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sábado, 21 de agosto de 2021
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A 130 años del nacimiento del autor de la “pinacoteca de los pobres”

Marcelo T. de Alvear, Nelson Rockefeller y Walt Disney fueron sus admiradores. Pintó con humor y “de memoria” al hombre de campo y sus costumbres y es considerado el artista plástico más popular de Argentina.

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Hoy, 21 de agosto, se cumplen 130 años del nacimiento del artista plástico más popular de la Argentina, Florencio Molina Campos, aquel que se atrevió a sacar su pintura del lienzo y ponerla a disposición del público en soportes masivos y no tradicionales, como sus legendarios almanaques, que se transformaron en la “pinacoteca de los pobres”.

Por una generosa disposición de la familia del pintor, titular además de los derechos de autor, La Mañana enriquece hoy su edición con detalles de su biografía y algunas de las célebres pinturas de Molina Campos.

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BIOGRAFIA

Aunque su obra invita a imaginarlo como un hombre de campo, Florencio Molina Campos fue el arquetipo del porteño. Nació el 21 de agosto de 1891 en una casa en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. Descendiente de familias ilustres, estancieros y militares que dejaron su impronta en la historia del país, estudió en los más prestigiosos colegios de la época, el Lasalle, el Salvador y, por supuesto, el Nacional Buenos Aires.

Si bien se conservan unas cuantas fotografías en las que se lo puede ver con pilchas camperas, son más las que lo muestran con pinta de dandi, con traje, sombrero, bastón y polainas, fumando grandes habanos, pintando o escuchando sus discos de música clásica en su antigua vitrola.

Este hombre tan urbano pintó el campo de memoria. Lo tenía metido en las retinas y en el alma desde muy chico, cuando pasaba sus vacaciones en las estancias de la familia en los Pagos del Tuyú y en Entre Ríos. Durante una temporada larga de lluvias, Florencio y sus ocho hermanos debieron quedarse encerrados y aburridos adentro de las casas. Entonces, como forma de pasar el tiempo, Florencio se dedicó a hacer pequeñas maquetas en las que reproducía las estancias y también realizó los primeros dibujos en los que mostraba a los paisanos haciendo todas esas cosas que podía observar de cerca cuando no llovía y que en aquellos días tormentosos probablemente extrañaba.

Ese mundo confortable se derrumbó con la muerte de su padre en 1907. Por necesidad, trabajó en distintas reparticiones públicas y empezó a pintar cada vez con más frecuencia recordando los días felices de la infancia en el campo. Pese a las adversidades, se mantuvo en su medio social: fundó una consignataria de hacienda con amigos (con oficinas en la calle Florida), fue socio de la Sociedad Rural y se casó con María Hortensia Palacios Avellaneda, descendiente como él de tradicionales familias argentinas, con quien tuvo a su única hija Hortensia Molina, más conocida como “Pelusa”.

Sin embargo, la vida no le sonreía. Desafortunado en los negocios y desafortunado en el amor, se fue a trabajar una finca de quebrachales en el Chaco Santiagueño propiedad de la familia de su esposa. Ahí sintió en el cuerpo la dureza del trabajo rural. Vivió junto a su hermano Juan Ángel en un rancho de adobe sin ninguna de las comodidades de las que había disfrutado hasta el momento, rodeado por bichos de toda índole, talando el monte y lavando los platos. Esas vivencias, entreveradas con los recuerdos de la infancia, reafirmaron el respeto que sentía por los paisanos y por su trabajo, sentimiento que impregnó todos sus cuadros.

La del Chaco fue una experiencia áspera y así quedaron sus manos después del paso por los quebrachales. De vuelta en Buenos Aires, otra vez las tareas de oficina como salida económica y otra vez los pinceles como recurso del alma. Ya no sólo se dedicó a pintar sino a escribir breves relatos criollos que publicó el diario La Prensa. Hasta que el 21 de agosto de 1926, el día en que cumplía 35 años, alentado por sus amigos, expuso públicamente sus pinturas por primera vez, abarrotadas una junto a otra, en un pequeño stand que montó en La Rural de Palermo.

En aquella primera exposición en la Rural el pintor conoció al entonces presidente Marcelo T. de Alvear que se convirtió en un gran admirador y en uno de sus mentores. Promovió las primeras exposiciones del pintor en el extranjero y lo nombró profesor de dibujo en el Colegio Nicolás Avellaneda, en donde enseñó durante 18 años.

En esos primeros años le costaba reconocerse como artista y también le era esquivo el reconocimiento de sus pares, por lo que fue un acierto elegir como escenario de su primera muestra, el galpón central de la Rural de Palermo a la que asistía un público muy afín a la temática de sus obras.

En 1927, en una muestra realizada en Mar del Plata, conoció a la mujer que lo acompañaría toda su vida, Elvira Ponce Aguirre, una maestra mendocina que provenía también de una familia de alcurnia, pero que supo adaptarse a las distintas circunstancias que les tocó vivir. Florencio y Elvira no volvieron a verse hasta comienzos de 1932, en que se encontraron por azar en la Confitería del Águila. En el país no existía la ley de divorcio y a mediados de ese mismo año se casaron en Uruguay y luego reafirmaron su matrimonio en Estados Unidos en 1937 en una iglesia que aceptaba el divorcio.

Los almanaques constituyeron un hito en la historia publicitaria de la Argentina y del mundo. Debido al suceso provocado por la obra de Molina Campos, en 1935 la firma imprimió en los sobres en los que entregaba los calendarios una leyenda que decía: “Este calendario es una obra de arte y por lo tanto será de aquí algunos años de mucho valor; cuídelo no doblándolo de ningún modo.” Los almanaques constituyeron su obra más difundida, y sobre ellos se dijo que eran “la pinacoteca de los pobres”.

Molina Campos nunca hizo fortuna. En dos oportunidades al menos pudo haber contado con mecenas importantes, Walt Disney y Nelson Rockefeller, y en las dos ocasiones declinó por principios. Con Disney rescindió el contrato y a Rockefeller se negó a pintarle cuadros de cowboys porque no lograba captar su esencia y consideraba que sería “estafarlo”. Pese a la negativa o tal vez por ella, Nelson Rockefeller integró el “Club Molina Campos”, creado en Washington en 1952, que reunía a los admiradores del artista.

Por su carisma, Molina Campos se convirtió en esos años en que vivió en Estados Unidos en una suerte de embajador cultural argentino. Se lo puede ver en fotos de la época junto a Charles Chaplin, Bob Hope, Rita Hayworth, Rachmaninov y hasta enseñándole a bailar el malambo a Fred Astaire.

Pero sin duda el hito publicitario fueron los almanaques. Alpargatas y MinneápolisMoline (empresa de maquinaria agrícola norteamericana que realizó almanaques con sus pinturas entre 1944 y 1958) editaron millones de ejemplares que no sólo se distribuían en sus países de origen, sino que enviaban a todo el mundo. Las hojas de almanaque estaban colgadas en lugar preferencial en los hogares argentinos, en las pulperías y los almacenes de ramos generales.

También fue un precursor en lo que hoy se conoce como productos de merchandising. Hizo reproducciones, naipes, rompecabezas (Londres, 1931) telas para camisas (Estados Unidos, 1949), postales, y planeaba hacer vajilla de cerámica en serie, bajo el nombre “Cerámica de Los Estribos” (dos estribos entrelazados eran la marca ganadera de su familia, con la que él “marcó” a los caballos de sus cuadros).

Florencio Molina Campos murió el 16 de noviembre de 1959. Aunque muchos de suS proyectos quedaron inconclusos, supo dejar su impronta en la vida y el arte argentino.

Las artes plásticas no son de consumo popular; Molina Campos sí. Su obra entró en cada hogar argentino a través de los almanaques de Alpargatas y pasó a integrar la historia familiar. Porque Molina Campos, lejos de ridiculizar a sus personajes, los trató con gran cariño y respeto, y también con humor. Sus cuadros provocan casi siempre una sonrisa en el observador.

Alguna vez le preguntaron por qué la gente de campo no se ofendía al verse retratada en sus obras, y él dijo: “es muy sencillo. El que mira el cuadro nunca se ve a sí mismo sino a un amigo o conocido. Y eso, claro, le hace gracia…”. Fuente: Molina Campos Ediciones, www.molinacampos.net  Fotos: ©GGM y FFMC

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