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miércoles, 02 de junio de 2021
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Aníbal, amigo del viento, en el Día de la Aviación Civil en Argentina

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En el Día de la Aviación Civil en Argentina encontramos en Bolívar a una persona que, con su propia vida puesta al servicio del vuelo, homenajea a cada instante la actividad. Se trata de Aníbal Urruty, quien con más de 3500 horas de vuelo en su haber ya se trata de che con las nubes, que parecen recibirlo cada vez como a un buen amigo, diríase un compañero de aventuras.

Con la cordialidad de siempre, de la que este diario es beneficiario desde hace años,  nos recibió en su estación de servicio Las Cavas, sobre la ruta 226. Compartimos un café y nos deleitamos con un diálogo  que, al menos para este cronista, sirvió para la admiración.

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Aníbal comenzó a volar a los 17 años en planeador y durante 51 años ha seguido volando en forma ininterrumpida. “Soy uno de los pocos que puedo decir que no he cortado nunca la actividad y eso es un alegría porque quiere decir que estoy bien, siempre me dio el psicofísico, que es un requisito para poder volar sin necesidad de recurrir a un piloto de seguridad”, dice.

En el año 1972 se recibió de piloto en el viejo Aero Club, que estaba emplazado a pocos metros de lugar de la entrevista, pero sobre la mano contraria. Su instructor fue “el Flaco Ané” y más tarde “el Petiso Iragüen”, que fue comandante de Aerolíneas Argentinas y allí se jubiló. Los recuerda Aníbal con indisimulable agradecimiento.

COMO NACE UNA PASION

“De muy chiquito yo dibujaba aviones y cuando crecí Tiche Butti, que es primo hermano mío, comenzó a llevarme con él a Planeadores. El era piloto de planeador y fumigador y fue quien hizo que “me picara el bichito”, así que comencé con el vuelo a vela. Pero cuando hice el curso y comencé a volar a motor no lo dejé más. Incluso en la comisión del Aero Club ya perdí la cuenta de las veces que fui presidente, secretario, tesorero. Hace años que estoy y no lo dejaré más”.

 

El piloto de planeador y el de avión a motor, ¿tienen la misma búsqueda? Porque está claro que el primero quizás tiene una finalidad recreativa y deportiva…

“Es lo mismo. Todo comienza por una cuestión recreativa, de hobbie. Pero de allí se salta a la parte comercial. Porque primero sos piloto civil, luego comercial, más tarde piloto por instrumentos hasta que llegás a la TLA, que sos piloto de línea. Pero todo nace en un aero club. El aero club es el semillero y por eso son tan importantes, sobre todo en comunidades como la nuestra. No hay que acordarse del Aero Club cuando viene una inundación, cuando hay un traslado sanitario. El club siempre está y tiene una finalidad muy importante para cumplir”.

 

A propósito de la actuación solidaria que siempre les cabe a los pilotos, recordamos muchas actuaciones de ellos y especialmente de nuestro entrevistado en innumerables oportunidades cuando fueron requeridos. Las inundaciones, recurrentes en nuestro distrito, los han visto volar para llevar provisiones a pobladores rurales aislados por las aguas, prestar sus máquinas, su tiempo y su disposición para recorridas aéreas que permitieron planificar defensas. Las mismas máquinas y el mismo tiempo y riesgo han sido útiles para traslados sanitarios complejos, históricos algunos de ellos y que no viene al caso recordar ahora. Pero quizás sea este punto de acción, el solidario, el que termina dándole mejor sentido a la actividad del vuelo que, con la excusa del Día de la Aviación Civil, nos permitimos marcar como un espacio al que hay que valorar todos los días.

“Siempre he estado al servicio de Defensa Civil y personalmente he hecho cientos de vuelos. Y lo seguimos haciendo, incluso, desde el apoyo. Hace pocos días vino un helicóptero de la Policía Federal a Bolívar por un traslado sanitario y allí estuvimos ayudando en la provisión de combustible, la señalización, etc. Lo fundamental de esto no es la actuación personal de uno u otro piloto sino la función que cumplen los aero clubes”, explica Aníbal Urruty.

 

¿La pandemia ha generado complicaciones en el desarrollo de la aviación civil?

“Si, muy serias complicaciones. Tuvimos veda de vuelo absoluta desde el 19 de marzo hasta el 25 de mayo. Después comenzamos con los vuelos de readaptación y ahora están permitiendo la actividad de las escuelas. Pero esto en el interior de la provincia. Lo que es AMBA todavía está todo paralizado”. Si esta problemática subsiste, señala Urruty, “se va a notar dentro de un tiempo en la falta de pilotos, aunque hoy se está haciendo mucho por simulador, que sirve muchísimo; pero no es lo mismo. Siempre hay que sentarse en un avioncito y pilotearlo aunque algún día vayas a recibirte de astronauta”.

En este punto es importante señalar que el Aero Club Bolívar está abierto y brindando instrucción a 4 aspirantes a piloto civil, una buena noticia para quienes quieran acercarse por cualquier tipo de consulta.

 

Has piloteado todos los aviones que hay en Bolívar. ¿Cuál es tu preferido?

“Empecé con el Pipper PA 11 que es el alma mater de todo piloto. Incluso algunos que están volando Lear Jet, en un día libre se van a volar un PA11. Es un avión distinto, experimentás un vuelo diferente, con instrumental básico, se pone en marcha con la mano. Es más artesanal.

Son aviones modelo 40 y pico y siguen volando”.

 

Le tenés mucha fe al avión…

“Si. El avión es muy fiel. Yo viajo más tranquilo en un avión que en el auto. Por seguridad, por todo. Hay gente que cree que porque te despegás del piso estás inseguro; pero es el medio de transporte más seguro del mundo. El 99 por ciento de los errores son humanos. Existe la falla mecánica, que puede ocurrir, pero la experiencia y el entrenamiento puede superarla”.

 

EL ABUELO HELICOPTERISTA

Aníbal tenía una materia pendiente y la rindió con suficiencia hace tres años. Ya jubilado y ganándose el mote de “el abuelo” en Helicópteros Baires, la escuela donde hizo el curso correspondiente y obtuvo la calificación de piloto de helicópteros, transformándose en el primer helicopterista bolivarense.

“Me entusiasmé con Cicaré (la fábrica de helicópteros de Saladillo). Un día fui a visitar la fábrica, me sentaron en el simulador, que es un helicóptero fijado al suelo, no virtual. Me gustó mucho y terminé haciendo negocio con Cicaré. Compré un helicóptero que nunca retiré y que allí quedará seguramente para la venta. Ocurre que el Cicaré es un muy buen helicóptero pero es un ultraliviano. Cuando empecé el curso el instructor me aconsejó en el sentido de que iba a evitar algunas limitaciones si compraba un Robinson 22, un bi plaza. Más tarde me enteré que en Usuhaia vendían un Robinson 44 (cuatro plazas) que una empresa de allí utilizaba para vuelos de avistaje y bautismos. Cuando llegan los cruceros en el verano, los usan para llevar turistas. Así que hice negocio y lo fuimos a buscar en un vuelo de línea y lo trajimos volando desde Usuhaia. Fueron 14 horas de vuelo haciendo escalas y pernoctando en algunos lugares. Una experiencia hermosa”, narra entusiasmado Aníbal.

Cuenta que tuvo que acostumbrarse a otra forma de volar “incluso evitar algunos vicios adquiridos de mi actividad como piloto de avión”. Lo cierto también es que, inmediatamente, puso su nave una vez más a disposición de Defensa Civil y que disfruta del momento en compañía de su familia. Ramiro, su hijo, también se transformó el helicopterista.  Por eso es dable ver, en el cielo de Bolívar, a esa hermosa nave que cambió de color del rojo y blanco al azul y amarillo, que llama tanto la atención y obliga a mirar hacia arriba.

Se entusiasma cuando le preguntamos si algún nieto suyo continuará la dinastía de pilotos Urruty. “El mayor ya llega a los pedales”, anuncia, sabiendo que en poco tiempo más tendrá al mejor de los instructores a su servicio.

Desde su quinta, donde se emplazó un helipuerto junto a los hangares, en un lugar que respira y transpira aviación, saldremos un día de estos a dar una vuelta en helicóptero, aceptando su gentil invitación. Iremos a disfrutar de ese living panorámico bajo el pilotaje de Aníbal. Tranquilos, relajados, seguros. Estaremos en manos del mejor. VAC

 

 

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