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domingo, 10 de octubre de 2021
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De mesa a mesa y día a día, Yermy camina hacia su sueño

Una charla con el mozo de Valencia.

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Una abuela que ofició de madre, una madre con la que se reencontró en Bolívar, un abuelo que con pocas palabras y muchos ejemplos le marcó un rumbo, una formación escolar inconclusa pero un gran afán autodidacta, y sus sueños del local propio y de una familia moldean el carácter de Yermy Gabriel Florencio, el flaco alto y moreno que desde hace tres años trajina como mozo el salón de Valencia, su segundo hogar en virtud de la cantidad de horas diarias que pasa en esa emblemática esquina de Ignacio Rivas y Brown, donde adereza cada pedido con algo casi tan indispensable como los propios ingredientes, acá y allá, hoy, ayer y mañana, y que él deja caer con naturalidad sobre la mesa: calidez y cordialidad.

Yermy es dominicano. Nació hace veinticinco años en Villa La Mata, provincia de Sánchez Ramírez. Cuando tenía tres, en 1998, su madre dejó atrás un pasado de seguro más difícil de lo que un burgués puede imaginar, y se vino a Buenos Aires en busca de mejor suerte. Su hijo quedó al cuidado de sus abuelos, Eligia Suazo y Estanislao Florencio. Un año después,Rosa Mercedes recaló en Bolívar. Recién cuando su hijo tenía dieciséis, “me trajo para acá, a educarme y estar conmigo”, recordó Yermy entrevistado por el diario, en el comedor interno de Valencia donde unas horas después almorzaría el plantel de Deportivo Madryn, que ese miércoles por la tarde mordería el polvo 1 a 0 contra nuestro Club Ciudad.

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Su abuela es la número uno para él, “lo principal en mi historia”, porque “mi mamá me dio la vida, pero ella fue la que me crio”, marcó con firmeza. Lleva el nombre Eligia Suazo tatuado en un brazo. Tiene noventa y cinco años, y Yermy planea ir a visitarla pronto. De hecho, en 2001 su mamá fue a verlo a Dominicana, y él creyó que era su tía. “Yo sabía que tenía mamá pero no la conocía físicamente, no tenía recuerdos de ella”. Hoy la relación con Rosa Mercedes es “muy buena, vivimos juntos y hemos ido recuperando el tiempo perdido”, valoró.

En su podio de vida su abuelo comparte peldaño con su abuela. Falleció cuando tenía siete, “pero todo lo que soy se lo debo a él, porque me inculcó valores desde muy chico”.

¿Qué valores, qué enseñanzas te dejó?

-Tengo un recuerdo de un presidente de Dominicana, Hipólito Mejía, que era amigo de él. El abuelo me llevó al Salón presidencial a conocerlo. Yo le di la mano al presidente de la República, eso me marcó para siempre. Nosotros somos de una familia humilde, y estuvimos ahí con el presidente, el líder supremo del país (se entusiasma al relatarlo, aún con un dejo de incredulidad).

Esa amistad entre Mejía y Florencio le facilitó a Yermy otro ejemplo de vida: “Mi abuelo ayudó a construir la mitad del barrio donde vivíamos. Como eran amigos, el presidente le dio chapas, blocks, maderas, todos los materiales necesarios para levantar las casas. Mi abuelo donó todo, no se quedó con una tabla para él. Eso es lo que a mí me queda”, destacó. Y agregó, para redondear el perfil, que “era un tipo solidario, siempre cocinaba de más, por si pasaba por casa alguien que no había comido. Esas cosas”.

Durante su primera infancia, Yermy trabajó duro junto a su abuelo. Los Florencio tienen campo en Dominicana, donde cultivan arroz. “Me levantaba muy temprano a trabajar con él. Nos parábamos en una punta y me decía: ‘Todo esto es tuyo, pero te lo tienes que ganar’”. Y, a muchas millas de distancia, se lo está ganando.

Después, pasó por otros oficios, ya que “no querían mantener vagos”: “A los doce me mandaron a un taller de radiadores, aprendí el oficio, no me pagaban y me fui. Pero en casa me hacían barrer el patio, juntar las hojas, siempre me exigían hacer cosas para que supiera lo que es la tarea”. Más tarde trabajó en un carrito de comidas y fue ayudante de electricista, “pero la abuela decidió que era muy peligroso, que me iba a caer de un cable y que no valía la pena matarme por 200 pesos. Siempre con la meta de que me enfocara en los estudios”, algo que no terminaría de cuajar.

Lo mismo quería su abuelo, que se fue demasiado pronto, tras verlo crecer apenas un rato. No le dio muchos consejos, pero sí uno transversal: que hiciera las cosas bien. Estanislao fue el que lo encaminó en el sendero escolar. “Comencé a los seis años. Un día me dijo que ‘ya basta de jugar, dedícate a estudiar, yo quiero que te formes’. Y me llevó de un brazo a lo de una profesora: ‘Quiero que me inscribas a este muchacho’. Yo no sabía leer ni escribir, nada. Era el más alto de todos, porque mis compañeros eran más chicos de edad, yo arranqué tarde. Pero cuando empecé a leer, me fui fascinando. Viajábamos por distintas ciudades e iba leyendo todos los afiches, todo lo que se cruzaba”, evocó, con esa sonrisa que parece no estar dispuesto a negociar, vale decir a resignar, pase lo que pase.

¿Qué libros te gustaron?

-Cien años de soledad, Gabriel García Márquez. Ahora estoy leyendo Crimen y castigo. A la literatura la vivo, leo un libro y me meto en la historia, como si fuera parte de eso que se va contando. Hay escenas de Crimen y castigo, un libro sangriento, que me quedaron marcadas.

Ya en Bolívar, cursó los estudios secundarios en el Colegio Cervantes, pero abandonó en quinto año, poco antes de graduarse. “Me aburrí. Hay personas autodidactas, que aprenden solas. Yo soy una de ellas. Mi familia siempre me reclama que tengo que tener el título de la secundaria, pero yo me cansé, aprendí lo que quise, y sigo aprendiendo. Cerré esa puerta, no me hace falta terminar porque elegí lo que quiero ser”, aseveró, tajante.

Eso que quiere ser se inscribe dentro de las fronteras del oficio gastronómico, entre copas, platos, ollas y sartenes, pero también bajo el brillo de salones donde la gente va a distenderse y gozar. Su sueño es un restorán o bar propio. Ansía ser “el ‘cachito’ de la fiesta, el animador, pero juicioso. No me veo como mozo toda la vida, pienso que ya a los treinta y cinco años debería tener un emprendimiento”, proyectó. Antes de recalar hace tres años en Valencia, peló papas en Confiésate Antonia, unos meses en los que “aprendí unas cuantas cosas junto a la señora Cristina, una genia total”. Su siguiente estación laboral fue en otro rubro, pero también de servicio: deejayy animador de fiestas, un impulso que lleva“en la sangre”, en la empresa de Marcos Baena. Tras algunos años en los que viajó por el país condimentando eventoscon ese ‘azúcar’ típicamente caribeño,volvió a la gastronomía, para hacer empanadas junto a Carlitos Dotta.

Pero sus anhelos también involucran la faz privada: Yermy desea formar una familia. Ya tiene un hijo de cuatro años, Yuliano Florencio, que vive con la mamá. Aunque ama a su vástago y le da lo mejor, reconoce que no estaba preparado para ser padre, ya que “no tenía qué ofrecerle”, admitió. Cuando Yuliano nació “no sabía qué hacer; pero después lo tenés en brazos y ya está, es una sensación que no tiene explicación”, aseguró, con ‘lentejuelas’ en los ojos y su sonrisa irrompible. Ahora se siente en mejores condiciones, económicas y personales, y por eso le gustaría repetir la experiencia, que no dejaría de ser una nueva oportunidad, o un nuevo comienzo. Evalúa que es un momento suyo apropiado ya que además, “no quiero verme como el abuelo de mi hijo”, exageró.

“Tengo mi vida acá, y un hijo que me une al país”

¿Te gusta Bolívar, te afincaste acá?

-Sí, pero Bolívar es una zona de confort. Vivís cómodo, pero no es un lugar para crecer. Siempre vas a estar cómodo, pero no tenés crecimiento. Así lo veo. No sé si me iré, sí sé que quiero mi lugar propio. Pero por ahí también me gustaría seguir formándome afuera, en Europa, y después pegar la vuelta. O hacer lo mío acá. No lo sé.

¿Volver a tu país no?

-Pienso ir a ver a mi abuela, pero no a instalarme. Tengo la vida mía en Argentina, y ya un hijo que me une al país. Me veo realizándome acá, pero nadie sabe qué va a pasar.

¿Hiciste amigos, qué hacéscon tu tiempo libre?

-No tengo casi tiempo libre, últimamente le estoy dedicando todo al trabajo, ya que son muchas responsabilidades. Y momentos para socializar no me hago. Además siempre he sido una persona sola. Tengo amigos, que van a estar siempre para mí y yo para ellos, pero no soy un tipo de juntarme a tomar mate o a hacer cosas. Estoy para ellos y ellos para mí. Son mis compañeros de la escuela, del Cervantes, un colegio al que le agradezco mucho porque cuando llegué era un ignorante, me creía vivo pero no sabía nada. Acá empecé a aprender, abrí mis horizontes, la mentalidad me cambió. En Dominicana la educación era básica, acá me di cuenta de lo que era estudiar.

Sin embargo abandonaste cuando te quedaba muy poco para terminar la secundaria.

-Sí, me cansé. Estando acá, en 2014 me volví a Dominicana un año, y era el tipo más letrado del colegio, por lo que había aprendido en Bolívar. Nunca escribí nada, la profesora me pedía que escribiera los conceptos pero no me hacía falta, tenía todo en la mente. Cuando había un acto me ponían a leer a mí, porque tenía una oratoria perfecta. Me preguntaban dónde fui, y yo les decía que a ningún lado, que era algo que había aprendido en la escuela de acá y después desarrollésolo, porque me gustaba. Por eso te digo que las personas autodidactas mayormente se educan solas.

Y en eso andaYermy con su cara de negro bueno, educándose en el trabajo gastronómico, ganándose lo que su abuelo-padre le prometió. Haciendo camino al andar, como enseñó el poeta, de mesa a mesa y de la cocina a la barra guiado por un sueño que, como los buenos platos, cuece a fuego lento.

Chino Castro

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