Diario La Mañana. San Carlos de Bolívar +54 9 2314 53 5776

sábado, 17 de julio de 2021
10.8 C
San Carlos de Bolívar
- Publicidad -

Estancia “Santa Paula” de General Alvear, Buenos Aires

El Vizcaíno Don Juan Francisco Ibarra. Colaboración Lis Solé.

- Publicidad -
- Publicidad -

Hay lugares y nombres que vienen desde tan lejos que es muy difícil saber su origen y es lo pasa con la estancia “Santa Paula” de General Alvear, nombre que recuerda a la esposa de un vizcaíno, un español que llegó a estas tierras justo con la creación del pueblo Esperanza, en 1855.
Cuando pasa el tiempo, se tiende a minimizar el esfuerzo sin tener verdadera dimensión de lo realizado por otros, personas que en este caso emigraron hacia otras tierras. Juan Francisco Ibarra, el dueño de “Santa Paula” había nacido en Gordexola, Vizcaya y verdaderamente es difícil imaginar la partida de la patria, el desgarramiento que se siente al abandonar a la familia y amigos, el tener que dejar la tierra donde uno nació, con su aire, su perfume, sus pájaros y animales.
Generalmente, al intentar recrear la desgarradora partida, se pierde la fortaleza y valentía que necesitaron estos hombres y familias para empezar en una tierra totalmente distinta, con horizontes planos, con trabajo a montones en distancias sin medida, con otro idioma, otros peligros y gentes.
Muchos fueron los vizcaínos que llegaron a la zona y que haciendo gala de gran valor se instalaron en estas tierras y en particular, en el cuartel VI de General Alvear, entre los parajes de Los Chúcaros y El Chumbeao, en la orilla este del arroyo Vallimanca.
Actualmente, cuando uno viaja hasta este lugar, la lejanía sobrecoge y humedece los ojos, los caminos de tierra y en malas condiciones mantienen los dientes apretados por los pozos y la frustración siendo imposible entender de dónde esta gente sacaba las fuerzas para llenarse de coraje y hacer lo que, en estas épocas y aún a pesar de los avances tecnológicos, nadie quiere hacer que es vivir y trabajar solo en el campo.

LA LLEGADA A BUENOS AIRES
Primero fue cruzar el océano durante días en condiciones bastante lejanas a las que proporciona una travesía de placer y luego, empezar a trabajar en lo que fuera, dormir donde se pudiera para al fin, aventurarse tierra adentro.
Juan Francisco era hijo de don José María Ibarra Galíndez y María Josefa Otaola Urquijo. Eran cuatro los hermanos nacidos en Gordexola: María Ascensión (1829), Juan Francisco (1834), María Asunción (1837) y Román Ramón (1841). De ellos, los varones son los que vienen a Argentina con menos de 20 años instalándose en Veinticinco de Mayo.
Juan Francisco Ibarra Otaola llegó primero, en el barco “Antonito” proveniente de Montevideo, el 23 de diciembre de 1855 a la edad de 21 años, y su hermano Ramón Román llega al año siguiente, justamente en el mismo barco “Menay” en el que vino el también vizcaíno marqués de Olaso, paisanos que quizás no sea por casualidad que fueran vecinos en General Alvear.

- Publicidad -

JUAN FRANCISCO IBARRA EN VEINTICINCO DE MAYO
Como muchos españoles, Juan Francisco se establece en el campo con una pulpería que bien pronto se trasformó en comercio de ramos generales llamado “El Indio”, que finalmente construye en la esquina de la plaza de Veinticinco de Mayo, en la calle 27 entre 8 y 9, lugar donde actualmente se encuentran el Museo y la Biblioteca “Juan Francisco Ibarra”.
Los testimonios orales documentados relatan que si bien mantenía buenas relaciones con los indios, algunas bibliografías refieren que más de una vez “fue soldado en defensa de los ataques de los malones”.
Hay que recordar que para 1855, en Veinticinco de Mayo no existía más que el fortín “Mulitas” con una escasa población que carecía de escuela y médico; el ferrocarril todavía no había llegado y las distancias se recorrían a caballo, en carreta o diligencia. Además, después de la derrota de Rosas en la Batalla de Caseros, comenzaron a deambular por la zona los indios de Calfucurá, que venían arrasando la campaña de Alvear y Saladillo.
En el año 1859, a poquito de llegar a Veinticinco, el cacique Calfucurá amenazó con arrasar el pequeño poblado de Veinticinco de Mayo, según él, para vengarse del comerciante Juan Basabe. Así que el 29 de octubre de ese año, Calfucurá, con dos mil de sus indios, estaba dispuesto a entrar al saqueo de «Mulitas»; la intención no se hizo realidad gracias a la intervención del sacerdote Bibolini que acompañado por los vecinos, le ofreció víveres, dinero y regalos en un noche infernal donde los indios entraron a las casas llevándose todo lo que les apetecía… pero sin matar a ninguna persona.

LA ESTAFETA DE CORREOS Y “LAS PAPELETAS DE CONCHAVO”
Con el comercio de frutos del país (cueros, sal, plumas), Ibarra cada vez hacía más fortuna. Existen de esa época, permisos formales solicitados por los indios para entrar al pueblo a comercializar sus cosas, principalmente la Sal, mineral necesario para el curado de cueros y para hacer Charque o carne salada.
Esos permisos pasaban por el negocio de Ibarra que era el encargado de la Estafeta Postal y que emitía las “libretas de conchavo”, documento también llamado «La papeleta», certificado fundamental para evitar ir preso o a un fortín. La papeleta se estableció con la Ley de Leva que establecía que cualquier varón que careciera de domicilio fijo y no demostrara ocupación con esa papeleta, sería detenido y llevado a cumplir el servicio militar en la frontera.
Esas libretas las expedían las Estafetas Postales y los paisanos debían recurrir a lo de Ibarra no solo por el dinero que sacaban por el comercio sino también por protección, para conseguir esos papeles que ese gaucho o indio trabajaba en algún lugar.

LA COMPRA DE TIERRAS FISCALES
Al poco tiempo, Ibarra renuncia a la Estafeta y compra tierras fiscales con entregas semestrales de dinero arrendando también tierras vecinas de General Alvear, Bolívar, Nueve de Julio y Veinticinco de Mayo.
Específicamente, y según las mensuras consultadas hasta el momento, Juan Francisco Ibarra compra en Alvear en los años 1877, 1878 y 1881 las tierras que tenía en arrendamiento (antes no estaba permitido comprarlas), con una superficie de unas 9.000 hectáreas (Santa Paula) y en Bolívar, unas 40.000 hectáreas, en la zona conocida como “La Vizcaína” hasta donde llegaron después del 1900, las líneas del ferrocarril a las estaciones de Juan Francisco Ibarra y Paula.

LLEGANDO A GENERAL ALVEAR EN CARRETAS
Dura debe haber sido la llegada y la construcción de los primeros ranchos. Como cuenta Domingo Aguerre, -y tal como se observa en el casco de “Santa Paula”-, el rancherío se construía cerca del límite de la propiedad y es por eso que muchos cascos de estancia parecen caerse del plano porque la intención era definir los límites.
El viaje era penoso y lento, trayendo lo suficiente como para armarse de un techo, los muebles esenciales, los empleados para cuidar a los animales, las carretas con lo necesario. Dueños y empleados dormían arriba del caballo manteniendo las tropas rodeadas y excavando pozos para los potreros a pura pala ya que aún no existía el alambrado. Como toda estancia, el caserío debía estar rodeadas de un foso y terraplén donde se pudieran resguardar patrones y empleados en caso de los malones o entraderas. Aún se puede ver el casco en la loma y otro sitio cercano, con distinto pasto, que bien podrían ser los potreros donde estaban los ranchos de “Santa Paula”.
CON GANAS DE ARMAR UNA FAMILIA
En 1873, quizás ya con ganas “de sentar cabeza”, Juan Francisco se casa en la iglesia San Nicolás de Bari, Buenos Aires, con la joven Paula Florido Toledo (1856 – 1932) nacida en San Andrés de Giles. En la misma iglesia que se casaron, bautizan a su hijo Juan Francisco, en el templo donde flameó por primera vez la bandera argentina en 1812 y que fue demolido en 1931 para la apertura de la Diagonal Norte, en el lugar donde actualmente se ve el Obelisco porteño.
Para esos tiempos, ya había llegado el tren a Lobos así que seguramente, la feliz pareja fue en tren hasta allí siguiendo en diligencia hasta Veinticinco de Mayo y Alvear, con los muebles y equipaje en carretas de dos ruedas tiradas por bueyes. Juan Francisco en ese momento tenía 38 y Paula, solo 17, joven hija de un hornero italiano de Veinticinco de Mayo.

LA TRAGEDIA LLEGA A LA FAMILIA
Al año siguiente, la familia empieza a crecer así como también las tragedias: nace la primera hija Josefa Valentina que fallece de pocos meses. Quizás y aunque el temor de los malones ya casi había desaparecido, más el fallecimiento de Valentina, Paula decide mudarse a Buenos Aires. El campo todavía estaba convulsionado, quedaban las luchas internas entre Mitre y Avellaneda que finalizó en 1874, con muchas muertes cerquita de la estancia en los campos de “La Verde”.
En 1875 nace una segunda niña, Elena, que también muere infanta; en 1877, llega el ansiado hijo varón, Juan Francisco, y luego dos hermanas más, Laura y Elena que nacen en 1878 y 1881.
El matrimonio no tendría un buen final: en 1882 y repentinamente, fallece don Juan Francisco Ibarra a la edad de 48 años dejando a la viuda con tres hijos de los cuales, Laura y Elena fallecen en los siguientes años con tres y cinco años respectivamente.

LA ESTANCIA SANTA PAULA DE GENERAL ALVEAR
En General Alvear, el casco de la estancia Santa Paula sigue en pie. Es una alta casona de azotea, con un piso de alto al que se accedía por una puerta trampa a la que ya con el fin de los malones, se le agregó una escalera.
Queda una foto antigua de muchos caseríos que rodean la fortaleza y vestigios en el campo como la carnicería, la casa de los esquiladores, huellas de potreros en los alrededores…
Nunca quizás se sabrá si Paula Florido estuvo en esa casa de materiales nobles, asentada en barro y toda enrejada, protegida por los peones y las cuadrillas contratadas. Quizás Juan Francisco soñó con una gran familia lejos de su amada tierra vasca, después de pasar por muchos avatares, desgracias y trabajo pero nadie tiene el futuro comprado. Paula se mudó a Europa y llevó una vida espectacular, de grandes salones pero también de tragedias y batallas perdidas y otras ganadas.

LA DESCENDENCIA IBARRA/ FLORIDO
Las vidas de Paula y su hijo son dignas de películas: de sus siete hijos sólo le sobrevivió Juan Francisco Ibarra Florido quién hereda toda su fortuna, gran benefactor que realiza obras y donaciones en nombre de sus padres; Juan Francisco Hijo demuele el viejo almacén “El Indio” de Veinticinco de Mayo y en el mismo lugar, construye una formidable Biblioteca así como el edificio del Museo “Paula Florido”.
En Bolívar, “La Vizcaína” sigue su derrotero en manos de administradores con la intervención de su dueño que construye un pueblo completo y lo dona a sus empleados; las tierras son parceladas e Ibarra efectiviza un proyecto de arrendamiento que finalizaba con la “entrega de la llave” o título de propiedad.
La vida de Juan Francisco Ibarra Otaola no terminó con su muerte, sino que se replicó en interminables obras y acciones de su esposa y descendencia que bien valen contar por su originalidad y envergadura. Pero son otras historias…
“Santa Paula” de Juan Francisco Ibarra Otaola.
Al final del campo que arranca en el paraje “El Chumbeao” de General Alvear, los árboles añosos de “Santa Paula” hablan de sus más de 150 años de historia.
Ahora ya se conoce su primer dueño y fundador: un vizcaíno que llegó con muchas ilusiones; que vivió con indios y gauchos; con comerciantes y estancieros; que intentó formar una gran familia en este suelo de horizontes planos cortados apenas por estos árboles inmensos plantados por aquellos que como él, vinieron a vivir en la pampa alvearense.

spot_img
- Publicidad -
- Publicidad -
spot_img
- Publicidad -

Más Leídas

- Publicidad -

Edición Impresa

spot_img
spot_img