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miércoles, 03 de agosto de 2022
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Hace ochenta años, el navegante solitario emprendía su epopeya

Vito Dumas dio la vuelta al mundo en velero y marcó un hito.

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Vito Dumas, navegante, nadador, instructor, pintor y esencialmente un aventurero y un gran solitario, consiguió en 1942 una hazaña insospechada al dar la vuelta al mundo en un velero, solo como loco soñador, tras partir del puerto de Buenos Aires el lunes 27 de junio de ese año.

Fue un héroe, realizó su proeza en plena Segunda Guerra Mundial y logró lo que nadie. Sin embargo, no era factible entonces creer que su destino sería el olvido, o poco menos que un ninguneo que su figura no merece, hijo de una ‘factura’ política que la corriente predominante de nuestra la historia ‘oficial’ le cobró por su acercamiento al peronismo. Hasta se dijo, y aún se dice, que su nombre trae la desgracia, mientras que en los círculos náuticos de hoy su legado y su proeza siguen pronunciándose en voz muy baja.

Sin embargo, claro que hay quien lo recuerda y valora. Entre los bolivarenses, un admirador de Vito es José María Maluéndez. El médico cirujano, un hombre de múltiples y peculiares inquietudes, quiso traernos el recuerdo del navegante justo estos días, a ocho décadas y una semana del lanzamiento de su epopeya.

Aquél lejano lunes 27 de junio, Dumas partió del puerto de Buenos Aires rumbo a Montevideo. “Ahí inició su vuelta al mundo por la ‘ruta imposible’. Plena Segunda Guerra, un dato clave”, recordó el médico.

Nuestro héroe, que también era instructor de natación y había practicado boxeo, tenía entonces cuarenta y dos años. Cumplió su ambiciosa travesía a bordo del velero LEHG 2, su fiel compañero, con el que encaró una ruta que nadie se había atrevido a transitar, la imposible, como se la consideraba: “Imaginemos trazar una línea alrededor del planeta, más o menos a la altura de la provincia de Buenos Aires, para cruzar los océanos Atlántico, Índico y Pacífico, y regresar al Atlántico por el Cabo de Hornos, que fue la primera vez que se atravesó de oeste a este”, destacó Josema. Era también la ruta imposible por los intensos vientos, permanentes, y las virulentas olas oceánicas, de hasta ocho metros de altura. Un contexto decididamente hostil que Dumas desafió solo, en una época en la que “no existían los elementos eléctricos actuales pero sí la radio, que no quiso llevar ya que la guerra estaba en pleno desarrollo y temía ser interceptado y tomado por espía”.     

De Montevideo se dirigió a Ciudad del Cabo; en el trayecto pasaron cincuenta y cinco días. De ahí a Nueva Zelanda, lo que le insumió otras ciento cuatro jornadas; la siguiente escala concluyó en Valparaíso, Chile; de allí, por el Pacífico, cruzó el Cabo de Hornos, un lugar “sumamente adverso todo el año, que él enfrentó en invierno”, para finalmente retornar al Atlántico, enumeró Maluéndez.

“Recorrió treinta y siete mil kilómetros en doscientos cuarenta días. Solo. Completó su travesía en el verano argentino de 1943. Por supuesto que cada vez que arribaba a un puerto se aprovisionaba, descansaba y arreglaba el velero, dado que solía padecer varios días seguidos de tormenta que deterioraban la embarcación”, señaló su admirador. Todo, en un tiempo en el que no existían aún el piloto automático ni los elementos modernos de navegación, por lo que Vito “tenía que estar al mando del timón y controlando las velas todo el tiempo, día y noche, pasando incluso jornadas enteras sin pegar un ojo”.

Antes de que el lento, implacable y discreto manto del olvido difuminara su figura hasta casi borrarlo de la historia, su gesta obtuvo sólidos reconocimientos internacionales, valoró Maluéndez.

Previamente, en 1925 Dumas había ganado un récord mundial de permanencia en el agua, y varias veces intentó, sin éxito, cruzar a nado el río De la Plata. Hasta que en 1932 emigró a Francia para lanzarse a atravesar el canal de la Mancha, cosa que tampoco consiguió, esa vez por limitantes económicas. “Entonces se compra un velero antiguo, bastante precario, en un puerto galo. Lo hace restaurar e inicia, en solitario, el cruce del océano Atlántico”, de algún modo el germen de su periplo máximo. El velero que empleó no fue otro que el LEHG 1.

Durante diez años no navegó, hasta el consagratorio 1942.

A la pregunta de por qué su figura fue relegada del pedestal que merecería, el cirujano empezó por puntualizar que “si bien la navegación a vela no es una disciplina muy popular, la dimensión de este hombre demanda otro lugar en la memoria colectiva”. Y, yendo al grano, marcó que esta postergación está directamente vinculada con el acercamiento de Vito Dumas al peronismo, que en aquellos años desarrollaba sus primeros períodos como gobierno e instauraba los pilares de su filosofía política. “Perón reconoció a muchos deportistas y a actividades deportivas, y a Vito le brindó gran relevancia, e incluso le otorgó un lugar preponderante en la Escuela Nacional de Náutica, creada en esos años”. Cuando en 1955 se produce el derrocamiento de Perón, “todo lo que estuviera relacionado con él y con el movimiento justicialista cae en desgracia, Y Vito quedó atrapado ahí”, aseveró. A punto tal que en el ambiente de la náutica aún se lo considera sinónimo de desventura, “un nombre que no debe ser pronunciado porque es mufa”. Aunque no forma parte de ese mundillo Maluéndez lamenta que Vito Dumas y su legado “hayan virtualmente desaparecido del ámbito de la náutica”, completó el cirujano.

Sin embargo, algunos sí lo recuerdan y valoran. Es el caso de quienes realizaron el documental El navegante solitario, estrenado hace unos cinco años y disponible en plataformas digitales.

Vito Dumas falleció en 1965. Un año antes realizó su último crucero, Buenos Aires-Mar del Plata, a bordo del Sirio 2, embarcación que hoy pertenece a un marplatense. En ‘la feliz’ se lo evoca en el bar Macao, ubicado frente a playa Varese, que atesora memorabilia de Dumas al punto de hacer las veces de museo viviente en honor del gran navegante.

Sus veleros LEHG 1 y LEHG 2 descansan en el Museo de Luján y en el Naval del Tigre, respectivamente.

Chino Castro

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