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sábado, 20 de abril de 2024
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Claudio “Caco” López, con las Malvinas tatuadas en el alma

Se conmemora hoy un nuevo aniversario del Conflicto Bélico con Gran Bretaña.

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Claudio “Caco” López es uno de los ex combatientes de Malvinas que participó de aquel conflicto bélico entre Argentina y Gran Bretaña en 1982. En su momento participó de las reuniones de los también llamados Héroes de Malvinas; pero hoy ya no tanto, al menos a nivel local, sí lo hace con un grupo más grande de compañeros de aquellos años que se movilizan por distintos puntos de la provincia de Buenos Aires por diversos actos en estas fechas y que se reúnen bastante a menudo.

La nota que reproducimos a continuación es inédita para gráfica, tiene un par de años pero no ha perdido vigencia para nada, por eso les mostramos en esta extensa entrevista la historia de uno de nuestros Héroes de Malvinas.

¿Dónde nacés, cuándo?

– Nací en Bolívar , en diciembre de 1962, me crié acá, nunca me fui de mi ciudad. Tuve una infancia muy feliz, más allá de algunas carencias que tampoco incidieron mucho en mi formación. Estudié la primaria en la Escuela N° 1, después la secundaria en el ex Colegio Nacional. Mi familia estaba compuesta por mis padres y somos 4 hermanos, tres varones y una mujer.

Después me casé, tuve tres hijos; me divorcié, volví a formar pareja y tengo dos nenas un poco más pequeñas.

En mayo de 1980 salimos sorteados por Lotería Nacional, estaba en el secundario, los varones escuchábamos el sorteo por radio, sabíamos que estaba en juego parte de nuestro destino, los que se salvaban empezaban a estudiar al año siguiente y los otros tendrían que pedir la prórroga o esperar dos años más, por lo menos.

¿Qué número te tocó?

– El 935, sabía que era marina, no tenía escapatoria. Parecía como un legado, mi papá también había hecho marina. Tampoco lo tomé como algo cruel, más allá de que uno sabía que el Servicio Militar era algo más complicado que otras cosas; tampoco la pasamos mal, se podrían haber evitado un montón de cosas, podría haber existido de otra manera y con ciertos límites; pero era así.

¿Cuándo te alistaste a la fuerza?

– En 1981, el 2 de junio, unos días antes, me llegó una comunicación en la que me informaba que me tenía que presentar en el distrito militar Tandil, no iba yo solo, éramos muchos los que viajamos. De ahí nos trasladaron en tren hasta Estación Pereyra, que está entre La Plata y Buenos Aires. Ahí estuve un poquito menos de dos meses, desde el 2 de junio hasta fines de julio, todo instrucción.

El último día nos dieron el destino, nos iban llamando y cada uno se iba formando en un grupo. Nadie sabía al lugar al que íbamos, una vez que estuvimos en el tren, y ahí nos dijeron que íbamos a la compañía Ingenieros Anfibios, que está en la Base Naval Puerto Belgrano, ese fue el principio.

¿Dónde fuiste a revisación?

– La hicimos en 1980, la primera la hice en Mar del Plata, duró dos días. Más allá de que me tocó el 935, tenía la certeza de que me iba a salvar, yo no veía, usaba anteojos, tenía miopía desde los 15 años. Y no, la primera revisación la pasé sin ningún problema.

Cuando estaba en el Parque Pereyra nos hicieron una revisación y cuando nos revisaron me dijeron “no hay problema”, y pasé. Cuando llegamos a Puerto Belgrano, a los pocos días nos hicieron una revisación, volví a plantear lo mismo y tampoco zafé. Si alguno ve una foto de Malvinas con uno con anteojos, ese soy yo, porque no había otro.

¿No intentaste pedir prórroga por estudio?

– No, ya estaba, prefiero que las cosas sucedan y no demorarlas.

¿Tus hermanos lo habían hecho también?

– El año anterior, a fines de 1980 ó principios de 1981 le dieron la baja a mi hermano que estaba en Olavarría, que cuando fue lo de Malvinas lo reincorporaron, siempre se decía que no podía haber dos hermanos bajo bandera al mismo tiempo; pero en ese momento no hubo excusas, tuvo que ir, no le quedó otra.

¿Te acordás de alguno de Bolívar que fue con vos a aquella revisación a Mar del Plata?

– A aquella revisación fueron compañeros míos del secundario, fue Petete Campitelli, Leopoldo Guantai, Schaffer, fuimos unos cuantos más.

¿Y después a Tandil?

– Con ellos mismos y se sumó Alberto Costantino, Duilio Lanzoni también estuvo conmigo en La Plata, el Mono Pagola, Chupetín Lautre, éramos unos cuantos.

Llegás a Base Puerto Belgrano y qué pasa…

– La Compañía Ingenieros Anfibios se había formado hacía muy poco tiempo, en 1979. El primer mes y medio tuvimos instrucción, y nos preguntaban qué sabíamos hacer, los que sabían manejar rendían prueba para chofer; el que sabía contabilidad estaba en alguna oficina. Yo me incliné por el lado de la carpintería por mi papá.

Te toca marina, uno imagina que te ibas a un barco…

– Ocurre que la marina se divide en dos partes, es la infantería de marina y la marina propiamente dicha que es la de los buques. Un año lo destinaban a la infantería y otro año a los buques, se iba intercalando. La marina era por tandas, no ingresaba toda la clase junta, eran cinco tandas, todas ingresantes en distinta época del año. La segunda y la cuarta tanda fueron a los buques, las otras tres hicieron infantería.

La compañía se dedicaba a explosivos, así que íbamos al campo y hacíamos todo simulacros de campos minados y nos explicaban qué eran los detonadores, el cordón que se utiliza para la mecha explosiva, todo eso fuimos aprendiendo. Cuando terminó esa instrucción me fui a carpintería, no fue así con otros chicos de Bolívar como Martínez y Luis Buglioni, a quienes todo el día los tenían al salto, yo zafé de eso. Después cuando fuimos a Malvinas se notó un poco esa diferencia, porque no estábamos acostumbrados, igual te adaptás.

¿Te veías con Martínez y Buglioni?

– Sí, nos veíamos siempre, al horario del almuerzo y la cena nos juntaban a todos. Igualmente no los conocía mucho, no los había tratado acá en Bolívar. Al Negro Martínez y a Adolfo Barcia los tenía más vistos; pero a los demás no. Después fuimos tejiendo relación, cuando veníamos de franco viajábamos juntos.

Estabas por cumplir el año de conscripto cuando estalla el conflicto de Malvinas…

– Estaba cerca, cumplía el año en julio, me faltaban unos meses todavía, esto ocurrió en abril; pero ya tenía mucha experiencia dentro de la compañía, los que entraron en la última tanda tenían sólo un mes y medio, no estaban familiarizados con un montón de cosas, y eso se notó mucho.

¿Cómo te enterás de lo de Malvinas?

– No nos enteramos hasta último momento, después de que pasa el 2 de abril en una formación nos comentan que se habían recuperado las Malvinas, a los dos días empezamos a ordenar el equipamiento para todo el personal, nos dieron otro tipo de vestimenta, el fusil, los cargadores completos; pero el comentario siempre era que íbamos al sur, y así fue. Una parte de la compañía, la parte de materiales, ya había salido en el Cabo San Antonio, que era un buque de desembarco, el 5 ó 6 y partieron. Y después hubo algunos vuelos en los Hércules, y algunas camionetas.

Yo fui en un vuelo el 7 de abril hasta Río Grande, hicimos noche ahí y al otro día nos preguntaron quién quería ir a Malvinas, y ahí se cerró el círculo y sabíamos que íbamos a ese lugar.

¿Les dieron elección?

– No, en esa época en el Ejército no había elección, era sí o sí. Pasa que había mucha ansiedad, tenés que andar con todo el equipo, es tedioso, bastante pesado, andás con el fusil, con el casco, tenés ganas de llegar a un lugar, te instalás y ya está. Y así fue, llegamos allá y ahí nos cambió el panorama, porque es otro lugar, otra vida, otro clima, otro terreno, todo muy distinto. Fue una experiencia que empezamos a sufrirla pero con el tiempo empezamos a acostumbrarnos.

¿Qué recordás del viaje a Malvinas?

– El viaje de ida hasta parecía placentero porque fuimos en un avión, sentados, nos dieron una ración. Fue mi primer viaje en avión, fuimos distendidos. En ese momento uno no pensaba en un conflicto, nos parecía algo muy lejano, ninguno pensó que esto iba a terminar un conflicto de tal magnitud. Llegamos, dormimos en Río Grande, nos despertamos como si nada y viajamos a Malvinas de la misma manera.

Después se empezó a ver la incomodidad de todo, ya no era como cuando estabas en el cuartel, empezó a haber un problema logístico y de comodidades. La primera noche fue una cosa, ya después no dormíamos como antes, era en bolsa de dormir y en el piso, con la comida pasó lo mismo, ya no había mesa, comías parado o sentado, el agua lo mismo hasta que nos acomodamos en otro lugar.

¿Estaban en la isla Malvina o en la isla Soledad?

– Gran Malvina, donde está Puerto Argentino. Más allá de todas las incomodidades uno empieza a ver un cambio, porque para pensar en ese momento había mucho tiempo, ya se empezaban a hacer guardias a pesar de que no había pasado nada.

¿En el viaje fuiste con alguno de Bolívar?

– No, esa es una de las cosas que tenemos un poco mezcladas, no sólo con los de Bolívar sino con todos los demás. No puedo asegurar que haya ido con alguien de Bolívar en el vuelo a Malvinas.

¿Cuántos soldados eran los que estaban con vos en ese lugar?

– La compañía tenía entre 130 y 140 integrantes, entre oficiales y sub oficiales, era una compañía chica. De la tercera tanda que entramos todos juntos éramos alrededor de 40, y en la actualidad somos los que nos juntamos siempre.

¿Les informaron cuando estalló el conflicto?

– Te vas habituando a las reglas de un supuesto conflicto. El alerta roja sabés que es un ataque de aviones; el alerta gris de buques, y el alerta amarilla mucho cuidado porque puede ser cualquiera de las dos cosas. Ese 1° de mayo no creo que haya habido un anuncio, no sé si sonó una sirena, la verdad que tengo un vago recuerdo de eso, y sentimos una explosión muy fuerte, que pareció que había sido a 50 metros; pero en realidad estaba a varios kilómetros de distancia. Ese fue el primer ataque de aviación.

Después vimos los pocos y todavía están, cuando fuimos en 2015 son pozos muy grandes, si te cae cerca una bomba de esas es imposible salvarse por más que estés a resguardo, la onda expansiva es muy importante. Ahí empezamos a acostumbrarnos a ese tipo de cosas, a los ruidos. Luego empezaron los bombardeos de los buques, que es algo bastante intenso cuando sucede y uno trata de pensar en que termine de una vez. Pero el oído se va agudizando, escuchás aunque estés muy lejos la detonación cuando sale del buque y es un silbido que se viene, y ya sabés que no te va a caer cerca. Esas cosas las vas aprendiendo con el correr de los días.

¿Estuvieron más “a salvo” los que primero fueron a Malvinas? Porque después pasó lo del ARA General Belgrano…

– En Malvinas todos estuvimos bajo fuego, tuve la posibilidad de haber estado en combate, pero los que no estuvieron vivieron lo mismo, todos recibieron fuego constantemente. No hay quién la pasó mejor o peor, estando en Malvinas todos la pasaron mal y tuvieron muchas posibilidades de no haber vuelto.

¿Cuándo empiezan a tener el enfrentamiento?

– El cuerpo a cuerpo no se da como lo conocemos normalmente, a mí no me sucedió; pero sí a una distancia de 50 metros, muy cerca. Eso empezó el 13 de junio a las 21 horas, previo a eso había habido bombardeos muy intensos y se empezó a escuchar que ellos subían por el Monte Tumbledown disparando.

¿Podían dormir?

– Los últimos días no, se hizo imposible porque sabíamos que éramos la última parte del ejército y teníamos que hacer guardia, se complicaba mucho dormir. Lo mismo la comida, empezó a escasear porque las cocinas dejaron de funcionar, nos manteníamos con las raciones individuales. Igual en ese momento no había mucho tiempo para pensar en la comida. Ese enfrentamiento duró desde las 21 horas del 13 de junio hasta las 9 de la mañana del 14, 12 horas. En un momento dado no hubo más posibilidades y tuvimos que retroceder hasta Puerto Argentino, eran más o menos entre 7 y 8 kilómetros de distancia.

Una vez que llegamos a Puerto Argentino escuchamos muchas cosas, nos dijeron que teníamos que esperar para ver si había órdenes de organizar la última defensa. Vino una orden de quedarnos cerca de un colegio, después nos tuvimos que meter en el colegio y cuando estábamos por entrar ya vimos que había ingleses en las calles, ya habían llegado ellos en sus vehículos, fue todo muy rápido.

Cuando nos metieron al colegio nos dijeron que teníamos que dejar las armas en el patio, no podíamos tener ningún tipo de arma ni munición, ahí nos dimos cuenta que había empezado a concretarse la rendición.

¿Cuán cerca te viste de la muerte, de recibir un disparo?

– Con estas charlas, como con las que doy en los colegios, voy encontrando ciertas respuestas, de Malvinas podés hablar horas porque es intenso y muy largo todo. Yo en el momento no me di cuenta, tampoco tuve miedo.

La falta de información que tenían también ayudaba a eso…

– Claro. Cuando retrocedíamos es como que nos hizo un click la cabeza; pero tampoco había tiempo para pensar. La primera vez que tuve miedo fue con uno de los bombardeos navales al principio, porque caían muy cerca, y ahí uno se aferra a cualquier cosa y empieza a hacer promesas vagas, hasta rezás, no es que no sea creyente; pero tampoco soy un devoto ni practicante, en mi casa no rezaría nunca.

Y cuando volvíamos de Monte Tumbledown a Puerto Argentino también tuve miedo, porque veíamos que se terminaba el conflicto y miraba permanentemente para atrás, no fuera a ser cosa que justo en ese momento me pegaran un tiro o cayera una bomba, o que me matara mi propia tropa en medio de la oscuridad. La verdad es que no nos mataron porque tuvimos suerte, a mí y a todos los que estuvimos en ese lugar.

Y ustedes con un armamento inferior…

– No te creas, los ingleses también tenían FAL, el nuestro era un fusil bastante nuevo, funcionaba muy bien, nunca tuvimos problemas, nunca se trabó, el secreto era mantenerlo limpio. En ese lugar la infantería tenía un fusil o granadas, ahora puede haber algo más moderno, o la mira infrarroja que no sotros no teníamos.

Con el pasar de los años cuando volvimos a Malvinas y estuvimos en ese lugar, sí nos dimos cuenta del bombardeo que habíamos sufrido, eran todos agujeros negros en distintos lugares, y ahí pensábamos que nos salvamos porque tuvimos mucha suerte.

¿Cuántos cargadores usaste?

– No disparé todos los cargadores. Los teníamos encintados para tener dos juntos, entonces se terminaba uno y lo dabas vuelta. Creo que utilicé esos dos y no recuerdo haber puesto otro, en esa noche. Cuando empezó el combate recuerdo haber disparado muy poquito, fue todo muy rápido y tuvimos que retroceder. Después sí disparé pero no se veía nada, nevaba mucho, uno noche muy cerrada. Y en algún momento tiré algunas granadas; pero no era Rambo, todo lo contrario.

Interiormente nosotros no queríamos sufrir más, era todo incomodidad, todo el día mojados, no nos podíamos bañar, eso te va cansando, y veíamos que no había necesidad de seguir arriesgando más.

¿Pudiste mandar alguna carta desde Malvinas a tu familia?

–           Sí, yo no recibí cartas de mi familia en Malvinas, pero sí mandé. Creo que podíamos escribir una por semana, recibíamos muchas cartas de la gente y de los colegios, y algunas las teníamos que responder. Sí hablé por teléfono en dos oportunidades a mi casa, nos dieron la posibilidad de hablar uno por ciudad, y en ese momento el único que tenía teléfono en la casa era yo y hablé en nombre de ellos. Era una comunicación por radio enlace, no era tan fácil hablar, no es como ahora.

Hablaba con mi mamá y le decía que le comunicara a los familiares de todos los de Bolívar que estábamos bien, a nadie nos había pasado nada. Después de eso, cuando empezabas a hablar no podías seguir, te aflojabas y se te caían las lágrimas. Teníamos una persona al lado que nos decía que no podíamos decir ciertas cosas, y después de tantos días hablar con un familiar es muy complejo. Y la segunda vez que hablé, lo mismo.

Las familias de los soldados no tenían información, cuando termina el 14 de junio, automáticamente el nexo que había entre Malvinas y el continente se cortó, en mi caso hasta el 23 que volví a Tierra del Fuego.

¿Estuviste prisionero?

– Sí.

¿Te sentiste prisionero?

– El primer día en la escuela no, porque los ingleses estaban del lado de afuera, se cerró todo y listo. Al otro día sí, porque salimos a la calle y ahí controlaban ellos, teníamos que ir hasta el aeropuerto, que está a 6 ó 7 kilómetros, hicimos todo ese recorrido caminando con soldados ingleses escoltándonos, y cada tantos kilómetros había retenes en los que te revisaban todo, así hasta llegar al aeropuerto. Llegamos y parecía un campo de concentración, no podíamos salir de ese lugar y teníamos que resolver todo con las cosas que teníamos a mano, no había baño, nada.  A la noche se hacía difícil dormir ahí, porque hacía mucho frío y estaba nevando, armábamos carpas individuales y ahí dormíamos 3 ó 4, y al día siguiente había que buscar alguna lata para poder comer. Ahí estuvimos 3 ó 4 días.

Después nos volvieron a llevar a la ciudad todo caminando y nos metieron en una carpintería, estuvimos un día y al otro día a la mañana nos hicieron ir en formación para el muelle, eso era cerca, unos 300 metros. Estuvimos ahí un montón de horas porque el buque estaba fuera de la bahía, alejado del puerto, no le daba el calado. Subimos al buque y ahí empezó otra historia. Siempre te recomendaban que no dijéramos nada porque como todo, enseguida te salía la puteada al toque; pero nos pedían que nos comportáramos bien, no fuera cosa que nos tuviéramos que quedar. Eso fue hasta que llegamos al Almirante Irizar, y ahí nos cambió todo.

Nos dieron una comida muy sencillita, un lugar para dormir en la bodega, en cama. Había que andar descalzo y nos habilitaron para bañarnos cuando tuviéramos ganas, no había horarios de nada. Nos quedábamos 20 minutos debajo de la ducha, era un páramo. Lo único, teníamos la misma ropa.

¿Cuántos días estuviste sin bañarte?

– Me bañé dos veces en Malvinas, en realidad no te podías bañar nunca; pero en la compañía nuestra había alguien que encontró un tambor y armó una bañera, prendíamos fuego con una especie de carbón y entrabas desnudo al tambor, te dabas una ducha rápida y a secarte afuera. Llega un momento que no aguantás nada, todo el día con el casco, se te pega el pelo, la ropa no se lavaba, siempre estabas sucio.

¿Primer viaje en barco también?

– Sí, de ese tipo sí, había subido a alguna lancha en el puerto de Mar del Plata; pero no en ese tipo de barcos, es totalmente distinto.

¿Cuánto tiempo tardaron en llegar a Tierra del Fuego?

– Casi dos días hasta Ushuaia; pero fue un viaje un poco más tranquilo, uno ya sabía que se había terminado. Siempre está el temor, porque  pensás “no me pasó nada con todo ese despiole de balas y ese olor a muerte, y que se te hunda el barco”, ese pensamiento está siempre. Bajamos del barco e íbamos en avión, y lo mismo, “falta que ahora se caiga el avión”, todo ese pensamiento era muy recurrente, hasta que llegamos a la base, ahí es como que nos relajamos, fue una distención total, éramos otras personas más allá de todo.

¿De tus compañeros falleció alguno?

– De la tercera tanda que entramos todos juntos, no murió ninguno, hubo un poco de suerte en ese sentido. Fuimos un grupo homogéneo para la supervivencia, eso nos daba otro ánimo porque sabíamos que podíamos contar con otra persona que era de nuestro grupo, eso sirvió muchísimo para Malvinas y también para la vuelta. Actualmente nos juntamos 7 u 8 veces al año y no importan las distancias, esa es la amistad que nos regaló Malvinas.

¿Cuándo se enteran del ARA General Belgrano?

– En Malvinas, un suboficial que estaba con nosotros tenía un hermano en el Belgrano y se enteró; pero la información no era tan concreta, no sabíamos casi nada.

Llegás a Ushuaia, ¿cómo empieza la vuelta?

– Veníamos con el temor de haber perdido una guerra, entonces nos preguntábamos cómo iba a ser la vuelta, qué va a pasar con la gente, si nos íbamos a tener que esconder o no. Y ahí tuvimos la primera demostración de que no iba a ser así, porque cuando bajamos en el muelle estuvimos un rato, nos llevaron en micro hasta el aeropuerto pero no podíamos abrir las ventanillas, no podíamos interactuar con la gente.

Cuando los micros salieron y tomaron por la costanera, la situación fue distinta, en ese momento Ushuaia era una ciudad muy pequeña, casi una aldea; pero la poca gente que había se manifestaba en la calle, la gente golpeaba la ventanilla, queríamos que la abriéramos, nos querían saludar, nos aplaudían, nos preguntábamos qué había pasado, nos empezamos a angustiar y se nos caían las lágrimas, porque no esperábamos ese tipo de manifestación y de afecto. Y así fue hasta que llegamos al aeropuerto.

Cuando llegamos a Río Grande también, ahí me encontré con dos compañeros del secundario que habían estado en instrucción con nosotros, Petete Campitelli y el Gato Tamborenea, dos personas que ya fallecieron. Yo era como un ídolo para ellos, me tocaba, me preguntaban si estaba bien, me daban cigarrillos, fueron a buscar gaseosas.

Los militares querían que llegáramos de noche a Bahía Blanca, es una ciudad muy grande. Llegamos muy tarde a la base, casi medianoche. Volvimos al mismo cuartel pero ya no teníamos horarios para nada, no había formación, nada estricto, se terminó. Y a los poquitos días nos dieron una licencia hasta la baja.

¿Tus padres no fueron a Bahía?

– En ese momento no, porque tampoco creo que les hubiesen permitido entrar, sí había hablado por teléfono, y hasta ese momento no sabían absolutamente nada, si yo estaba vivo o muerto. El día que nos dieron la licencia los llamé y les avisé y de acá fueron familiares míos en dos autos a buscarnos a los cinco, que gracias a Dios llegamos todos juntos.

Cuando nos encontramos a la salida del cuartel no podíamos hablar, fue mi papá, mi hermano Luis Enrique y dos primos, nos abrazamos, teníamos un nudo en la garganta, llorábamos, ellos también. Y mis compañeros de Bolívar lo mismo, había esa necesidad de decir “estamos bien”. Salimos de viaje y pasó lo mismo, no hablamos durante todo el viaje, no podíamos hablar, algunos estaban descompuestos, y tuvimos que parar un montón de veces en la ruta.

Y cuando veníamos cerca de la Escuela N° 8 vimos dos o tres autos, camionetas con una bandera; pero cuando nos acercamos al cruce de la ruta (hoy rotonda de 65 y 226) vimos un montón de luces, los bomberos, la policía, pensamos que había un accidente; pero cuando nos acercamos había muchísima gente, estaba cortada la ruta. No vi a ningún pariente mío, nos bajaron del auto, nos subieron al auto de la policía, era una locura de gente, no conocía a nadie. Nos saludaban, nos tocaban, una cantidad de gente que no podía imaginar. Nos llevaron hasta frente al Hospital, y ahí nos subieron al autobomba y veías esa muestra de afecto en la calle, jamás lo imaginé. Estuvimos en la intendencia y después nos fuimos a nuestras casas; pero se demoró mucho porque no podíamos salir, nos saludaba uno, el otro, te abrazaban.

Llegué a las 4 de la madrugada a mi casa, estaban todos, nos sentamos a la mesa, empezamos a charlar, no tenía hambre, y era un montón de cosas que quería contar pero tampoco daba para contar todo. Se hicieron las 6 ó 7 de la mañana, me tiré un rato y no me pude dormir muy rápido.

El primero que fue a saludarme al otro día fue el Dr. Washington González, y las muestras de afecto siguieron hasta que volví a la base, que fui a devolver la ropa y pegué la vuelta. De esas demostraciones no me puedo olvidar, no ocurren siempre; pero sí demuestran lo que es la gente del interior, de un pueblo, muchos reniegan del pueblo; pero el pueblo es lo que te da todo, no lo busques en otro lado, la gente común es la que te va a ayudar en cualquier momento. La gente me paraba en la calle, me regalaban cosas, algo que jamás imaginé que me podía pasar. Y hasta el día de hoy hay gente que me ubica y me saluda por Malvinas.

Hay una foto en la Municipalidad con Félix Bereciartúa, ¿tuvieron un encuentro con él solos o fue eso nada más?

– No, fue eso, nada más, el recibimiento. Pasa que después la política cambia mucho, siempre ellos tienen otro tipo de necesidades y de urgencias, y las prioridades son totalmente distintas. Ahí es donde se produce un quiebre con el correr de los años entre los veteranos y cualquier tipo de gobierno, no hablo en especial de ninguno, porque a veces se jactan de que te dieron una mención; pero no es sólo el dinero, los reconocimientos los necesitás siempre, no sólo el 2 de abril o a los 40 años, creo que esa es una de las falencias que tienen los políticos en general, porque somos parte de la historia y no podés ser selectivo en algunas cosas. No sólo ocurre acá, también pasa en otras ciudades.

¿Estabas de novio cuando fuiste a Malvinas?

– Sí, y en el fondo extrañás ese tipo de cosas. Pasó Malvinas y me casé al otro año, y eso nos pasó a muchos. Y también con los años nos divorciamos casi todos, del grupo debe haber sólo dos que siguen con la misma mujer de hace 30 años, los demás rehicieron su vida de nuevo.

¿Hablás con tus hijos más grandes de Malvinas?

– Muy esporádicamente, me preguntan, se preocupan, se acuerdan, me saludan por el 2 de abril, sólo con el del medio que es profesor de historia hablamos mucho porque todos los trabajos que podía hacer los hacía en base a Malvinas. Con las más chicas pasa más o menos lo mismo; pero ellos solos se van dando cuenta, a veces cuesta ver que un padre es reconocido.

Por si alguno no lo ve en el acto de hoy a las 10 horas en la Plazoleta Héroes de Malvinas para preguntarle por su historia, aquí les contamos buena parte en primera persona de lo que vivivó uno de los pocos bolivarenses que pisó el suelo de las islas.

Angel Pesce

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