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domingo, 18 de julio de 2021
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Cicatrices que se apagan pero no desaparecen

A un año del primer caso de covid en Bolívar.

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A Virginia Rodríguez aún le dura algo de aquella bronca. Quizá haya una parte, la más espesa, que no podrá drenar. Nadie se olvida si fue tratado de asesino cuando lo único que hizo fue contagiarse una enfermedad que un año después ya ha tenido medio mundo.

En la mañana del 5 de julio de 2020, en una tensa rueda de prensa el intendente Pisano y la secretaria de Salud, María Estela Jofré, daban a conocer que había sido detectado el caso uno de covid en la ciudad. Una voz oficial que hizo trizas el hechizo: hasta ese instante Bolívar se jactaba de su ‘invicto’, mientras el mundo se caía a pedazos, y miraba de soslayo a Olavarría, el ‘chico malo’ del ‘barrio’. Comenzaba para Virginia y su familia un calvario que duró varias semanas heavies, y que ha dejado cicatrices.

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Su compañero, Fabián Britos, viajaba en esos días a CABA con mercadería y colchones para las zonas más golpeadas por la pandemia. Así se habría contagiado. Irónicamente, ayudando. No bien perdió el gusto y el olfato, ella dio cuenta a las autoridades sanitarias, que procedieron a su aislamiento. Rápidamente fue hisopada, y el testeo arrojó resultado positivo.

Fabián estaba fuera de Bolívar, había partido con otra carga, sin ningún tipo de síntoma aunque seguramente ya contagiado hacía varios días. Benjamín, el pequeño hijo de la pareja, de once meses, también contrajo covid. A su regreso a Bolívar, previo aviso a las autoridades municipales, se resolvió hisopar al trabajador y alojarlo en el Centro de Rehabilitación Integral. ‘Entrar’ a la ciudad era todo un tema en los primeros tiempos de la pandemia. Tras el resultado del test, que como se esperaba dio positivo, se aisló en su casa junto a su familia. Los síntomas seguían sin aparecer

Desde entonces, las agresiones contra ellos se multiplicaron: hasta se los acusó de asesinos. A través de las redes sociales y también mediante llamadas telefónicas anónimas en cualquier momento del día. Gente que en general no conocían, alguna de la cual recurría al deplorable recurso del perfil apócrifo para expresarse públicamente. ‘Volaban’ audios cargados de inquina y trascendidos, el WhatsApp sirve para eso.

“El pueblo no estaba preparado”, afirmó Virginia en charla con el diario estos días. “Creían que no iba a entrar el virus a la ciudad, que podíamos ser una burbuja con todo cerrado, pero era obvio que ingresaría, y yo me comí el garrón de ser la primera”.

Lejos de solidarizarse con ellos, una ruidosa parte de la población, quizá una minoría pero virulenta al punto de empujar la idea de que éramos todos/as, los maltrató de un modo que no olvidarán. Las redes sociales fueron, una vez más, una carnicería. Se los hacía cargo de estar poniendo en riesgo la vida de la comunidad en su conjunto al haber introducido un virus que provocaría estragos, cosa que sí ocurriría tan solo nueve meses después, pero no por culpa de alguien en particular, menos aún de personas que habían contraído la enfermedad trabajando y que cumplieron con todos los deberes ciudadanos que tantos incumplen hoy al circular por la calle como portadores del virus, certificado por hisopado, ocultar sus síntomas, negarse al testeo siendo contactos estrechos de un positivo o a hacer la cuarentena al regresar de un viaje.

El dolor, la rabia y la impotencia por el vendaval de agresiones se mezclaban con el temor por la salud de los tres pero en particular de Benjamín, que aún no había cumplido un año. Si ahora se sabe poco del covid, en julio del año pasado se sabía menos, y la alarma era aguda en un contexto generalizado de angustia, incredulidad e incertidumbre y aún lejos de las vacunas, el único antídoto que se conoce para frenar la propagación de un virus inusitadamente voraz, o al menos recortar su letalidad.

Los tres la pasaron bien, superaron sin problemas la enfermedad, más allá de que Fabián debió permanecer aislado casi veinticinco días porque el segundo test al que fue sometido, luego de los catorce iniciales, volvió a dar positivo. Para Virginia y Benja permanecer encerrados ya era el pan de cada día en esa inolvidable temporada de otoño-invierno: por el trabajo de Britos, que pasa la mayoría del tiempo afuera, su compañera y su niño casi no pudieron asomar la cabeza a la calle durante largos y ásperos meses.

Había contra los transportistas que viajaban fuera de la ciudad un repeluco particular en esos días de fragilidad y confusión, una mayoría -o una minoría escandalosa; suele haber una tendencia a confundirlas- les veía ‘cara de covid’ y, por las dudas, levantaba contra ellos ese infausto dedo admonitorio, insignificante y a la vez gigante, que todo ‘pueblo chico’ tiene siempre amartillado.

Tirria contra los camioneros, jamás de los jamases (tampoco ahora, con la tercera ola de covid meciéndose como una espada de Damocles sobre la yugular del país) contra los viajeros del dinero, que per se tampoco la merecerían, pero los otros menos.

Hasta la fecha del alta de Britos, fines de julio, e incluso algún tiempo más, continuaron los ataques. Virginia llegó a temer algún atentado contra el hogar familiar, vidriado en el frente. Por fortuna nadie se atrevió a tanto, aunque las miradas de soslayo siguieron siendo moneda corriente, la maledicencia se trasluce tras las cortinas de las ventanas. También padecieron un auténtico reguero de denuncias de vecinos por supuestos incumplimientos del protocolo sanitario, que los obligaba a constantes desmentidas ante las autoridades sanitarias y los encargados de su seguimiento médico.

Por otra parte, tampoco en el hospital estaban preparados, afirmó Rodríguez con tristeza: algunos integrantes del equipo de Salud -remarcó que no todos, sólo algunos- la trataron con desdén cuando tuvo que concurrir, hubo alguien que le gritó y hasta llegó a escuchar algún comentario desafortunado. No se sintió contenida, casi que lo contrario: en la atmósfera flotaba el mismo picor acusatorio que en la calle. Empero, subrayó que la psicóloga y el médico asignados al seguimiento de sus casos “actuaron en forma excelente con nosotros”.

A pesar de lo descripto, en todo desierto siempre brota alguna flor: algunas personas sí se mostraron solidarias -empáticas, se dice ahora-, llamándolos para preguntarles cómo estaban y ofreciéndoles ayuda, algún trámite o mandado. Muy pocas en comparación, pero indispensables en aquellos cercanos días, puntualizó ‘Vicky’, que entiende que el miedo y la ignorancia fueron el combustible de todo ese destrato (pocas combinaciones son tan explosivas), aunque saberlo no le alcanzó, ni le alcanza todavía hoy, para mitigar todo su dolor y su fastidio.

Hay que seguir viviendo y eso han hecho: volvieron a reír, llorar, soñar y luchar; cuando el mar negro de la pandemia calme su oleaje abrazarán y serán abrazados, mientras el paso del tiempo va borroneando las cicatrices, aunque tal vez no podrá hacerlas desaparecer.

Un año después, ‘Vicky’ sostiene que están bien. No obstante, “absolutamente nadie” de quienes los agredieron verbalmente, los trataron con el desprecio patente en cada gesto y hasta los acusaron de asesinos, les pidieron unas disculpas que acaso esperaban, pero que a esta altura ya no necesitan.

Chino Castro.

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