Diario La Mañana. San Carlos de Bolívar +54 9 2314 53 5776

miércoles, 01 de diciembre de 2021
27 C
San Carlos de Bolívar
- Publicidad -

“El día que regresé a Bolívar” (1984)

Especial para Halloween, por Raúl Archy Peret

- Publicidad -
- Publicidad -

La noche caía en aquél lejano invierno y yo había regresado a Bolívar después de catorce años de ausencia. Muchos éramos los que después de haber cumplido los 18, dejábamos la ciudad a buscar mejores oportunidades laborales. Recuerdo que en esos tiempos habían pintado un cartel en el puente que decía…”el último que apague la luz”. Ya de antemano, había programado un encuentro con mis amigos de la juventud que aún permanecían en Bolívar y quería verlos cuanto antes. Recuerdo que a pesar de haber usado el paraguas y después de haber caminando bajo la lluvia que caía incesantemente, igual llegué bastante mojado al club El Fortín, que era el lugar elegido para la cita.

Me decepcioné al ver que allí solamente estaban don Juan y Basilio, dos hombres mayores con los cuales tenía buena relación, pero que no eran amigos tan entrañables como los muchachos que esperaba encontrar, eran más bien conocidos del barrio.

- Publicidad -

Parado detrás del mostrador, el mozo despachaba las bebidas mientras Basilio sentado junto a una rústica mesa, se aferraba a un vaso de vino tinto a medio llenar.
Saludé. Los viejos se miraron como sorprendidos y contestaron a mi saludo con una leve inclinación de cabeza. Tuve la sensación de que mi presencia los incomodaba y noté algo extraño en sus miradas.

Me acerqué al mostrador y le dije al mozo, que en ese instante repasaba copas…

¡Hola!! ¿Me puede servir un whisky por favor? (nunca tomaba whisky, pero el frío y el encuentro con mis amigos después de tantos años, me hacía sentir algo nervioso)
Inmediatamente pregunté, aunque la respuesta era obvia…

¿Todavía no llegó ninguno de los muchachos? Quedamos en encontrarnos ac…
El rugido de un trueno, no me dejó escuchar su respuesta.

Pasados unos segundos, don Basilio, señalando el antiguo juego de ajedrez que había sobre la heladera, me invitó a jugar y acepté complacido, consciente de que la partida haría menos tediosa la espera. Con el vaso de whisky en la mano fui a sentarme frente al viejo, que sin perder tiempo acomodó las piezas sobre el tablero. Don Juan, interesado en seguir el juego, se acercó y tomó asiento junto a Basilio, que conduciría las piezas blancas, ambos hombres quedaron ubicados de espalda a la vidriera y única puerta de entrada al bufet del club. Yo en cambio podía ver a través de los vidrios, la amenazante oscuridad de la noche y algunos relámpagos. Después de unas pocas jugadas, el viejo capturó uno de mis alfiles que, por error, yo había dejado indefenso y como le gustaba bromear, me lo mostró sonriendo y se lo guardó en el bolsillo del pantalón, dándome a entender burlonamente que a aquella pieza ya no la vería nunca más.

Aunque me molesté un poco por mi descuido, también sonreí y continué pensando… de todas maneras, no estaba jugando ningún torneo, era sólo para acortar el tiempo y poco podía concentrarme.

Transcurrieron unos diez minutos, yo me esforzaba en emparejar la partida y me decidí a ofrecer un caballo, cuya eventual captura me hubiese permitido ganar la dama enemiga. Mientras esperaba ansioso que el viejo cayera en la trampa, desvié por un instante la mirada del tablero y la dirigí hacia la puerta en el preciso momento en que ingresaba un hombre de gran estatura.

Ante mi atenta mirada, avanzó silenciosamente y sin saludar se ubicó detrás de mis acompañantes, que ajenos a todo continuaban mirando las piezas y ni cuenta se dieron de la nueva visita.

Sorprendido, seguí mirando de reojo al desconocido que me ignoraba por completo y permanecía inmóvil. Curiosamente su ropa estaba seca a pesar de que no traía paraguas, ni ningún otro elemento que pudiese defenderlo de la lluvia que en ningún momento había dejado de caer.

Todo en aquél hombre llamaba mi atención. Especialmente sus enormes bigotes de morsa y su mirada penetrante y sombría. Mantenía en todo momento ambas manos dentro de los bolsillos laterales de un grueso sobretodo de paño verde oliva, en cuya manga derecha ostentaba un brazalete del mismo color bordó, que la gorra con visera negra que cubría su cabeza. Su presencia me perturbaba, tuve ganas de preguntarle quién era y que buscaba allí, pero como hacía tiempo que yo no concurría al club, pensé que tal vez se trataba de algún conocido que mis tantos años de ausencia ignoraba. Así pasaron unos minutos hasta que el desconocido tosió, probablemente con la intención de denunciar su presencia a los ancianos. Si fue así, su intento dio resultado ya que los viejos se dieron vuelta para mirarlo.

El visitante a su vez les lanzó una mirada terrible que me pareció de reproche, y como niños sorprendidos en falta, los hombres me miraron como excusándose y lentamente se pusieron de pie. Después, observé atónito como tomaron la delantera y se encaminaron a la salida seguidos de cerca por el misterioso personaje, dejándome solo y desconcertado.

A partir de aquél momento, súbita e inexplicablemente perdí la consciencia. Sólo sé que desperté, o mejor dicho que me despertaron mis amigos, minutos antes de la medianoche. Me encontraron profundamente dormido junto a mi vaso de whisky. Se alegraron al verme, pero a la vez se mostraron intrigados, no comprendían como me las había ingeniado para ingresar al club, habida cuenta de que existía una sola llave de la puerta de entrada y ellos la tenían en su poder. Les expliqué que don Juan y don Basilio ya estaban allí cuando llegué y tenía la intención de contarles también sobre aquél hombre extraño y la enigmática retirada que emprendieron los tres, pero fue imposible, porque una carcajada general me lo impidió. Los miré estupefacto, intentado descubrir el motivo de las risas, y sólo después de un buen rato, mi amigo José Luis, al verme tan confundido se compadeció y sonriendo me dijo…

Vos te tomaste algo más que un whisky ¿No? ¿Acaso no te enteraste de que los dos viejos que estás nombrando murieron hace rato? Don Basilio nos dejó en los primeros días del año pasado, don Juan hace ya como dos años más o menos. Mientras Carlos, Héctor, Daniel y Luis asentían, protesté airadamente, les dije que sólo había tomado un vaso de whisky, que estaba completamente seguro de haber estado compartiendo la velada con los dos viejos y que con la vida de las personas no se jugaba, ni se debían hacer chanzas. Sin embargo, contra lo que esperaba, mantuvieron sus dichos.

Bastante molesto, les dije que después de tanto tiempo sin vernos, lo que menos esperaba es, que me agarren de gil. Dicho esto, me puse de pie y regresé a mi casa. A la mañana siguiente, no bien me levanté, llevé a cabo discretas averiguaciones, estaba convencido de que mis amigos querían hacerme víctima de una broma de mal gusto. Sin embargo, para mayor desconcierto y sorpresa, vecinos que merecían toda mi confianza y también familiares directos de los viejos, me aseguraron que Juan y Basilio ya no pertenecían al mundo de los vivos. No obstante, tampoco quedé conforme.

Sin perder tiempo me dirigí al cementerio, me hice acompañar por un empleado y recién allí, cuando leí los nombres y apellidos grabados en las placas y las fechas de defunción, comencé a temblar, empalidecí y dudé por primera vez, en mi salud mental.

Pasé toda aquella tarde confundido y preocupado. ¿Estaré enloqueciendo? Me preguntaba una y otra vez… y si bien me costaba admitirlo, parecía más insensato aún pensar que aquellos hombres habían resucitado.

Intenté de mil modos encontrar una explicación a lo ocurrido ¿Cómo era posible que toda la ciudad se pusiera de acuerdo en engañarme? ¿Y las tumbas? ¿También eran falsas? Ante la contundencia de los hechos, finalmente opté por admitir la posibilidad de que tal vez algo ya no funcionaba correctamente en mi cabeza, todo estaba en mi contra. Por eso después de meditar mucho, resolví que al día siguiente consultaría mi problema con un psiquiatra y aquella resolución me tranquilizó…aunque no demasiado.

Al anochecer regresé al club, me propuse mostrarme sereno y de buen humor a pesar de todo lo ocurrido. Di la vuelta por Urquiza y entré tranquilo y silbando, como si nada hubiese pasado. Lo primero que vi al entrar me causó gracia, dos de mis amigos estaban gateando debajo de las mesas y miraban el piso en todas direcciones, como si estuvieran buscando algo. Intrigado les pregunté…

¿Perdieron algo muchachos?

Y aquella respuesta me ha venido inquietando hasta el día de hoy…

En el juego de ajedrez falta un alfil negro y no lo podemos encontrar…

spot_img
- Publicidad -
- Publicidad -
spot_img
spot_img
- Publicidad -

Más Leídas

- Publicidad -

Edición Impresa

spot_img
spot_img