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Caso Cicconi: un escrito clave, un salvaje crimen y la condena injusta

La joven de 17 años fue asesinada en agosto de 1981 en Mar del Plata. A casi 40 años la familia nunca encontró justicia, pese a una condena absurda.

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Por Fernando Delaiti, de la agencia DIB

Cuando Adela entró en la casa en esa madrugada fría y lluviosa, notó que todas las luces estaban prendidas. Le llamó la atención porque sólo había dejado encendida la del pasillo. También se encontró con una ventana abierta, aunque había sido cerrada por ella antes de salir. Sin embargo, nunca imaginó en sus siguientes pasos el horror que sus ojos iban a descubrir dentro de la habitación de su hija. Allí, la mujer vio a Silvia, atada con sus medias de pies y manos, con una cuchilla clavada en el pecho. Su cuello, además, estaba cortado. Todo en medio de una escena pintada de rojo por la sangre. A partir de ese momento, gritos, llantos y desesperación invadieron la casa, testigo del salvaje crimen de Silvia Angélica Cicconi, una joven de tan solo 17 años.

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A casi 40 años de uno de los asesinatos que sacudió a la opinión pública, el dolor de familiares y amigos se juntó siempre con las dudas y una serie de irregularidades que tiñeron de injusticia el caso. A la memoria de Silvia, a quien violaron antes de apuñalarla 32 veces, se le debe aún muchas respuestas, ya que nunca se encontró al responsable del femicidio ocurrido en Mar del Plata, más allá que un linyera pasó trece años tras las rejas.

Los padres de Silvia eran dueños del restaurante Nueva Italia, ubicado en la avenida Luro al 5100, frente a la estación del ex ferrocarril Roca, y que en temporada de verano solía contar con comensales famosos, como Gerardo Sofovich. La casa donde vivían quedaba atrás del local gastronómico.

En la noche del 26 de agosto de 1981, Rubén Dante Cicconi y su esposa Adela Costantini estuvieron en el restaurante donde algunas compañeras de gimnasia de su hija festejaban un cumpleaños. Silvia estuvo un rato, pero después se fue a dormir porque al día siguiente tenía que levantarse temprano para estudiar, mientras que la celebración, con los padres de ella incluidos, siguió en Medieval, el bar que Rubén tenía en sociedad con Pablo Mazei, novio de Silvia.

Cuando pasadas las 2 de la madrugada Adela regresó a la vivienda con Ana María, hermana de Mazei, se encontró con la dantesca escena. A los gritos desgarradores que encendieron la alarma de Rubén, que estaba por regresar al bar, siguió una maniobra que complicó por un tiempo el futuro de la mujer. Adela, desesperada y como un instinto lógico, sacó el enorme cuchillo que estaba incrustado en el pecho de Silvia. Sus huellas quedaron obviamente allí y en un primer momento la puso en el radar de las sospechosas.

Dudas y condena

En tiempos de crisis económica y mientras la dictadura de Roberto Viola buscaba dejar bien guardadas las urnas pese al pedido de la Multipartidaria que unía a la UCR y PJ entre otros partidos, el caso estalló en los medios y por eso se buscó una rápida resolución. La presión por esclarecerlo llevó al entonces jefe de la Policía Bonaerense a decir que estaba en juego “el honor de la institución” para encontrar al culpable.

En la vivienda no hubo ninguna entrada forzada. La puerta de calle estaba cerrada con doble vuelta de llave, como la habían dejado. La habitación se encontraba revuelta y había objetos de valor y dinero que no fueron tocados. El homicida revisó todos los libros de Silvia, lo que dejaba claro que buscaba algún escrito. Una anotación que comprometía a alguien, y las sospechas de la familia iban en relación a un conflicto narco y a un ex novio de ella, hoy convertido en empresario con vínculos con el poder y jueces. Bajo las uñas de la víctima se hallaron restos de piel de su agresor y manchas de sangre a la salida de la casa. Pero no se hizo un buen trabajo con ello y todo se fue diluyendo.

Lo que se dijo es que el asesino mató a la joven con un cuchillo que tomó del restaurante, escapó por la ventana que apareció rota y habría saltado por los techos. Lo cierto es que luego que declararan más de 100 testigos, el juez hizo detener en febrero de 1982 a Fernando Saturnino “El Pacha” Pérez, un linyera de 50 años, muy conocido en la zona de la estación de trenes.

El vagabundo, después se supo que presionado y picaneado, confesó haber matado a la joven. Sin embargo, sus dichos no cerraban por muchos detalles y dio varias versiones. Hasta dijo que tuvo un cómplice, aunque se comprobó que esa persona estuvo detenida la noche del crimen. Pero nada importó: había que cerrar la causa. Y para ello se usó a videntes y hasta una intérprete de los sueños.

Luego de su confesión, Pérez fue condenado en un juicio a reclusión perpetua en mayo de 1984. Sin embargo, la familia nunca lo creyó culpable. Y tras pasar trece años en la cárcel de Batán, fue indultado por el entonces gobernador Eduardo Duhalde. Para que eso pase fue clave Adela, quien lo había empezado a visitar en la cárcel. Y una vez en libertad junto a su esposo lo ayudaron con ropa y le dieron de comer en el restaurante, hasta que “El Pacha” murió en marzo de 2000.

Adela, sin más armas que su verdad, siguió apuntando al entorno de Silvia, a que ella sabía algo, tenía un escrito que comprometía al asesino. Por su memoria y por esa sonrisa llena de vida que caracterizaba a la joven, luchó estos casi 40 años, aunque en el fondo sabiendo que el homicida iba a seguir caminando libremente entre nosotros. (DIB)

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