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viernes, 24 de septiembre de 2021
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Al gran Chango argentino salud

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Escribe: Mario Cuevas.

El Chango Farías Gómez es ése que nos abrió la cabeza cuando arremetió contra los molinos de viento del fundamentalismo sonoro que desde la música pregona la pureza absoluta de sonido, como si la música y los instrumentos fuesen impolutos, cómo si la guitarra no descendiese de los moros, la zamba no tuviese parte de raíz europea; la quena no fuese originaria de los Andes peruanos y el bombo no luciese con orgullo sus antepasados africanos.

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Desde sus inicios, con los Huanca-Huá y el grupo Vocal Argentino,  revolvió el avispero, molestando a propios y extraños. Los Huanca-Huá, que además del Chango, contaba entre sus integrantes a su hermana Marián y su hermano Pedro, Juanca Tavera y Hernán Figueroa Reyes (en diferentes épocas), irrumpieron en 1960 siendo revelación en Cosquín. La utilización de novedosos arreglos vocales, utilizando fonemas y onomatopeyas, dieron luego pie a al florecimiento de grupos vocales de la talla del Cuarteto Zupay, Opus Cuatro y Los Trovadores.

“Cuando venía esa andanada yo no podía entender cómo los folkloristas y folklorólogos podían ser tan cerrados – contaba el Chango – Ahí, con veinticuatro años, descubro esa forma estigmatizada de pensar. Si vos sos folklorista tenés que ser un campeón de chupar vino y comer empanadas, si sos tanguero tenés que usar bisoñé, si sos rockero tenés que tener pelo largo y usar arito. Todo eso no tiene nada que ver con la música. Simplifica, confunde. Yo soy músico y toco música popular. Cuando explico un poco más para que sepan qué toco, me terminan diciendo que soy folklorista, inmediatamente les aclaro: ¡No, yo soy músico!”

A pesar de ser pianista en sus inicios y luego guitarrista y bajista, Farías Gómez se aficionó al bombo. Cuando realizó los arreglos de percusión para la “Misa Criolla” (1964) y fue intérprete de la percusión en la primera grabación de la misma  junto a Los Fronterizos, colgó varios bombos de un soporte, creando una especie de batería criolla, casi una herejía para la mirada de la época. 

Corrido por la Triple A, se exilió en Francia y España en 1976. Antes de irse alcanzó a grabar, a instancias de su hermano Pedro y junto a su hermana “Marián + Chango”, con el aporte del pianista Manolo Juárez, otro irreverente de la música popular. El álbum se editó en 1977 en Francia y apareció en 1981 en nuestro país. Las revisiones de ‘Chacarera de un triste’, de los hermanos Simón y de ‘Vidala para mi sombra’, de Julio Espinosa, dieron pie para que se acentúe la llamada ‘proyección folklórica’, término muy en boga en esos días para denominar lo que hacían los artistas que buscaban caminos nuevos para crear e interpretar folklore.

Ya en nuestro país, el Chango recibió una inquietud de Manolo Juárez: los dueños de un teatro en San Telmo, a la vuelta de su casa, vivían invitándolo a tocar. Así nació “Contraflor al resto” (1982), espectáculo realizado junto a su hermana Marián y Juárez, con versiones renovadas de temas del Cuchi Leguizamón, y de ‘Chacarera sin segunda’ de Juárez y ‘María va’ de Tarragó Ros. Basado en el show, se publicó un disco que junto a “Mercedes Sosa en Argentina”, cautivaron los oídos vírgenes de la audiencia joven y rockera argentina. En esos días de efervescencia, sonaban con fuerza el rock argentino, la nueva trova cubana, cantautores (Piero y Víctor Heredia); y ahí también estaba el Chango con su apertura folklórica, entreverándose con los aires nuevos de la apertura democrática.

Tres años después nacía MPA (Músicos Populares Argentinos), grupo con el que profundizó su objetivo de liberar al folklore de una visión anquilosada. Cómo no lograrlo con la calidad de sus integrantes: un duende de la flauta (Mono Izarrualde); una cantante excelsa y angelical (Verónica Condomí); un músico integral y compositor de estirpe (Peteco Carabajal) y una promesa que se truncó trágicamente (Jacinto Piedra). MPA parió dos obras para la posteridad,  de permanente consulta a la hora de repasar interpretaciones de alto nivel con arreglos imaginativos.  A este abordaje, se le sumaba la inclusión de sintetizadores, batería y guitarra eléctrica, que le daban una impronta renovadora al sonido del grupo. “Nadie más que nadie” (1985), contiene la antológica ‘Te voy a contar un sueño’ de Jacinto Piedra; y ‘Como pájaros en el aire’, ‘Digo la Mazamorra’ de Peteco Carabajal. “Antes de que cante el gallo” (1987), con la participación de Lito Vitale y Luis Gurevich en teclados, cuenta con perlas como ‘La canción del brujito’, de Peteco, ‘Maturana’, el clásico del Cuchi, que hizo clásico el Chango; y ‘Don Sixto Palavecino’ (de León Gieco), con un insuperable arreglo de voces.

Un párrafo aparte para su cálido vozarrón, su búsqueda musical insaciable y su estampa de peronista impenitente (fue funcionario en el período 1989-1992 y legislador entre 2003 y 2007), con la que opinaba con vehemencia: “Acá muchos aplauden a Lula, pero le dan con un caño a Hugo Moyano. Es una cosa que a mí me vuelve loco. Los negritos brasileños son todos hermosos y acá son negros de mierda. Nuestra música está hecha en su gran mayoría con instrumentos de origen europeo como el bandoneón, el violín, la guitarra. El bombo es africano. Pero con eso hicimos algo muy importante: música nuestra. Indagar, investigar y desarrollar con mi mirada sobre esa obra es lo que me apasionó toda la vida.”

En 1996 Farías Gómez formó el grupo La Manija y graba “Rompiendo la red”, grabación que muestra las nuevas ‘locuras’ del Chango: incorpora  aires flamencos en la cueca ‘El Pajarillo’, mixtura ‘Alfonsina y el mar’ con ‘Tomara’ de Antonio Carlos Jobim; o ‘Chacarera santiagueña’ con un ritmo afro-cubano; y realiza un cierre antológico con la milonga ‘Los ejes de mi carreta’ devenida en guajira y el Mono Izarrualde haciendo de las suyas.

“Chango sin arreglo” (2003) es su última grabación. El sobre interno del disco incluye una jugosa anécdota que hace referencia al espectáculo de su regreso al país: “En el verano de 1983 estábamos con mi hermana Marián y Manolo Juárez en Mar del Plata presentando ‘Contraflor al resto’. Mi hermana se lo había encontrado esa tarde a Don Ata y lo invitó al show, al que asistió. Después de la función, nos invitó a Marián y a mí a comer puchero a un conocido restaurante. Nosotros lo conocíamos desde nuestra infancia. Y aunque había presenciado el espectáculo, con todo lo que eso significa, no le exigimos una opinión sobre lo que había visto. Entonces él, como para cerrar el tema y observando que yo le ponía mostaza al puchero, hizo este comentario: ‘M’hijito, lo que pasa es que ustedes, los Farías Gómez, son los únicos capaces de ponerle mostaza al asado y que no se pierda el gusto….”

“Chango sin arreglo” se transformó sin quererlo en su último opus y se torna en un cita imprescindible a la hora de escuchar un dueto ahora histórico con la Negra Sosa en ‘Canción del obraje’; y dos canciones que ahora que el Chango se fue, cobran un nuevo significado: ‘Debajo del sauce solo’, la hermosa zamba de Manuel Castilla y Rolando Valladares; y especialmente ‘París, junio de 1978’ , con música suya y letra de Alicia Crest: “Quiero contarte una historia, no encuentro palabras y vuelvo a empezar / todo da vueltas y vueltas no encuentro palabras y vuelvo a empezar / por eso tralaleo, que es un modo de pintar los besos claros del alma y el amor salvaje de mi soledad…”

Y sí… siempre permanecerán en nuestros corazones eso ecos, los de su vozarrón, los de sus armonías, los de su amor a nuestra tierra a través de su música. Salud Chango…

 

 

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