso por un auto.

En el penúltimo capítulo de la temporada 3 de la deslumbrante Black Mirror, El hombre contra el fuego, una formación de hombres y mujeres es intervenida con implantes neuronales que les potencian el oído, el olfato y la vista. El dispositivo emplea también el recurso de la realidad aumentada, de modo que lo que finalmente les excita es el odio, fundamental para la misión que deben cumplir. Las víctimas de este siniestro procedimiento salen a liquidar a personas a las que ven como cucarachas, que bien podrían ser ellas. No estamos lejos de algún experimento así. Imaginate contra quiénes estaría destinada la operación, quiénes estarían a favor, quiénes en contra y quiénes con ninguno de los dos, “ni exterminadores ni exterminados”, y volvemos al esquemita. Ahí andarían Luchito Maful y el desconsolado programa de Lanata viendo caras de kukas y de venezolanes en todas las sopas.

 

Hay gente que tiene ideales, y otra sólo bolsillos. Digámoslo de una santísima vez: nadie que no anhele con el corazón retumbándole en las sienes que el mundo se estrole y quede al revés puede venir con que tiene ideales, si no se aferra con los dientes de vivir al único que vale la pena todo lo demás es mentira. Pero curiosamente, los que abrazan ideales también llevan pantalones con bolsillos, aunque sus ideales son más grandes e imposibles de llenar, como toda buena utopía. (Por empezar, los pragmáticos de la ‘cartera’ consideran que utopía es una palabra demodé, quizá hasta ridícula, y Galeano ya se murió, pobre.) Les duele ir perdiendo pero no por el resultado en sí, ya que para l@s que adoptan esta filosofía de vida lo interesante no es el puerto sino el trayecto, la grandeza del intento. Lo que les mortifica de esa derrota parcial y ya muy prolongada es que el triunfo de un modelo socioeconómico de concentración y exclusión se cimenta sobre millones de muertes diarias. Tantas y durante tanto tiempo, que hasta el más sensible corre riesgo de anestesiarse. Ya era así antes de la irrupción de un coronacrac que muchxs quisieron ‘vender’ como ‘equitativo’. Penosamente implica que, como población de un país e incluso como especie, somos indignos.

Hay gente que sueña, y otra que sólo duerme. Y hay, todavía cantamos, una patria, nuestra estoica Argentina, con una atávica grieta que l@s que la niegan o claman por cerrarla, no hacen más que alimentar a cada paso que dan, pasos que no son de pan.

Chino Castro

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