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miércoles, 25 de mayo de 2022
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Ese pibe que sonríe bajo el agua

Matías Buglioni, buzo profesional bolivarense por el mundo.

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Matías Buglioni es un joven bolivarense como tantos otros de esos que nos hacen falta. Educado, buen amigo, correcto, con valores claros de vida. Nació y se crió entre nosotros y un día, ya formado y casi maduro tomó una decisión que dejó a muchos admirados por su coraje y a la mayoría con un sabor amargo en la garganta. Sin dudarlo demasiado entendió que su futuro estaba lejos de aquí, aunque aquí quedaran Jorge Luis, su padre, y Ana María, su madre, entre otros tantos amores a los que eligió seguir amando a la distancia.

Joven e intrépido, que al fin de cuentas son casi palabras sinónimos, sacó un pasaje aéreo de esos cuyo destino final está más allá de 40 horas de raíd, entre vuelos y esperas en aeropuertos y recaló en Tailandia. Tenía en mente uno de los tantos sueños aventureros que se suelen tener en plena juventud y supo que allí, en Tailandia, había posibilidades de cristalizarlos.

Matías quería por entonces -estamos hablando de hace más de dos años atrás, cuando la pandemia de COVID todavía no se había hecho presente en el mundo- experimentar lo más profesionalmente posible la actividad del buceo. Entendió que en aquel remoto país del sudeste asiático estaban dadas las condiciones para ello y, convencido de que al fin de cuentas el mundo hoy por hoy es un verdadero pañuelo, simplemente se fue.

Cuenta Matías hoy, de paso por Bolívar tras dos años y medio de ausencia, que efectivamente Tailandia le posibilitó lo que quería. “Tailandia es una especie de Meca del buceo, nos explica. Por su geografía, por el fondo marino que posee, con muchos bancos de coral. En el pequeño pueblito donde me instalé hay varias escuelas de buceo y yo creo que tuve la suerte de elegir la mejor”.

Allí van permanentemente viajeros de todas partes del mundo a tener sus primeras experiencias con la actividad y entonces, además de aprender, a mi me posibilitó transformarme en instructor y ponerme a trabajar como tal”.

Paradojalmente su primera instructora fue una mujer argentina, integrante de una de las escuelas más prestigiosas. Con ella comenzó y a partir de allí un día se encontró sumergido a 40 metros de profundidad, superando de ese modo la marca límite de lo que se entiende como buceo recreativo. Estaba listo para comenzar a dar clases, obtuvo la licencia correspondiente y desplegó su trabajo especialmente con contingentes de habla hispana.

La pandemia lo encontró en esas lides y, aunque según narra en la isla prácticamente no se notaron sus efectos, cierto es que le puso límites a la posibilidad de migrar de país por lo que se mantuvo allí durante varios meses trabajando muchas horas por día.

La verdad es que trabajé muchísimo, muchas horas por día. Hacía inmersiones a la mañana, también a la tarde y hasta algunas nocturnas y como me quedaban algunas horas libres a la noche, hasta me contrataron como asador en un bar. Allí hacían una barbacoa, como ellos le llaman al asado y si bien no cocinaba carne de vaca sí lo hacía con pollo y cerdo. En la isla se consigue carne de vaca, porque es un lugar de turismo internacional; pero realmente es carísima”, cuenta con una sonrisa pícara (la misma que le conocemos de chico y que no perdió felizmente).

La “argentinada” le sirvió para hacer mejores relaciones y también para consolidar su situación económica ya que comenzó a ganar bien y a gastar poco. “En Tailandia es muy barato vivir”, enfatiza, “con unos 500 dólares al mes se vive bien, incluyendo el alquiler de una pieza para dormir. De modo que, si uno trabaja mucho como lo hice yo, se puede ahorrar bastante”.

El tiempo pasó entre inmersiones y buenos momentos y cuando la pandemia lo permitió se fue a probar suerte a España, ya con su título de instructor de buceo que lo habilita a aplicarlo en cualquier parte del mundo. Eligió España porque por entonces (ay Matías!) tenía una novia española con deseos de retornar a su país. Juntos lo hicieron y recalaron a la vera del Mediterráneo, en otro pequeño pueblito de pescadores y amantes del buceo donde rápidamente lo contrataron.

Es atrapante escucharlo contar sus experiencias vividas bajo el agua. Desde las que refiere a las modalidades elegidas por él para tratar a sus alumnos hasta sus encuentros con peces y fauna marina que lo recibieron como a un par allí abajo, donde “el mundo se detiene, donde te olvidás absolutamente de todo y te concentrás exclusivamente en lo que estás haciendo y disfrutando”.

Mati un día volvió a Bolívar. En rigor, creemos que todavía está entre nosotros, abrazándose un ratito más -todo lo que puede por cierto- a sus afectos familiares y de amigos. Comiendo asados jugosos, riendo y contando, porque por supuesto es aquí el centro de todas las preguntas.

Pero también es cierto que dentro de poco Matías vuelve a emprender viaje. Esta vez su destino es Australia, a una ciudad que nos mencionó pero su nombre olvidamos y que está ubicada al sur de Sidney. Allí lo espera Franco, su hermano ingeniero, quien allí está radicado desde hace bastante trabajando en una empresa que coloca paneles solares, según entendimos. Matías archivará un tiempo su título de buzo profesional y lo acompañará en la tarea porque en realidad, su verdadera búsqueda (al menos por ahora) es seguir conociendo, aprendiendo idiomas y quizás encontrando de a poco un lugar en el mundo para vivir.

Ojalá que ese lugar en el mundo sea Argentina, por cierto. Porque lo recuperaremos y porque de ser así, será porque este, nuestro bendito país, habrá dejado de ser expulsivo de jóvenes con inquietudes y, al contrario, se habrá transformado en uno que los valore.

Mientras tanto, le aseguramos que lo seguiremos esperando con el fuego encendido.

VAC.

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