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“El teatro es más lindo que el cine, te da una adrenalina muy particular”

Entrevista con Gustavo García, uno de los protagonistas de Pies de acero y ojos de cemento.

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Dedicarse al arte no era una apuesta común al filo de los años ochenta en un pueblo del interior, ni lo es ahora. Darle la vida a la guitarra, por ejemplo, no trabajar de oficinista y salir a tocar los viernes. La pregunta pendía como una espada de Damocles sobre la yugular de quien quisiera lanzarse: ¿y de qué vas a vivir? Tácitamente, todo el mundo estaba compelido a inclinarse por alguna carrera tradicional, como contador, médico o abogado, el imperativo de ganarse el pan nunca se ha llevado bien con la sensibilidad artística, que jamás cabrá en una planilla de rendimiento. Urdampilleta está a casi 400 kilómetros de Buenos Aires -más lejos ayer que hoy, en términos relativos-, donde hay y había dónde formarse como músico o actor, y Gustavo Miguel García, un pibe que no fue la excepción, abandonó su incipiente interés por el teatro como proyecto de vida para irse a estudiar una carrera convencional. No a la hoy CABA sino un poco más cerca de casa, en Azul. Intentó vincularse con gente que hiciera teatro para seguir despuntando una pasión que había cultivado durante su adolescencia, pero la ciudad de los tribunales de Justicia estaba más gris que nunca y no hubo caso.

Después, pasaron los años.

¿Qué te movilizó a aceptar un regreso a lo artístico, que primero fue en el cine y después en el teatro?

García: -En Urdampilleta habíamos hecho obras de Casona y alguna otra. Venían profesoras jóvenes, recién recibidas, con mucha pila, de Literatura. De Azul, de Olavarría. Y vinculadas al teatro. Sobre todo Rosario Barberena, hermana de un hombre que fue intendente de Azul. En Urdampilleta se generó una movida grande. Después se fue y vino otra profe. Hasta que una señora del pueblo, Marta Rodrigo, decide acompañarnos y seguir con ese grupo de teatro vocacional. Yo cursaba quinto año, tenía 17. Luego me voy a la colimba, y más tarde a estudiar a Azul. Intento vincularme con gente del teatro, pero no conocía a nadie. Además carecía de tiempo, porque tenía que trabajar. Quedó pendiente.

Con los años, ya radicado en Bolívar, varias veces al ‘Flaco’ lo convidaron a hacer teatro, y siempre respondió lo mismo: gracias por tenerme cuenta, pero no. Ganas tenía, pero carecía de tiempo para incorporar una actividad.

Pero pasó el tiempo, como dijimos, hasta que en 2010 una pieza se movió en el tablero de la vida de García, ordenado a su manera. Fue cuando Miguel Francisco decide emprender una carrera como realizador cinematográfico y lo convoca. Esa primera película fue La noble igualdad, y abrió una vertiente artística en una ciudad hasta entonces virgen en el hacer cinematográfico, que hoy cuenta con varios directores -‘Cacho’ Trecco, Marcelo Pérez, Guido Bovina, Ana Colato- y una punta de obras del llamado séptimo arte que quedarán como legado cultural, ya sean cortometrajes o largos. “En el cine no tenés que estudiarte toda a letra para empezar a ensayar. Pero cuando Duilio (Lanzoni, de Artecon) apareció con Pies de acero y ojos de cemento, me convenció porque me gustó la obra, y yo tenía que hacer un personaje que llevaba el nombre de mi viejo, Miguelito. Me tocó una fibra muy sensible”, confesó el actor en charla con este diario.

Eso fue varios años después de haber participado en casi todas las películas que se han hecho acá desde La noble igualdad. ¿Era más sencillo para vos volver a lo artístico a través del cine que del teatro?

-Sí, es más fácil. A vos te dicen ‘vamos a filmar la escena 84’. No se filma en orden. No te podés cortar el pelo, porque después tenés que hacer la 63 (se ríe). Estudiás una hoja y vas un rato a filmar tu parte, un día. En teatro tenés que incorporar toda la letra, ir a ensayar muchos días toda la obra con quienes participan con vos, es diferente. Para Pies de acero y ojos de cemento la verdad es que me tuvieron paciencia. Podía ir a la noche solamente, tengo un laburo difícil de postergar (es abogado).

Pero te gustó la obra. De otro modo, hubiera sido un nuevo ‘no’ tu respuesta.

-Era que no, era que no. De entrada dije que no. Pero Duilio, pícaro, en el primer intercambio de whatsApp o el segundo, ya me mandó el texto. Me encantó, y vi que lo podía hacer. Aclarando que yo no soy un actor, yo los veo al ‘Mono’ (Alabart), a ‘Chamaco’ (Valdez) o a Carlitos Teijón, y si tienen que llorar lo hacen, o si se tienen que reír lo mismo, por más que estén amargados. A mí verlos a ellos actuar me produce una sensación muy linda. Uno va, sin formación, y hace lo suyo, le pone su histrionismo, su esfuerzo. Y en Pies de acero me tocó laburar con ‘Toti’ Montoya, otro gran actor, que la rompe toda. Tan es así que en Olavarría (en la reciente Fiesta Regional del Teatro Independiente que organizó el Consejo Provincial) lo premiaron por su labor. Yo he actuado con ellos (con Alabart y Teijón en cine) y son tipos divinos, que te bancan, te ayudan.

Por otra parte, en el cine hay un editor, hay la posibilidad de cortar, de mejorar cosas a través de la tecnología. En el teatro cada función es diferente, está el público allí, y en esa instancia no hay red.

-Pero eso es lo emocionante. Es una adrenalina muy particular la que te produce. Hemos hecho unas once funciones ya de la obra, y te pasa cada vez que vas a entrar.

Preferís el teatro por sobre el cine.

-Sí. Más allá de las dificultades que me genera la rutina de ensayos. Es más lindo. En el cine vos te enterás de cosas de la película el día del estreno, porque antes no la ves terminada. Incluso te enterás al verla en el cine que algunos actores también trabajaron. Por otro lado, recién después del estreno de Pies de acero y ojos de cemento a mí me cae la ficha de que no termina ahí el trabajo, porque enseguida surgen compromisos paras llevarla a otras ciudades, o para continuar haciéndola acá. En el cine vas a ver el estreno de la película y chau, ya no tenés más nada que ver con ese laburo. Acá hace siete meses que andamos con la obra girando por todos lados. La tenés que seguir haciendo, completa, y entonces la obra sigue en tu cabeza, dando vueltas, sigue en vos.

¿Y te gusta eso?

-Sí, es hermoso. Pero está el tema de los tiempos, es demandante. Con 25 años me dedicaba a esto, pero con 60 pirulos…

“No sentí la frustración de dejar el teatro; hice otras actividades y viví cosas hermosas”

¿Y fue una vocación, la de actor, que abandonaste para dedicarte a profesiones teóricamente más rentables en lo económico, más clásicas, o afirmar esto sería romantizar?

-No, no fue tan así, porque hice un montón de actividades que también me gustaron mucho, y viví cosas hermosas. No es que el teatro estaba por encima de todo, yo no lo sentí como lo deben sentir los otros compañeros, gente que está formada en lo artístico. Yo no me imagino al ‘Mono’ o a Carlitos Teijón dejando de actuar. Yo no sentí la frustración de dejar de hacerlo en aquel momento. Sí me gustaba, pero no a semejante nivel.

Pasión por hacer reír

El ‘Flaco’ dice que le gustaría componer un personaje de comedia. Los que lo conocen, saben que el humor es un ribete de su personalidad, y ha andado mucho: en la política, la docencia, el ámbito de sus competencias profesionales como ingeniero agrónomo y abogado, y ahora también el campo artístico. Es decir que a esta altura, ha de haber muchísima gente de Bolívar que tiene a mano un chiste suyo, y a él eso le encanta. Tanto, que quiere como actor explorar y explotar esa veta, imprimirle un tinte si se quiere profesional a una pasión suya, una condición con algo de don que, quien la posee, tiene el poder de desarmar toda solemnidad, con lo que eso representa en un mundo al que suele costarle horrores reírse de sí mismo.

Finalmente, cuando le pido un actor favorito suyo me sorprende mencionando a Gianni Lunadei. Cualquiera diría Brando, Alcón o Pacino, pero él se descuelga por una rama inesperada. De hecho, en Carlitos Casanova, segundo opus de Miguel Ángel Francisco, se permitió recrear uno de los tics típicos del actor de la recordada Mesa de Noticias, a modo de íntimo homenaje. “Lo que hacía era un ‘vuelto’ para él, ciertas incursiones humorísticas digo, poco quizá para su envergadura artística, porque era un monstruo, qué actorazo”, remata con entusiasmo.

Chino Castro

Esta boca es mía

“Duilio me tocó una fibra muy sensible: yo tenía que hacer un personaje que llevaba el nombre de mi viejo, Miguelito. Y además, me gustó la obra”.

“Ver actuar al ‘Mono’, ‘Chamaco’ y Teijón me produce una sensación muy linda. Y ‘Toti’ Montoya también es un actorazo”.

“En el cine vas a ver el estreno y chau, ya no tenés más nada que ver con la película. Pero a una obra la tenés que seguir haciendo, y entonces sigue dando vueltas en tu cabeza, sigue en vos”.

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