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martes, 23 de julio de 2024
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El que borra los nombres, cuando el pasado sale de su letargo

Nueva función de la obra de 'Por el Borde Teatro'.

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Una de las obras más interesantes del actual firmamento teatral vernáculo, El que borra los nombres, volverá a escena para su tercera función este viernes en La Cultural, en el marco de un espectáculo de Casa de la Memoria, que tiene un nodo en esa biblioteca bolivarense.

Escrita por Ariel Barchilón y protagonizada en esta encarnación local por Leandro Galaz y Gabriel Silva, la pieza dirigida por Carla Gentile cuenta una historia fuerte, que podría leerse bajo otra luz, más hija de lo urgente y necesario, en esta etapa política del país. Los protagonistas y la directora han concebido este trabajo para el grupo Por el Borde Teatro.

La convocatoria es para las nueve de la noche, con entrada al sobre consciente. Antes de la función, recitarán textos alusivos a la temática convocante, promovida por Teatro x la Identidad, los actores y directores teatrales Carlos Alberto Teijón y José María Alabart.

El que borra los nombres es una historia sobre la opresión, la tortura/el secuestro, la manipulación y la complicidad. Galaz compone el personaje de alguien que tiene en sus manos borrar, con lo que ese verbo implicaba en los calientes años setenta argentinos. Silva hace las veces de un colaborador suyo, un pusilánime (o sencillamente un oprimido) que lo asiste en la siniestra tarea.

El disfrute de interpretar un personaje, aunque sea un detestable

¿Cómo es para vos componer este personaje, alguien que se dedica a esos menesteres?
Leandro Galaz: – Uff… Difícil responder cuando me preguntan eso. Para mí la elaboración tiene que ver con el trabajo artesanal del actor. Me pasa que va más por cuestiones inconscientes que por racionalizarlo. Aunque es obvio que sí lo pienso, sobre todo después de los ensayos pero antes y durante también. Es un hombre detestable, por supuesto. Pero yo parto de la premisa de que al personaje lo tenés que querer, si no, no lo podés hacer. Y ese querer pasa por el trabajo, por el disfrutar de componer un personaje aunque sea detestable. 

¿Cómo querer a alguien abominable? ¿Aunque lo sea siempre hay algo en común, por la propia naturaleza humana?
– Me es difícil encontrar algo en común, algo de él en mí. Pero el disfrute pasa, en mi caso, por lo actoral. Componer un personaje de esa magnitud es preguntarse cómo hace para hacer todo eso que hace.

O tal vez lo interesante sea justamente encarnar a alguien que no tiene nada que ver con vos, en lugar de a un hombre con características similares…
– Por supuesto. Por supuesto. Cuando uno encuentra muchos puntos en común no sé si es tan atractivo. Después, siempre es interesante el contrapunto con el compañero. En este caso, para que exista un hijo de puta como este, tiene que haber otro, al que el jodido atribula. Se da en la obra ese juego entre el que somete y el sometido. Uno lo disfruta dejando de lado toda la perversidad de las acciones de mi personaje, y obviamente que jamás me olvido de que más allá de lo que está pasando allí, de las situaciones que se desarrollan en la obra, esto sigue siendo un juego, es un cuento que estamos contando.

Un cuento que seguramente se recibe o se lee de un modo diferente que hace sólo ocho meses. (La obra fue estrenada el año pasado.)
– Sí. Los comentarios de los que la vieron son que les pareció interesante la obra, les gustó, y también nos marcan que les resultó intensa, que es fuerte ver a un tipo actuando así, no desde lo físico, sino desde lo intelectual.

Ya el título anuncia bastante, El que borra los nombres. Una figura, la del represor que componés, que adquiere otro espesor hoy, bajo condiciones políticas diferentes a las de los últimos años.
-Por supuesto. Uno no sabe qué le pasa a quien va a ver la obra, a cada espectador. En cuanto a mí, por supuesto que en este momento esta y otras obras de similares características me parecen súper necesarias, para no olvidar y para fortalecer la idea de que tipos así algún día dejen de existir.

Voy a esto: hace un año, nada más, veías a un personaje así como parte o emblema de un pasado, siniestro pero pasado, como ver en una película a un genocida de pueblos originarios. Pero ahora, alguien como el hombre que representás en la obra luce revestido de una quizá inesperada pátina de presente, como si una figura de esas características tranquilamente pudiera entrar en acción otra vez.
– Claro, como que puede volver en cualquier momento. Hace un año era el pasado, y sentíamos la tranquilidad de que había un Estado, una legislación y todo un andamiaje generado desde el propio Estado que nos protegía como sociedad de esos tipos, y de esas ideas. Yo no sé si todos los pibes adhieren (a colación del respaldo que La Libertad Avanza tuvo en la franja juvenil del electorado, que sigue siendo motivo de análisis por sociólogos, psicólogos, analistas políticos, filósofos, etc.), pero sé que hay muchas personas grandes que hace un año nada más, por lo bajo o donde lo podían decir, sostenían aquello de que ‘algo habrán hecho’, ‘por algo habrá sido’, ‘hay que matar a los negros’, ‘acá no labura el que no quiere’, etcétera. Como bien dice Dolina, antes a un ñato de estos no se le ocurría expresar esto a viva voz, y ahora lo hace descaradamente. 

La época lo invita a gritarlo casi que golpeándose el pecho. Eso es lo que ha cambiado. Por eso esta obra vuelve a ser necesaria y casi te diría urgente.
– Claro. Como que la denuncia de ese tipo de cosas no sé si se amplifica, pero se vuelve más fuerte y más necesaria también.

Para después de esta función, la intención de Por el Borde es continuar representando El que borra los nombres, acá y afuera también.

Chino Castro.

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