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domingo, 18 de julio de 2021
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Bolívar y sus sitios: “La cuadra”, por Luciano Carballo Laveglia

Columna de Arq. Luciano Carballo Laveglia.

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La cuadra es la infancia, la infancia FUE en la cuadra.

Entiendo el período de la infancia el que comprende la etapa de la escuela primaria, año más o año menos, ni la niñez, ni la pre o adolescencia.

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Esa etapa en donde todo lo podemos, en donde todo lo soñamos, en donde todo lo imaginamos, en donde todo lo vamos descubriendo.

Para los que ya tenemos más de 40 quizás las cosas de la infancia pasaron por lugares similares, por eso estas líneas se pueden traspolar a otros sitios y a situaciones similares.

Para algunos, como en mi caso será la cuadra, para otros la plaza, para otros más el terreno baldío de…, o la casa abandonada de tal otro o la esquina, y en menor medida el patio de un amigo. Pero en definitiva todos teníamos un lugar común en donde encontrarnos y pasar largas horas, hasta que la nochecita (ahora se dice tarde-noche) nos encontraba sentados en el cordón de la vereda, elucubrando quien sabe que fantasías que tal vez nunca tuvieron su fin, pero que nos llevaban a soñar mientras dormíamos.

Como dice Eduardo Sacheri, “A veces sospecho que una infancia dichosa es una carga, un pecado brutal e imperdonable, porque el asunto es después cuando te mirás y te convencés de que ya no somos un chico y se acabó el tiempo legendario que andabas por ahí fundando el mundo…”

Mi infancia fue una cuadra y esa a su vez tenía un epicentro y ese epicentro tenía lugares concéntricos.

Esa cuadra fue, es y será la del Club Empleados, la de la calle Rafael Hernández entre Olavarría y Av. Lavalle.

Y no eran más que esos 100 metros de cada lado y que afortunadamente hoy, después de 45 años, está casi parecida.

Comenzaba en la esquina de la Flia. Méndez, pasaba por el taller-casa de Armando Giambelluca y luego todo el Club Empleados.

De la vereda de enfrente, la peluquería de “Quitín” Díaz, el peluquero de la policía, los Bacigaluppo, la familia Cobos, con Vilma y Elba sentadas en el banco, la familia Tamborenea y terminaba en la esquina con el viejo edificio del diario “La Mañana”. Y no mucho más.

Eran 100 metros en donde cabía todo, cuando digo todo es todo, amores, desamores, desencuentros, amistades, peleas, triunfos, alegrías….

A veces nos animábamos y nos alejábamos un poco, pero no mucho.

Media cuadra para atrás, hasta lo de Tabolaro para hacer deberes o comer torta de chocolate que nos hacía Elsa, para un costado, a lo Mastroiacovo, para que Susana nos preparara ricas milanesas de pollo caseras con papas y batatas fritas.

Cruzábamos la calle para ir la despensa “La Popular” de Antonio D’Aloia y Titina, que siempre nos atendía con buen humor y cariño por algunas galletitas. Hasta que la Negrita Giambelluca puso el quiosco San-Mar y monopolizó las golosinas en la cuadra. Por último, a veces doblábamos por la Lavalle para ir a cambiar revistas a la bicicletería de “Cacho” Belén.

Y ahí pasaba nuestra vida, desde el mediodía hasta la nochecita.

Pero el lugar de resguardo y nuestro lugar “en el mundo” era el Club Empleados.

Ahí aprendimos a jugar a las bochas con el flaco Bontempo y Celestino Sarraúa.

Ahí aprendimos a jugar a la pelota a paleta con José Lerga y el “Cholo” Mastogiovani.

Ahí aprendimos a jugar al ajedrez con el “Chimi” Arballo y Raulito Moriones, y un personaje que era un viajante que le decíamos “Apipe”.

Ahí aprendimos a jugar al casín, cuando nos dejaban, con el “Pato” Payeras y el “Cabezón” Margonari, ya que para nosotros estaba vedado ese juego y solo podíamos acceder a la mesa de carambolas.

Ahí también tiramos unos guantes con Armando Codesal y Luis Figueroa.

Pero el epicentro era el ALBIRROJO, el gimnasio de básquet.

Era llegar al club y caminar, primero por la cantina, luego ya apurábamos el paso por la cancha de paleta, no sin antes chusmear quien estaba jugando tras las rejas y cuando sentíamos el olor particular que desprendía el gimnasio y el ruido de las pelotas picando en el piso no podíamos dejar de correr esos metros del pasillo hasta llegar.

Ahí estaban “Pepe” Deleonardis en su cabina de sonido, “Don Manuel” con su lampazo con kerosene y Jorge Humberto Deleonardis esperándonos para darnos básquet. Punto aparte, alguna vez un buen homenaje para Jorge sería que ese gimnasio, el albirrojo, lleve su nombre.

Pero no solo aprendimos básquet, sino todo lo que se podía y nos ofrecía esa magnífica institución, aprendimos a ser compañeros, a trabajar en equipo, la disciplina y la solidaridad.

Y en ese club y en esa cuadra trascurrió mi infancia y la de muchos de nosotros.

Y el día de hoy, cuando doblo por esa cuadra me vienen las imágenes y sensaciones de aquella época.

Porque como dice la canción “Uno siempre vuelve a los viejos sitios en donde amo la vida…”.

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