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miércoles, 22 de junio de 2022
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Opinión: El terror de volver, por Matías Rosa

Por Matías Rosa.

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Debe de haber pasado no menos de 7, 8 años desde que pisé por última vez a mi querido Bolívar. En aquella vez, la última, ya muchas cosas habían cambiado desde que en 2002 bajé del Plusmar para referenciar un maratón que sería emblemático, ya que se presentaba el primer equipo de voley en la plaza central de la ciudad, y supuse que volvería alguna vez pero en un largo plazo.

Con el paso de los meses, los cambios laborales y otras cuestiones me fui alejando como uno se distancia involuntariamente de esos lugares donde fue feliz: por la rutina, las obligaciones, los compromisos y qué se yo qué otra cosa que a uno lo pone en esa situación. Esa vuelta se hizo eterna y en el medio me empezó a agarrar un terror por volver y no encontrar aquellas cosas que me hacían feliz.

La terminal, a las 5 de la mañana ¿sería la misma cuando bajara del Chevallier? ¿Me recibirían en el Hotel Horizonte las mismas medialunas y la cama tendida? ¿Estaría abierto el Complejo República de Venezuela para recorrerlo una vez más? ¿El parque de las Acollaradas tendría el mismo brillo que otrora?

Lo que nunca me había puesto a pensar es que pudiera entrar a Zoom y que no me encontraría con Roberto, intercambiaría uno de esos abrazos interminables con el Tuco Galaz o que no podría esconderme en algún rincón de la cocina para mojar un pancito en la salsa que Cristina preparaba para acompañar a su inolvidable pollo arrollado (que me volvía loco). Hablar de Bolívar y no incluir a Zoom y a sus tres pilares es hablar de otro pueblo. Si eran los conserjes de la ciudad, esos que te recibían como si te hubieran estado esperando toda la vida, como si fueran esos viejos que saben que vas a romperte la cabeza pero vas a volver un domingo a almorzar y todo va a estar bien…

Hace unos días, revisando cajas viejas encontré mucha documentación que fui recolectando para donarle al Club de épocas de gloria en la que la pelota volaba por encima de la red y juré aprontar ese regreso, pero me acabo de enterar por mi amigo Genaro López (otro al que extraño y no volví a ver) que Cristina se reencontrará con el Tuco en el cielo. Un cielo que merecen desde hace rato.

Esta noticia me liquidó: volví a empaparme del espeluznante miedo a no encontrar a Bolívar y sé que -vuelva cuando vuelva- ya nada será igual.

Que en paz disfruten, Cris y Tuco. Los quise como si fueran parte de mi familia.

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