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sábado, 25 de septiembre de 2021
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El viaje del cajón

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Escribe: Mario Cuevas.

Hay que convenir que los instrumentos musicales tiene vida propia, poseen su carácter, son sensibles y además viajeros. A menudo nacen en un lugar, pero son mejor recibidos y utilizados en otros continentes o en sitios insospechados. Hay instrumentos que están atrapados en un género, pero los hay de uso masificado. Dentro de su inmensa variedad, nos encontramos con los muy sofisticados y también con los de extrema simpleza, aunque la mayoría deslumbra por su nobleza y adaptación.

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Hoy visitaremos el cajón, su origen posee fuerte raíz africana: los esclavos negros afincados en las costas peruanas, como una forma más de expresión, percutían los cajones que utilizaban para transportar mercadería o guardar la pesca del día. Sus descendientes continuaron la tradición y con el tiempo fueron perfeccionándose, según su necesidad buscaban el ‘toque’ o el ‘repique’ en las diferentes partes del cajón, en la punta obtenían los sonidos agudos y en el centro los graves.

En sus orígenes el cajón no tenía una forma determinada, fue Porfirio Vásquez, un gran cultor de la música afroperuana, quién le dio su forma actual, que en su formato estándar, mide 47 centímetros de alto, 20 centímetros de ancho y 35 centímetros de largo.

El ejecutante se sienta sobre él, quedando entre sus rodillas y utiliza sus manos para golpear el mismo, incluso utilizando sus pies para ‘tapar o amortiguar’ el sonido. Los musicólogos peruanos acuerdan que las primeras crónicas que hacen referencia al cajón, están asociadas a danzas costeñas como la zamacueca (luego llamada landó) y el tondero norteño. Estas danzas, que se bailaban durante el Virreinato,  se tocaban con cajones caseros o cajones de embalaje, que eran más largos que el cajón peruano moderno.

Rafael Santa Cruz Castillo, musicólogo, actor, músico, compositor, embajador del cajón peruano, autor de ‘El cajón afroperuano’, afirma: “El cajón del Perú es un instrumento totalmente marginal, primero porque es reciclado, es una caja que se usaba como embalaje que se convirtió en instrumento musical; es un instrumento de madera, o sea que por muchos años no fue considerado un instrumento musical porque no tenía membrana y no había forma de afinarlo; es un instrumento que es despreciado por el blanco y acariciado por el negro; por último, es marginal porque es un instrumento de minorías, de un grupo segregado, y eso es coincidente con los gitanos.”

Y agrega que el toque más antiguo, que proviene de los barrios altos de Lima, cerca de la Catedral y la Plaza de armas, es la zamacueca, género musical que nació en la época de la independencia, en1821, que fue severamente censurada por su coreografía festiva y erótica. En la actualidad se denomina marinera (es el Baile nacional del Perú). Otros toques fundamentales para el cajón peruano son el landó, de mayor sabor africano; y el festejo, preferido por los cajoneros porque es vivaz y movido; en los 60 se agregó el toque derivado del vals europeo (el más conocido, ‘La flor de la canela’, de Chabuca Granda).

Hablando de Chabuca, artista fundamental del Perú, en la última etapa de su carrera se acercó a la música afroperuana, que permanecía invisible en los medios tradicionales peruanos. Justamente ella, una blanca, hija de un integrante de la alta sociedad limeña, fue quién contribuyó a darle voz y sonido a los desclasados y postergados a través de su música.

Abocada en la tarea de ahondar en las raíces, Chabuca conoció a Carlos ‘Caitro’ Soto, artista del cajón, recopilador de  coplas y temas negros, además de compositor (su tema más conocido es ‘Toro mata’, compuesto bajo el género landó). Caitro se convirtió en el percusionista estable de Chabuca y tocó en su grupo hasta que la cantante falleció. A partir de ese momento dejó el cajón, comenzó a trabajar de taxista y no volvió a tocar en público hasta 1992.

 

El viaje del cajón

Javier Limón es un músico, compositor y productor español que asusta por su currículum. Junto a al director Javier Calvo, inició en la televisión una titulada ‘Entre dos aguas’, donde en cada capítulo se relata la conexión vinculada entre artistas, géneros musicales o instrumentos a través de mares y océanos.

‘El viaje del cajón’ es uno de esos capítulos, y cuenta la siguiente historia. En 1977 el sexteto de Paco de Lucía se encontraba girando por Latinoamérica. Cuando llegaron a Perú, el embajador de España les hizo una recepción, en la fiesta se presentó Chabuca Granda y entre sus músicos estaba ‘Caitro’. Luego de la presentación formal, Paco comenzó a tocar de manera improvisada con el percusionista y en ese momento se dio cuenta que el cajón era el instrumento para su sexteto. Había probado con palmas, bongós, congas e incluso batería, pero sentía que faltaba algo. Esa noche, el guitarrista andaluz sintió que lo que estaba buscando era lo que estaba sonando debajo de Caitro: poseía el sonido agudo del tacón del bailaor y el grave de la planta; además, era un instrumento manuable.

Paco le dijo a Caitro: ‘Maestro, ¿cuánto quiere por el instrumento?, Caitro, regateando, exclamó: ‘Lo he hecho yo, doce mil pesetas’. Así se hizo la transacción y comenzó el viaje del cajón peruano al otro lado del océano. Paco se lo dio a su percusionista, el brasilero Rubem Dantas y al tercer día ya estaba incorporado al sexteto.

Días después realizaron un concierto en el Teatro Parque de Atracciones de la Casa de Campo en Madrid. En ese recital estaban los hijos de Ramón el Portugués, los de Guadiana, los de los Habichuela, que hoy son la generación actual de cajoneros flamencos: Piraña, Antonio Carmona y su hermano Ramón Porriña. A partir de ese recital el cajón de diseminó de tal manera que a los seis meses estaba en todas las casas flamencas.

Antonio Carmona fue uno de los privilegiados que presenció el mentado recital del sexteto de Paco de Lucía. Tenía apenas trece años cuando quedó maravillado del sonido del cajón: “Tenía una frescura increíble, es un instrumento de percusión que parece nuestro más que del Perú.”, le cuenta Antonio a Javier Limón en el documental. Gracias a su destreza, Carmona logró un toque único, apodado ‘caballito’, que le permitió grabar más de cien discos con diferentes artistas, entre los que destacan Camarón de la Isla y el propio Paco de Lucía (Carmona tiene además, una dilatada trayectoria como compositor y vocalista de Ketama, y luego solista.)

Con el correr de los años el cajón flamenco fue perfeccionándose y se diferencia del peruano por poseer cuerdas en su interior y tener fijada la tapa acústica a la estructura de la caja de un modo diferente.

Por esa cosa etnocéntrica de los europeos, se diseminó la creencia que el cajón era de procedencia española, ignorando su origen peruano.

A menudo, artistas y grupos peruanos, como la cantante Susana Baca, actual Ministra de Cultura de Perú, debieron corregir a mucha gente, incluso a los medios de difusión, aclarando que los peruanos no utilizan el cajón flamenco como suponían sino que es lo opuesto.

En la actualidad el cajón continúa luciendo orgulloso su estirpe peruana, y por otra parte, el cajón flamenco ya es un instrumento afincado totalmente al cante jondo. Pero ha continuado sus viajes y hoy lo han adoptados otros géneros, el jazz, el rock, diferentes ritmos étnicos y hasta el tango, como fue el caso del Aureliano Tango Club, trío integrado por Aureliano Marín, Esteban Ochoa y Martín Rovaretti, que tocaba la batería y el cajón.

En Bolívar, Raúl Chillón e integrantes de su escuela, La Fábrica del Ritmo, hacen sonar sus cajones en nuestra ciudad y en diferentes puntos de la provincia de Buenos Aires.

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