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lunes, 29 de noviembre de 2021
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Guitarra negra

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Escribe: Mario Cuevas.

¿Qué cosas le gusta hacer?, le preguntaron a Alfredo Zitarrosa, prócer del canto uruguayo e inevitable referente del canto popular latinoamericano. Meditó un momento la pregunta, y luego contestó:

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“Pensar, leer, escribir, disentir de buena fe; fumar, beber, tomar mate, caminar, la temperatura de 25 grados, pescar, criar animales y plantas, los colores verde y ocre, los olores a nafta, a bosta fresca, a limón, a humo de madera; el razonamiento de los niños, las posaderas de mi mujer, buscar un acorde en la guitarra, mis buenos recuerdos, los malos también, cuando son claros; estar solo, viajar en ómnibus por la ciudad, el truco y la carambola, mi perro, mis manos – a veces – que se parecen a las de mi hija, algunos objetos que conservo: cajitas, huesos, dibujos, papeles escritos, libros que he leído mucho… ¡Mil cosas más! El campo a toda hora, el ruido de un motor afinado, las ciencias naturales, algunas voces humanas (la mía no), mi lugar de trabajo, la gente honrada, sincera y generosa; los limpios, y por sobre todo, compartir con ellos todo lo que más aprecio y hasta casi todo lo que amo.”

 

A los quince años se hizo locutor mientras interpretaba canciones de Agustín Lara, Pedro Vargas y otros cantantes de bolero. Escribía poesía, logrando el Gran Premio Municipal de Poesía en 1959. Comenzó a escribir en el semanario Marcha (donde conoció a Atahualpa Yupanqui), luego en la publicación peruana Oiga.

Siempre cantó, pero en 1961 se largó a hacerlo profesionalmente en Perú porque en Uruguay no se atrevía a hacerlo. Acompañado por un trío de guitarras se presentó en la televisión peruana, con el dinero que cobró se fue a Bolivia, donde repitió su actuación. Terminó grabando en Uruguay su primer disco doble que tuvo importantes ventas.

En 1966 gana en Salta un premio en el II Festival de Folklore Latinoamericano. A esa altura comenzaron a prohibirle sus canciones en muchas radios. (‘Mire amigo’ es considerada la primera canción de protesta que tuvo éxito en Uruguay).

Se abrió paso en su país en pleno auge beatle y del boom folclórico argentino. En su balance de fin de año de 1968, la revista Cine Radio Actualidad de Montevideo publicaba el índice de popularidad de “los ídolos de la juventud”: 1º Alfredo Zitarrosa (317 votos); 2do Roberto Carlos (283 votos); 3ro Raphael (276) y 4to Tom Jones (249).

Se presentaba siempre con un riguroso traje negro, atuendo que le había quedado de los días de vendedor (nunca encontró un motivo para no seguir usándolo). Un rabioso peinado con gomina y un infaltable cigarrillo en la boca (fumaba sesenta diarios) conformaban su estereotipo.

Su mayor herencia son sus canciones, que se conservan poderosas, rebosantes de belleza y dignidad. Canciones que componía con rigurosidad y unción. Ahí están para nuestro deleite ‘Adagio a mi país’, de melancólica actualidad; ‘El violín de Becho’, dedicada a su amigo, Carlos ‘Becho’ Eizmendi, primer violín de la orquesta Sinfónica del SODRE (Uruguay); el candombe ‘Doña Soledad’; la bella y sentenciosa ‘La canción y el poema’ o ‘Guitarra negra’, asombroso poema que Zitarrosa recita certeramente acompañado por aires de milonga.

 

¿En que se motiva para hacer sus canciones?, le preguntaron a Zitarrosa en una oportunidad, a lo que él contestó de manera decidida:

“Las motivaciones son distintas, porque las cosas que suceden son distintas y las cosas que hay a mi alrededor son distintas. Ahora, el mecanismo sigue siendo el mismo. Yo soy capaz de escribir porque veo, porque escucho, porque huelo, porque toco, porque sueño, porque camino, porque vivo en un mundo de gentes, de personas; de hombres y mujeres; de niños y viejos; de civiles y militares que me van contando historias. En el fondo vivo unos sueños, unas esperanzas y unas angustias… esto es lo que me hace escribir, yo no tengo otro elemento de información que ya no de inspiración, de eso no hablemos porque ya forma parte de otra cosa.”

 

Su cuarteto de guitarras que lo acompañaba es ya una marca registrada, a tal punto que ya fallecido, continuó en carrera no sin sobresaltos, mucho tiempo después, los herederos de Zitarrosa le impidieron interpretar la música del cantante uruguayo.

Cuarenta y dos son los guitarristas que lo acompañaron durante su vida artística. Uno de ellos fue Alejandro del Prado, que recuerda al maestro con sumo cariño: “Era notable cómo arreglaba las guitarras, cómo armonizaba. Generalmente, cuando armonizan guitarras todo suena como un arpa grande. Salvo, por supuesto, las guitarras del troesma Gardel… y las de Alfredo, por la manera que distribuía.”

Cuenta Del Prado que les daba indicaciones por medio de onomatopeyas, que con una palabra de tres sílabas definía la tensión de una frase de milonga y que hacía muy lindas zambas. “Podría hacer una zamba por día, pero en Uruguay me acusarían de argentino…”, dice que solía decir.

 

Adepto al Partido Comunista, su conducta siempre se rigió por medio de un riguroso compromiso político y social. Con sus músicos trabajan en cooperativa y es conocida la anécdota ocurrida un año en carnaval cuando un empresario le anunció minutos antes de subir al tablado que le pagaría la mitad del dinero pautado. Zitarrosa debía cantar siete temas, cantó tres y el cuarto tema lo interrumpió exactamente por la mitad explicándole al público los motivos e invitándolos a seguir el recital en el boliche de la esquina.

Eduardo Erro, biógrafo de Zitarrosa, cuenta otra pintura del compositor: dice que cuando comenzó a ganar dinero lo invirtió en ‘La claraboya amarilla’, una vinería con buena comida y música uruguaya. No le fue bien. Su condición de dueño chocaba con su ideología, a tal punto que llegó a apoyar una huelga de mozos en su propio negocio.

Acosado por los fantasmas del alcohol y siete años de exilio en España y México, se moría por volver a su paisito. Regresó en 1983, primero a Buenos Aires, y finalmente, en marzo de 1984, a Montevideo. El día que llegó había cien mil personas esperándolo. Se sintió agradecido y a la vez abrumado. “¿Quién soy yo para eso? – se asombraba – ¿Con que responder a esa demanda, si es que se puede llamar así, a ese homenaje de nuestra gente? ¿Con qué podía responderle? ¿Con una canción cantada con diez guitarras? ¿Con qué?”

Alfredo Zitarrosa tenía 52 años cuando murió en un hospital de Montevideo, un 17 de enero de 1989, minado por los rastros del alcohol.

 

Fragmento de ‘Guitarra Negra’

“Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa… Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco… Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma… Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía mis amigos, sus nombres, las noches de café Montevideo, las encomiendas por la Onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Aristides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables…”

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