18 de mayo de 2026
En el debut de Severo Arcángelo, 'Leo' y 'el reloj' nos dieron la hora.
por
Chino Castro
Leandro 'Leo' Curutchet tiene más de cincuenta años y unos cuarenta y piquito como cantante, pero quizá muy pocas veces cantó como el viernes en el debut de Severo Arcángelo, con el corazón en la mano y las emociones de toda una vida empujando en cada palabra de esos textos que son también suyos. Si hasta lograron sacarle la gorra y casi no hubo aullidos (¿le apretaría mucho?), pero sí una voz poderosa y pregnante, todo lo que el hard rock requiere para ganar su partido, siempre por demolición, como los mejores boxeadores.
Claro que el ex Misery y actual La Destilada Evolution se buscó unos lugartenientes que bueno bueno para un plan así: Nicolás Holgado en guitarra, el que siempre se luce con velocidad, precisión, matices y buen gusto, pero recordando que hay una canción en la que encuadrarse; Bruno Irastorza en el bajo y 'Lolo' Blandamuro en la batería, una base que podría sostener el vuelo de un halcón. Juntos fueron un relojito de poder y exactitud, por eso quienes estuvimos allí podríamos decir, como la volanta de estas líneas, que 'Leo' y 'el reloj' nos dieron la hora. La hora del rock. (Hubo una gran banda llamada El Reloj, ¿hace falta aclararlo?)
Fachada fue la primera canción ejecutada en una noche de material propio, textos de Curutchet y músicas de todos. Enseguida el cuarteto, que es un power trío con un cantante, despachó Paredes, inspirada en los diálogos del vocalista con su hija, Lucía, que, por lo que dice el título y como siempre sucede en toda relación que se precie de sana, no resultan un inalterable manantial de concordia. 'Leo' aclaró que no puede cantar Lucía, de Serrat, porque se emociona, entonces escribió Paredes: "Una vez le pregunté a 'Lu' qué tenía que hacer para ser mejor papá". "Nada pá, sé feliz", me respondió". Al mencionarlo, el cantante tuvo que contener el llanto, mientras delante de su mic resplandecía el retrato del rostro de su hija que alguien alguna vez dibujó, y que desde entonces lo acompaña en todos los escenarios.
El debut de Severo era de las fechas más esperadas del año en Casa Negra, y el cuarteto cumplió con creces. Palo y a la bolsa, menos es más, como se dice en el ámbito de la poesía pero podría ser pertinente hasta para la vida misma. Si Jorgito Godoy es un socio óptimo para Curutchet, Holgado demostró el viernes que también puede serlo, y ni hablar 'Nico' con los otros dos, que ya son familia en varios colectivos artísticos que comparten hace años.
El setlist avanzó con Claroscuro; Tendré tus ojos, dedicada "a alguien", y Quimera, que habla de los cambios de piel.
El espíritu de Robert Johnson, un negro sagrado del blues, copó la atmósfera en algún momento de la gélida noche, hirviente en Las Heras 250. Fue cuando el grupo ofreció una pieza dedicada a él, el Robert Blues. Antes, 'Leo' recordó que, según se cuenta, Johnson era un mediocre guitarrista de Mississippi, hasta que hizo un pacto con el diablo y volvió convertido en un genio.
Hubo sólo dos versiones, este es un proyecto justamente pensado por Curutchet y los muchachos para laburar material propio, una suerte de taller donde armar diseños. Severo tiene aroma a Sabbath y Purple, bandas que podrían quedarse tranquilas si en algún lugar del mundo han dejado herederos así, tan lejos de Birmingham y Hertford, pero esos efluvios conocidos lucen 'cortados' con algo propio, que seguramente continuarán explorando y puliendo. Esos covers fueron Iron Man, de Black Sabbath, y Fire, de Jimi Hendrix.
Y punto final, todos pipones de rock y guiso, porque hay que destacar que el menú especial que la casa ofreció para la ocasión fue un guisazo de lentejas que, antes de que sonara el primer acorde, ya nos alineó en calorías con la incandescencia típica del hard rock.
Aunque habían tocado en el festival por Rodrigo Pisano hace unos meses en el Centro Cívico, lo del viernes califica como la primera vez de Severo Arcángelo, el kilómetro cero del proyecto. Y resultó un debut en el que largaron la piña en nuestra dirección. O, como observó un amigo con alguna suerte de simpaticona dislexia rockera, fue una patada en la piña.
Las caras chochas de todo el mundo han de haber sido el mejor regalo para Severo, ese germen que escapó de un libro de Leopoldo Marechal y se metamorfoseó en una bestia rockera. Ese gesto de plenitud típico de un recital que salió bien, el viernes a la medianoche se resumía en el radiante rostro de Delia González, alma mater de Casa Negra y compañera de vida de Curutchet, quien de tanta satisfacción parecía sonreír con un diente más, el molar número treinta y tres, uno arriba de las treinta y dos piezas dentales "reglamentarias" de toda sonrisa ideal.
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