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lunes, 29 de noviembre de 2021
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Brillaron la amistad y la familia en el Primer Encuentro de Motorhome

A pesar del viento, pero en el marco de dos hermosos días primaverales, más de 30 rodanteros dieron vida en la Laguna San Luis al primer encuentro local. Habrá otros y el grupo crecerá.

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Una jornada muy particular se vivió hoy en la Laguna San Luis, con el desarrollo del Primer Encuentro de Motorhome en Bolívar, al que concurrieron unos 30 vehículos y otras tantas familias para disfrutar del maravilloso espejo de agua local, que se ofrece desde hace unos tiempos como lugar recuperado del turismo lugareño.

El grupo de Rodanteros Bolívar es una creación bastante reciente, nacida de la idea de un par de amantes de este verdadero estilo de vida y que tiene en Eduardo Serra a unos de sus impulsores principales, muy bien acompañado por el incansable Matías Valentín quien es un “ladero” imprescindible.

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Desde ayer mismo comenzaron a congregarse en la zona de camping de la hermosa laguna bolivarense que, merced al trabajo de la Comisión Directiva del Club de Pesca Las Acollaradas y del Grupo de Amigos de la Laguna San Luis, luce ahora en inmejorables condiciones, con sanitarios impecables, una forestación envidiable y una higiene y prolijidad que llama a la admiración. Algunos de los participantes pasaron la noche del sábado en sus casas (algunas de ellas verdaderamente hermosas y sumamente confortables) y otros cuantos arribaron muy temprano en la mañana de hoy, para llenar del delicioso olor a asado el domingo sanluiseño y prolongar la sobremesa hasta cualquier hora, renuentes a abandonar un momento buscado, elegido, diríase mágico.

La vida del rodantero es decididamente muy particular. Signada por la búsqueda de lugares únicos, que sólo pueden disfrutarse cuando hay vocación por el descubrimiento y el tiempo, ese bien humano tan escaso, es un capital cuidado como un tesoro. El rodanteo valora su tiempo, lo utiliza para sí y para sus amigos, porque este es otro signo de esta “especie”: la amistad no se negocia entre ellos.

Ayer San Luis fue testigo de todo ello. En cada escala realizada por el cronista de este medio en cada uno de los campamentos allí organizados, pudo observar lo mismo, ese clima de camaradería tan particular, esa corriente de afecto entre ellos que debe nacer, se nos ocurre, de un hilo invisible que los comunica, que los transforma en individuos de una misma tribu.

Y también la familia, claro está. Ese refugio tan nuestro, tan amorosa y genuinamente humano, resalta entre ellos con rasgos inconfundibles. Donde hay un rodantero hay familia y por eso hay niños, privilegiados niños que aprenden a vivir y a respetar la naturaleza y que, por eso, seguramente serán hombres y mujeres más felices.

Quien haya pasado hoy por la Laguna San Luis simplemente con ojos curiosos, seguramente habrá retornado contagiado. Posiblemente se transforme en alguien que, a futuro, “se ponga su casa a cuestas” y salga a recorrer caminos y mientras tanto lo sueñe, que también es una forma de vivirlo.

APLAUSOS PARA SAN LUIS

Lo dijimos más arriba, en el inicio de esta crónica. La Laguna San Luis es hoy una de las maravillas que ofrece Bolívar. Lo es gracias al sueño y al trabajo desinteresado de “un puñado de locos” que afrontaron lo imposible. Que comenzaron apilando piedras para recuperar una compuerta rota por las incomprensibles políticas argentinas, que siguieron amontonando piedras a mano hasta mover nada menos que 300.000 kilos de ellas y entonces, el agua que alguna vez se fue tristemente por el arroyo Vallimanca comenzó a quedarse. La laguna, ese viejo e histórico bañado (así fue definido por autoridades hidráulicas) que enseñó a pescar y a vivir al aire libre a generaciones enteras de bolivarenses, revivió. Es que con agua hay vida. Hay pesca, hay actividades náuticas, al camping, hay gente que la disfruta.

Se nos ocurre que es tiempo de que la política se ponga los pantalones largos y haga lo que tiene que hacer. Que los hombres de la política salgan a reconocer públicamente lo que aplauden en privado. Que se brinde el apoyo que corresponde para que no haya que trasladar, de nuevo, 300.000 kilos de piedra a mano. Estos “locos” lo volverán a hacer, si hace falta. Pero no sería justo.

Víctor Agustín Cabreros

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