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miércoles, 02 de junio de 2021
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Cuando los satélites no alcanzan, alguien nos ofrece el corazón

Rocío Porcaro, el descarnado testimonio de una enfermera al límite.

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Lo que parecía una distopía hace apenas meses, se convirtió en una trágica, lapidaria realidad: en Bolívar (también) colapsó el sistema de salud, lo que se refleja en el hospital sin una cama de internación disponible hace semanas, a pesar de que fueron agregadas doce y comprometidos varios servicios más, Terapia Intensiva casi a tope y quince días consecutivos con al menos un muerto por covid, vecinos que se van ahogados de soledad. Cifras pavorosas de contagios, decesos y gente aislada, aunque aún haya quien prefiera desconocerlas para que no cunda el pánico y, peor aún, tantos y tantas que, un mar de dolor y ausencias después, mantienen la miserable postura de no cuidarse (aunque nadie lo asuma) y así contribuyen a una descomposición sanitaria que es profundamente moral, ya que nos empuja a lo más bajo de la condición humana.

Y hay algo más: médicos, enfermeros y todo el personal del sistema de Salud que no dan más, sobreviviendo y ayudando a sobrevivir en días que se tornan irrespirables, remando hacia un horizonte que, vacuna y todo, aún no muestra colores. Así lo manifestó Rocío Porcaro, enfermera en el hospital desde hace casi ocho años, que hoy se desempeña en el área de Clínica Médica 2, ex Cardiología y Materno Infantil, dos servicios fusionados para conformar un nuevo espacio de atención a pacientes de covid. “Somos los encargados de cuidar, contener, comprender y acompañar” a los enfermos, además de ejecutar las disposiciones de los médicos en relación a medicación y controles. “Nos ocupamos también de escuchar al paciente, que es muy importante, de su higiene y de tratar de buscar su comodidad. Un trabajo complejo, que aglutina muchas cosas”, enumeró la trabajadora, en una charla exclusiva con este diario.

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“Nuestra Clínica 2 es la sala amarilla. Tenemos veinticuatro camas, todas ocupadas, y muchas complicaciones. Hay pacientes que pasan a Cirugía, el código verde, que están mucho más cerca del alta, y otros que regresan a Clínica 1 o ingresan a la Terapia, el código rojo. Es desesperante, nuestro amarillo es una bomba de tiempo porque en cualquier momento el paciente se te descompensa…”, expresó Rocío, angustiada por un dolor al que no va a acostumbrarse.

“Los pacientes mueren solos…”

Desde hace unas dos semanas, todos los días en Bolívar fallece al menos una persona por covid. Un pesar que, más allá de las familias y amigos de quienes que se van, se asimila también en el hospital, por parte de ustedes…

-Una está acostumbrada a ver a la muerte, pero desde otro lugar. Hace ocho años trabajo aquí, ves a la muerte, no es algo a naturalizar pero sí algo que está y siempre estará. La diferencia es que los pacientes se iban acompañados de sus seres queridos, con sus afectos a su lado, sosteniéndoles la mano. En este caso mueren solos, con nosotros mirándolos a través de las escafandras, que apenas pueden vernos los ojos; nos agarran la mano, tenemos hasta dos o tres pares de guantes y ni siquiera pueden sentir el calor humano, más allá de las palabras de ayuda que les brindamos. Para toda persona que enferma es vital la contención familiar, lo que ayuda a la recuperación. Y eso no es posible esta vez. Cada paciente con la cabeza a mil, uno trata de sacarlos de ese lugar, les brindamos palabras de aliento, pero sin la contención familiar es difícil, eso no tiene reemplazo.

Rocío habla en un tono bajo, asordinado por la tristeza, como si su voz flotara entre una niebla empecinada en quedarse ensuciándonos los sueños. En su decir se advierten el cansancio y la angustia, la impotencia de ver, a metros de una distancia que desesperay tras un vidrio helado, que a cada rato alguien se va sin ese insustituiblebeso que le brinde una última carga de amor para el viaje. Y también titilan entre sus palabras granos de un enojo profundo con aquellos que, catorce meses después, se empeñan en un egoísmo, una desaprensión y una estupidez que le faltan el respeto a la condición humana, al despreciar a una enfermedad que ya ha matado a medio mundo y todo el trabajo que realizan quienes persisten en sembrar vida, o en retener la que va quedando. “Nadie nos preparó para algo así, ver que los pacientes se van solos…”, insistió Rocío con una imagen que no esperábamos ver, ni mucho menos padecer en carne propia, y va tornándose casi doméstica. Esto es peor que una distopía, porque en una distopía sobreviven superhéroes o personajes delineados por un escritor, pero en nuestro aciago aquí y ahora, un presente que quizá ni el más pesimista imaginó, deben/debemos sobrevivir personas de carne y hueso.

En un contexto así, el equipo de enfermeras y enfermeros hace lo que puede, “doblando turnos, cortando francos”, afrontando la empinada cuesta de cada día con una resignación en el corazón: la de saber que no podrán dedicarle a cada enfermo el tiempo que necesitaría. Peor aún, ya que el paciente covid “es muy demandante, así lo torna la enfermedad: se fatigan, les falta el oxígeno, no pueden ir al baño solos; hay que darles de comer porque algunos no tienen la fuerza necesaria. Son veinticuatro personas, a veces me toca atender a diez u once y cuando llego al último ya la comida está fría, y es difícil sacarla de la habitación para calentarla”. El momento del almuerzo o la cena adquiere un carácter especial en el contorno de jornadas que se hacen larguísimas para los padecientes: “Es cuando podemos charlar un poco. Y es un muy duro cuando lo dejaste a la noche, después de que comió o tomó agua, llegar al otro día y encontrarte con que está en un estado de somnolencia, que no quiere despertar”, marcó la enfermera.

Rocío, como cada uno/a de sus pares, vuelve molida a casa. Desde hace ya meses, en el borde de sus ojos que no se habitúan a tan desconsolante cotidianeidad, hace equilibrio una tormenta que en cualquier momento puede desatarse, y el ahogo se atrinchera en su garganta. Es un agotamiento físico, pero esencialmente mental: “Duele muchísimo ver a la gente así. Cuando al otro día preguntás cómo pasó la noche tal, y te dicen que no la pasó, o que lo enviaron a Terapia. Lo ves venir; pero se libera una cama y enseguida se ocupa, una situación que no te da tiempo a nada”.

Falta de empatía y responsabilidad: “No fue la política, falló la sociedad”

¿Qué te sostiene?

-La fe en que esto va a terminar. Creo que va para largo, no será este año, pero va a pasar. Pienso que la gente nos sostendrá, que hará caso y cumplirá las medidas de prevención. Eso les pedimos, que cada cual desde su casa aporte su granito de arena. Con cada granito podríamos levantar una montaña. Y me sostiene mi familia, que también tengo miedo de que les pase algo, porque sé que si mi papá se enferma no tendrá una cama.

¿Por qué creés que llegamos a semejante punto? Pasaron catorce meses desde el inicio de la pandemia, y nuestra situación es cada vez peor. Hace un año estábamos preparándonos para evitar un colapso que igualmente llegó.

-Por falta de empatía, de compromiso y responsabilidad de la gente. Sobre todo de parte de los adultos jóvenes. Duele que no hayan hecho caso, porque después, los que pagan los ‘platos rotos’ son los abuelos. Aunque lamentablemente ahora también le ha llegado a la gente más joven, que está sufriendo mucho. Desde mi perspectiva, falló la sociedad: no se puso barbijo, no respetó distanciamiento. No fue la política, más allá de que la pandemia se politice. Hay que poner el acento en la sociedad, en vez de cargarles la culpa a los gobiernos. Si no cumplimos lo mínimo indispensable para salvarnos, ¿a quién vamos a culpar? Ahora hay que conseguir que la gente recapacite, se ponga las pilas y nos ayude.

¿Pensás que, habiendo llegado a este límite, ahora sí la sociedad va a comportarse empáticamente?

-Quiero creerlo, mi corazón quiere creer que sí. Quiero creer que no seguirán siendo tan indiferentes. Si respetás las medidas básicas, el distanciamiento, te respetás vos y respetás al otro, a tu familia, a la sociedad. Pongo mi fe en que la gente va a recapacitar, en que van a dejar de hacer esas fiestas clandestinas que fueron furor, que después se descompensa alguien ahí, piden una ambulancia y no se sabe adónde hay que ir, porque como son juntadas clandestinas es complicadísimo encontrar el lugar. En este momento (domingo) hay dos camas disponibles en Terapia Intensiva, y una sola habitación en Cirugía para internación de no covid. Así que si se produce un accidente, o alguna gente requiere una cama para alguna patología que no sea covid, no la va a tener. Es tan dramático el momento, que hemos caído a un punto en el que nadie puede enfermarse de nada.

Cuando los satélites ya no alcanzan, alguien, algunes, nos ofrecen su corazón. Es el amor en los tiempos del covid, ese amor ciego de vida que quizá venza a la muerte.

Chino Castro

“Si tienen un poco de conciencia, no pueden pedir presencialidad”

Ahora mismo hay padres y madres que continúan pidiendo presencialidad escolar, Padres organizados. ¿Qué les dirías?

-Les pediría que, si tienen un poco de amor por sus hijos y por los hijos de los demás, sigamos como venimos. Lo comprendo perfectamente al reclamo, y me parten al medio las clases por Zoom, pero no voy a exponer a mi hija a un contagio. Dicho sea de paso, los niños eran asintomáticos, pero ahora hemos tenido varios casos que han necesitado internación en el servicio de Materno Infantil, para pasarles antibióticos endovenosos. Este virus ya no discrimina a nadie, tenemos que entenderlo. Es otra etapa de la pandemia. Si tienen un poco de conciencia, no van a pedir presencialidad. Lo digo como madre de una nena de ocho años, que sólo hizo primer grado presencial, y también me cuesta mucho enseñarle, explicarle, ser mamá, maestra, trabajar afuera y no tener tiempo. Pero todos tenemos que poner nuestro esfuerzo, si no, no vamos a salir de esto.

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