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martes, 01 de junio de 2021
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Hasta la Vacuna siempre. Por Chino Castro

Covid, la segunda ola nos golpea sin piedad.

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Vacuna.
Va cuna.
¿Cuna va, o cuna viene?
Mejor si viene.

Cuna viene es bebés, vida, primavera, un primor. Cuna va es vejez, pasado, invierno. “Las ciudades siguen cayendo, y un niño nace”, cantaban ¿vaticinaban? Fito y Spinetta en La la la, 1986. Arreciaba entonces una epidemia: la del SIDA.

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Agregando una letra y desordenando el conjunto, podríamos formar, con vacuna, un nunca va.

¿La vacuna no va donde tiene que ir, nunca va a llegar a salvarnos? ¿El diablo (el orden capitalista) metió la cola y los ricos no quieren repartirla, ni siquiera venderla? ¿Ya están formándose paraísos fiscales de vacunas contra el covid? ¿Necesitarán bóvedas más frías que para conservar dólares u oro? ¿Qué puede hacer nuestro gobierno, además de comentar la realidad al modo periodístico? Un gobierno que resignó la épica y hasta el relato a los matarifes de la derecha asesina en aras de un centrismo que no le resulta, y que en muchos rounds se parece peligrosamente a Pugliese, aquel improvisado ministro de Alfonsín que cometió la inocentada de hablarles a los mercados con el corazón.

El presidente observó el jueves que una minoría intensa que no acata medidas, le gana al silencioso cumplimiento de la mayoría. Lo que no dijo es qué va a hacer frente al pertinaz ninguneo de los que hasta hoy han permanecido impunes, porque seguir apelando a la responsabilidad individual que no adoptaron en quince meses, volverá a fallar, ya que no hay inmunidad de cagazo que valga. A las hienas no se les pide empatía, ni se les cree cuando sonríen. Nótese que no estoy convocando a un estado policíaco, quienes lo llaman, y a gritos, son los/las que, pudiendo, no cumplen. No olvidemos que en Bolívar hemos llegado al portento incívico de decenas de vecinos con covid circulando por la calle. ¿Y por casa cómo andamos? Con buena onda no se ataja semejante ola. Tampoco con impotentes apelaciones del ciudadano bienpensante, biencomido y bienamado a la conciencia cívica. A esta bajura, ya fastidia leer en redes el retintín del “cuidáte, cuidáme, cuidémonos”, por más signos de exclamación y buena leche con que lo decoren.

Golpe a la nuca si la vacuna no llega nunca, si no alcanza como el pan en tanto hogar quebrado, o si viaja en tren y la peste va en avión (sí, el avión fue el mayor transmisor del covid). Una aciaga torre de muertos conocidos cada día. Futuros, y presentes, que se apagan de un dedazo con mucha ruta por delante, desbocada marejada de horror subiendo hasta el cuello de una Humanidad que va haciéndose humo… Ya no puede haber más fiesta con tanta gente yéndose temprano, aunque hay algunos, demasiades, que se resisten a cortar la música y guardar el champán. ¡Cortame la música, que nos están cortando la vida! A todes, hasta al más desamorado dee-jay. Bailan sobre las ruinas y los cadáveres, se burlan de los médicos. Ni se enteran: el dolor es un sentimiento de perdedores. Y cuando les toca, tampoco se mueve la aguja de sus corazones, o lo que tengan allí: siempre hay alguien a mano para cargarle la culpa, todavía queda algo de gente, y así seguir sembrando la infección. Van por todo y pinta que pueden lograrlo, ¿o el amor será más fuerte?

Si quitamos una letra al sustantivo vacuna, nos quedaría un vacua. ¿Solución vacía, remedio estéril frente a la estupidez, el individualismo, la codicia y la soberbia de miles de compatriotas de ese país sin fronteras pero infectado de ellas, llamado Mundo? ¿Contraveneno tardío? ¿Una gota de rocío en un tsunami? ¿O ese vacuo quiere significar que vacío va quedándose el país, ola tras ola, tristeza sobre tristeza?

Pero mejor cambiemos otra letra, repartamos de nuevo y que nos quede va cura. O, más lindo, viene cura. Refugiémonos en nuestra propia intemperie, hasta que la cura venga. Vacuna que cura, que alivia el miedo, vacuna que guía, que nos regala bocanadas de esperanza en medio de esta tristeza que ahoga, si querés hasta en un sentido cristiano, hoy que de algo hay que tomarse para sobrevivir un día más, y otro más, y otro. Porque hoy, más que nunca, vivir es seguir, que se asemeja bastante a sobrevivir, pero en nuestra ‘carta’ no hay más nada: un mar y una tabla, y la voluntad como único condimento. Sólo se trata de seguir; tal vez después, si resulta bien, podamos vivir.

Vacuna, algo en que confiar, una estrella en el encapotado cielo de un naufragio.

Finalmente quitémosle una letra, para formar acuna. Y a la V ubiquémosla abajo, como un soporte que nos desafíe a activar una fe en acción, una fe combativa, no contemplativa, como una raíz que multiplique. Es la tarea. No olvidemos que vacuna empieza con v. Una v dispuesta a ser de la victoria, si por fin somos capaces de empezar a torcer esta historia en la que perdemos por goleada. Una historia que, vaya curiosidad, se cambiaría con discreción, sin estridencias, con pequeños y elementales gestos. Un patear las placas tectónicas del planeta, para lo que sería indispensable aprender, de una santísima vez y con el corazón, el ancestral ejercicio de reconocerse, de verse, de saberse y necesitarse, en el otro.

Más que la patria es el otro, mi vida es el otro. Hasta ahora no fue así, por eso estamos así, y aquí. A la pandemia hace ratazo que la entendimos con la cabeza, pero no con la piel. Al último gramo de empatía parece que lo entregamos al unimos en una guerra. Ver un tanque o un avión, así sea por tv, sensibiliza más que un enemigo invisible que viaja en imperceptibles gotas de saliva, una granada hace más ruido que la palabra de un científico que no trae lindas cosas que anunciarnos. Pero ya no hay más moratoria: deconstruimos nuestro corazón, o seremos polvo en la lenta niebla del olvido. Los gusanos nos esperan. Vacuna con v de vida y de victoria. Vacuna con V mayúscula, o con una tan minúscula que podría transformarse en una u, panzona, lánguida y sin reacción. Una u que encierre abajo.

Vacuna que acuna y sostiene la Vida. Enfermeros y médicos que acunan y sostienen la Vida. Es la desesperada hora de acunar, sin desesperar. Ya habrá tiempo, si queda tiempo, para todo lo demás, incluso para la economía.

Chino Castro.

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