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lunes, 27 de septiembre de 2021
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Ese maldito candado

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Un día se nos cerró todo. Hasta el taller de Diego, que debería ser tenido en cuenta dentro del régimen de excepciones. El taller de Diego no puede cerrarse así como así, porque quizás como cualquier otro taller de los tantos que hay en Bolívar, el taller de Diego no es solamente un taller mecánico. Es un punto de encuentro, el lugar donde nunca se enfría el mate, una especie de confesionario laico de temas menores, triviales a veces pero siempre necesarios, oportunos. Consultorio sin matrícula de psicólogos de barrio, consejeros sin orejas de problemáticas variadas en conversaciones que se hacen a los gritos, entre el bramido de un desinflado motor de F-100 que lucha por no morir.

Pasé hoy por allí. Me recibió el viejo portón de chapas luciendo, agresivo, un maldito candado. Se sentía música adentro. Diego olvidó la radio encendida o la dejó ex profeso para que “Reclamo”, el viejo perrito comedor de bizcochos, no se sienta tan solo. El inconfundible aroma a nafta y aceite por un instante me ayudó a recuperar lo que andaba buscando. Buscaba mi lugar, ese que conseguí un día vaya a saber porqué y del que nunca quise ni querré desprenderme. Porque me siento parte de la mística que allí se encierra.

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¿Qué será de la vida de Fito? ¿Seguirá renegando con el radiador de la combi? Pablo anda bien; lo escuché hoy en un audio a bordo del camión. Iba cerca de Ayacucho, creo. Lo maltrataba el viento, pero se lo notaba contento. Maxi bien también. Ví una foto que posteó que es la imagen misma de la soledad, en su guardia laboral. ¿Horacio andará con ganas de encender el fuego y perder al truco? Y Sergio, y Miguel y Zoquete, y los otros ¿estarán encerrados como yo esperando que pase la insufrible cuarentena para reabrir nuestro santuario?

Digo yo. ¿Qué pasa si elevamos un pedido a las autoridades sanitarias y solicitamos que se levante el aislamiento solamente para el taller de Diego? Lo desinfectamos bien, nos ponemos barbijos y guantes de látex con el compromiso de cambiarlos cada 10 minutos, rociamos todo con alcohol al 70 por ciento (la cerveza tiene mucho menos, no pidan eso) y nos armamos de un mate para cada uno, como para evitar la ronda.

Pensándolo bien, no es buena idea. El taller es lo que es si se mantiene así, tal como lo conocemos y hasta lo concebimos. De modo que habrá que esperar. Pero acuérdense bien. Un día terminará el aislamiento y vamos a hacer cola para abrir ese candado. El chulengo se va a derretir de tantos churrascos que se dorarán bajo su llama baja pero rendidora. Y será momento para el abrazo, la risa, la broma. Esos elementos que son imprescindibles para la vida y que, por un rato, quedaron encerrados en el altar de Rondeau al fondo.

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