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miércoles, 07 de septiembre de 2022
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Una charla con Rodolfo Mederos, un hombre que sigue persiguiendo sonidos como un chico.

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Antes de su recital del viernes en un repleto auditorio de la Biblioteca Rivadavia, uno de los espectáculos más sensibles e impecables que se hayan visto en nuestra ciudad, Rodolfo Mederos charló en exclusiva con este diario.  

Junto a Armando de la Vega en guitarra y Sergio Rivas en contrabajo, abordó una selección de tangos de la ‘vieja guardia’, convocado por la Asociación Musical, que está cumpliendo sesenta años y que antes del concierto recibió su diploma por haber sido declarada por el Concejo Deliberante como Entidad de Interés Cultural Municipal.

En una canción, el célebre artista tocó con nuestro Rubén Exertier (fue su alumno) a dos bandoneones, y el auditorio casi se viene abajo.

Menotti dice que, en el fútbol, el futuro está en el pasado. ¿En el tango también?

-En todas las acciones de la vida. No hay ningún futuro sin una memoria del pasado. Para dar el segundo paso tengo que tener memoria de cuál fue el primero. Si no, no puedo dar el segundo, o en todo caso no sé para dónde voy.

No se lo digo, pero hay una frase de Hugo Mujica que quizá le guste más, con la que el poeta remata uno de sus bellos poemas breves: ‘quien no sabe dónde ir /no tiene dónde volver’. O acaso una de Matsuo Basho, el padre del haiku: ‘no sigas las huellas de los antiguos /busca lo que ellos buscaron’.

En declaraciones al programa radial Sin Fronteras, dijiste que te da “placer estar en oposición con el mercado de consumo”. ¿Cómo ejercés esa oposición?

(Sonríe). -No sólo placer, eso parece medio hedónico: lo que me produce es una fortificación de mi ideología. Creo que es lo que tengo que hacer, con placer o sin él. No puedo hacerle el juego a un mecanismo perverso que distorsiona los gustos y destruye las memorias para finalmente terminar condicionando todas las decisiones, porque la gente ya no decide, decide la moda. Eso es una ideología. Ahora bien: es una pelea desigual, así como Estados Unidos tiene las armas, el mercado posee las armas de la difusión, la penetración. Si el objetivo de la persona es el aplauso, bueno, que se enamore del mercado y haga las cosas que el mercado quiere, por ahí hasta gana plata. Si no es eso lo que lo mueve, la pelea comienza ahí, y claro que es dura, porque el público en general también es, aunque no se dé cuenta, presa de esas costumbres, normas y dictámenes, entonces a veces aplaude cosas que no deberían ser aplaudidas, o no oye o no ve otras que debería. Hay como un adormecimiento de las sensibilidades y los mecanismos de percepción. ¿Cuánto ve, oye o huele una persona? ¿Sus sentidos básicos están funcionando, o están educados para otra cosa?

Como si hubiésemos sido cooptados por la cultura del entretenimiento.

-Sí claro. La música es eso: es relajante o entretiene, cuando no sería ninguna de las dos: debería ser un elemento inquietante, que pregunte más que responder. Si alguien luego de enfrentarse a cualquier hecho artístico verdadero queda igual, no ha servido eso. Tiene que haberse producido un cambio y una desestructuración, un planteo de algo. Ahí comienza algo interesante. Pero claro que es una tarea ciclópea, parecemos, qué sé yo, quijotescos… Pero bueno, a esta altura para qué voy a cambiar, si siempre he hecho esto, y lo entiendo así. (…) La vida está hecha para enfrentar dificultades. Demasiadas soluciones son sospechosas. El confort es un amigo de la superficialidad.

¿Cómo ha influido la tecnología en el proceso de composición y de producción?

-Qué pregunta interesante eh. Es una instancia, creo yo, que puede ser favorable o enemiga. Depende de quién la use y cómo. En tanto y en cuanto ejerce como un poder vertical, ‘soy la tecnología y yo decido’, no es saludable.

Como si la obra debiera encajar en un diseño tecnológico. Gustavo Cerati decía que la tecnología está muy bien puesta al servicio de una canción, pero si no hay canción no sirve.

-Sí claro. En cambio utilizada razonablemente, podría ser una herramienta interesante. Pero sí veo que cuando se puede lograr algo sin la tecnología me siento más potente, ¿sabés? Siento que no necesito depender de esas cosas, salvo que ellas dependan de mí y me aporten algo que requiero. Pero eso es un hecho de sinceridad de uno con uno, qué tan sincero es y qué tan claro tiene eso.

En la nota con Mario Cuevas para la radio local, que recién cité, también dijiste que  tocás para vos, que te tiene que gustar a vos.

-Sí. Con la esperanza de que les guste a otros, pero con la esperanza de que no guste a todos también. Es sospechoso si uno gusta mucho y a todos. Yo siempre pienso cuando me aplauden mucho ‘en qué me estaré equivocando’ (se ríe). Aunque parezca, dentro de lo gracioso, un poco despectivo. Muchas veces el aplauso viene porque hay un ethos que está reconocido, qué sé yo por qué. Hay una cantidad de costumbres y de protocolos. El aplauso genuino y sincero… La emoción tampoco necesitaría manifestarse a través del aplauso, esa es una convención occidental que está bien, pero a veces los ojos húmedos o el silencio suelen ser mucho más interesantes.

A cierta altura de la carrera de ciertos músicos, quizá en ocasiones se aplauda a Mederos, no necesariamente lo que está haciendo Mederos.

-Yo estoy terminando un artículo, sobre qué aplaude la gente. Cuando bajo de tocar siempre viene alguien y me saluda calurosamente, y me felicita, y en otra época -ahora no, por no frustrarme- preguntaba qué le gustó. Supongamos que hubiese terminando con La yumba, de Pugliese, entonces la respuesta puede ser: me gusta La yumba porque cuando la escucho recuerdo cuando me conocí con mi mujer. Lo cual está muy bien, pero si hubiese sido otro tango u otro el que tocaba, hubiera sido lo mismo. Es una opinión con ajenidad de lo que está ocurriendo, con una prisión desde lo emocional. Otra puede ser: me gusta porque recuerdo cuando lo tocaba Pugliese. Yo ahí no intervengo. Y la tercera es: me gusta cómo usted tocó ese tango. Por eso, qué aplaude la gente cuando aplaude, es algo inquietante.

Da miedo preguntar. Si van a salir con esas cosas, más vale no indagar mucho.

-Da miedo preguntar (risas).

¿Con quién te hubiera gustado tocar?

-Con Aníbal Troilo; con Bill Evans; con Camarón de la Isla, tal vez. Hay muchas músicas muy fundantes, muy fundamentales, no sé si porque tienen esa raigambre o por qué razón, pero a mí me son muy necesarias ¿sabés?, músicas que me hacen sentir humilde, y que hay una maravilla ahí, por descubrir.

Como quien se mira frente a una montaña, y eso le da la dimensión de lo que es.

-Sí, sí, sí. Por suerte en mi vida he tenido el privilegio y la suerte de tocar con enormes músicos, conocidos y no, ya eso no importa, de los cuales he aprendido cosas.

¿Sigue pasando?

-Sigue pasando, sigue pasando.

Con Troilo has pegado en el palo, supongo.

-Sí, pero no se dio. Estuve en la orquesta de Don Osvaldo (Pugliese) seis años; tocamos algunas veces con don Horacio Salgán.  Y yo creo que de todas esas prácticas y vivencias en esas épocas, treintañeras, recibí lo mejor. Creo que no sería el mismo sin no hubiese tenido esa experiencia.

¿Extrañás a esa gente y esa época?

-No no… La extrañeza… Están en mí ¿sabés? Adentro. Extrañar seria una cosa más melancólica. Ya está. En cada nota que toco está Osvaldo Ruggero, están don Osvaldo Pugliese y todos esos músicos. Conocidos y no conocidos. De músicos ignotos he recibido enseñanzas enormes. Sólo hay que estar despierto, atento, percibiendo y valorando estas cosas, maneras de tocar.

La música llegó a mí como creo que deben llegar las cosas verdaderas: de manera irracional. Yo hice racionalización de la música, empecé a estudiar bastante tardíamente, pero la música era un acontecimiento que me golpeaba desde siempre y muy profundamente. Yo escuchaba y hacía mis propios cálculos, teorías y evaluaciones, no necesitaba que un maestro me dijera. Me lo podía decir, pero yo lo sentía, no era nuevo. Después lo que hice fue un largo camino de reflexión, de incorporar un conocimiento, la teorización, el por qué ocurre, para qué, cómo se llama.

Lo sabías con el cuerpo, y lo que uno aprende con el cuerpo…

-Exactamente, es lo que verdaderamente aprende.

¿Te sigue pasando lo mismo cuando salís a tocar? Es toda una vida haciéndolo.

-Me entusiasmo cada vez más, porque sigo siendo un privilegiado de poder continuar haciendo música y conectarme con la gente desde ese lado ¿sabés? Es una manera de ser otros también, de que otros estén dentro de uno. Y cada vez, es una primera vez. Hoy, con mayor sentido de la economía. A veces uno cree que el músculo es signo de virilidad, pero qué sé yo… Yo creo que la música es otra cosa. No hay que utilizarla para demostrar lo que uno puede hacer. Y esto te entrena en el terreno de la humildad. Ahí uno empieza a descubrir esas cosas más elementales y fundamentales, y a esconder la exposición personal. Empieza a aparecer otro mecanismo, otra comprensión de las cosas, que se traslada a otros aspectos de la vida yo creo.

Mederos valora a sus padres, gente de laburo que supo estimularlo en su vínculo con la música, que es existencial. Luego, a los músicos y la gente, en general, con los que se cruzó en el camino, los ambientes que transitó. Toda una energía que, destaca, supo conducir, y que ha fraguado en una maravilla: que hoy se sienta “en plenitud”. “Podría haberme desviado, pero por suerte no lo hice, al menos desde mi perspectiva”.

Por ejemplo a la Biología (eso estudiaba). Pero entre esa gente que se cruzó estuvo Piazzolla, que te dijo que les dejaras la biología a los biólogos, que vos eras músico. Cuán fundamental habrá sido ese tipo en ese momento.

(Se ríe). -Eso fue en mi vida un nudo muy importante. Yo estaba con la Bilogía, pero te imaginás que es una disciplina más vale romántica, no es…

Ser contador público nacional.

-Claro, claro. Ni siquiera cirujano plástico, qué sé yo. La Biología es investigación, someterse a esa oscura zona de la pregunta y la búsqueda, del encuentro a veces. A mis veinte, la música era como una especie de contacto con, qué sé yo… Encontrarme con músicos y tocar era una especie de actividad irreal. Más allá de que también ganaba mis pesos, para que no resultara una carga para mis viejos. Pero la biología es una actividad a la que podría dedicarle toda otra vida, porque me permite entender el mundo desde otro lado. Yo siempre fui un preguntón: por qué las cosas son así, por qué esto cae. Y me di cuenta de que la música me lleva también a ese terreno. Y se impuso. No sólo porque Piazzolla intervino, de una manera intuitiva porque qué sabía lo que iba a pasar con mi vida, nos conocimos ahí, y sin embargo pasó eso que volcó la balanza hacia un lado, la inclinó y me precipité, y fue un viaje sin retorno. 

Y aún estás viajando, le digo a Rodolfo, que, minutitos después, desde un escenario convertido en una burbuja sensible en medio de la guerra que hay afuera, contará cuando el vecino le puso un bandoneón en el regazo, y el niño que era se entregó, poseído, a oprimir botones para perseguir sonidos, “los mismos que sigo buscando hoy”, confesará emocionado, un tipo de ochenta y dos que parece un pibe cazando mariposas che.

Chino Castro

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