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“Favio tenía una profunda capacidad para expresar honestamente su condición no burguesa”

Palomino y su semblanza del gran director, en el cierre del festival.

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En el marco del programa Café Cultura, que propicia el estado provincial, el actor Juan Palomino brindó una semblanza de Leonardo Favio, el sábado 15 en el marco de la jornada de clausura de la novena edición de nuestro festival de cine argentino, que lleva el nombre del gran director y también actor y músico.

En una sala con poco público (una triste y preocupante constante de esta edición), un rato antes de salir ‘al toro’ Palomino habló en exclusiva con este diario, durante la que fue su segunda visita a la ciudad donde tiene dos amigos y ex compañeros de formación en La Plata: José María Alabart y Santos Vega. (Su primera vez aquí fue en 2014, también en el contorno del festival.)

“Está bueno que se recuerde la obra de Leonardo Favio, y poder reencontrarlo en tiempos de plataformas”, introdujo el protagonista de las exitosas Kriptonita, Yo nena, yo princesa, El mural, El caso María Soledad y La noche de los lápices, entre una parva de largometrajes más y otras tantas tiras televisivas, que es argentino pero se crió en el Perú.

Palomino no pudo conocer personalmente a Favio, “mi relación primera con él tiene que ver con la música, cuando era niño en Perú. Después aparece el cine, y esa particular manera de construcción y su narrativa cinematográfica”, con algunas características de sello que entroncan con “la identidad bonaerense, nacional e indoamericana”. Por caso, su utilización del blanco y negro; toda una serie de elementos -señaló el entrevistado- que estuvieron de manifiesto desde su primer cortometraje, Amigo, hasta su último largo, Aniceto (2008), su propio ‘cover’ de su segundo largometraje, con un título extensísimo que contiene el emblemático nombre Aniceto.

“Por su forma de ser, Favio hoy hubiese mantenido su lógica de construcción”

¿Y qué hubiera pasado con Favio hoy, con su manera de hacer, en la era de las plataformas? Por ejemplo, tenía una gran paciencia: “Cómo hiciste para filmar esos cielos de Nazareno Cruz y el lobo”, le preguntaron alguna vez, a lo que respondió, sencillamente, que “esperándolos”.

-Es imposible. Es imposible. Favio tendría que estar laburando a su manera, y esa identidad que construyó, propia, que nos espeja a los argentinos como nadie, porque se corre del relato clásico hollywoodense, efectivo, y se aprisiona y a la vez es libre en esa prisión, con su narrativa propia… Respetarían su forma. Creo, por ahí soy un iluso. A pesar de las exigencias en boga, de que el show maneja todo, de que los directores han sido como corridos de las nuevas narrativas del cine. En América Latina el cine argentino tiene como una épica propia de construcción, que se ha ido pasteurizando para adaptarse a los nuevos tiempos, pero creo que, por su manera de ser, Favio hubiese mantenido su lógica de construcción, su lógica de aprendizaje, su forma de encarar el trabajo.

El disertante, como resaltaría minutos después durante su charla, destacó que el director de Gatica y Soñar, soñar era “un gran formador de equipos”, una condición vital para hacer cine, “más allá de Favio”. “Aquellos que he conocido hablan de su cualidad humana para generar equipos de trabajo que le permitieran aprender”. Algunos de sus lugartenientes siguieron por las suyas, pero Leonardo también aprendió de ellos, casos Juan José Stagnaro, su director de fotografía en Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más, de 1966, Aníbal Di Salvo y Juan Carlos Desanzo.

Favio era una autodidacta, “y eso lo hace tan particular también”, destacó Palomino. Como algunos geniales músicos, bien podríamos agregar sin temor a desafinar.

Caetano, el heredero de esa pulsión

¿Dejó herederos? Todos lo respetan y admiran, ¿pero dónde se advierte su huella en el cine de hoy?

-Me resulta difícil… Bolivia, de Israel Adrián Caetano, por momentos me parece la más ‘faviesca’. Me parece la única a mí. El Favio del principio, el del blanco y negro. Se lo he dicho al propio Caetano, no sé si habrá sido para él un elogio. Esa película teñida de ese universo de Favio, con esos personajes tan característicos, algunos no actores, otros que actúan por primera vez. Creo que esa pulsión la tiene Caetano. Es mi punto de vista, no soy muy objetivo.

“Favio sabe observarse interiormente, y en esa mirada entiende su realidad”

Suele ocurrir con hombres y mujeres de nuestra cultura -para no hablar de algunos próceres-, que parecería que no ocupan el lugar de reconocimiento que por su obra merecen. Pero con Favio no pasa, él sí ocupa ese sitial, ¿no?

-Yo creo que sí. Y a pesar de ser peronista, porque no nos olvidemos de su condición política. Pero es porque forma parte de nuestra identidad. El cine de Favio no alcanzó el reconocimiento internacional, funcionó más a nivel nacional, si bien él fue conocido afuera como cantante, qué locura.

Claro, parecía un tipo condenado al éxito, diría Duhalde. Si se hubiera dedicado a pintar, también le hubiera ido bien.

-Duhalde (se ríe, y justo aparece como eyectado por la oscuridad su querido amigo José María Alabart, con quien se funde en un abrazo, y vuelve a la conversa periodística). Claro, yo quería llegar a ese punto: era un hombre con una profunda capacidad para expresar honestamente quizá su condición no burguesa. Ese origen tal vez lo haga tan ingenuo y tan auténtico. Creo que lo popular tiene que ver con eso, y que eso acerca a los distintos estratos sociales. Nunca fue un intelectual de aquellos, de la nouvelle vague, de la mirada europea, Favio tiene esa forma de construcción porque sabe observarse interiormente y entiende en esa mirada su propia realidad, su infancia, su familia en Luján de Cuyo. Habla de lo que sabe, viste.   

Hacia el final de esta entrevista mano a mano en la penumbra de la sala, muy despoblada aún y mientras muy sonrisal llegaba Jorgito Godoy a armar el sonido para la charla, el actor trajo a colación otra característica que impregnó el recorrido de Favio: algunos de sus protagonistas quedaron atrapados en el papel, y se les hizo poco menos que imposible seguir su carrera, encarnar otros personajes. “Como estigmatizados”, definió Juan. “Es el caso de Juan José Camero; del pibe de Crónica de un niño solo y de Edgardo Nieva (que se puso en la piel del controvertido boxeador José María Gatica)”, aunque no ocurrió tal ‘desgracia’ con Federico Luppi o Graciela Borges, diferenció. “Camero quedó ‘pegado’ a Nazareno Cruz, él mismo lo dice: ‘Para mí fue un antes y un después, y quedé ahí, no sé si amarlo u odiarlo…’”.

Chino Castro

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