9 de mayo de 2026

ENTREVISTA

ENTREVISTA. Un cable a tierra hecho de palabras

Dialogamos con César Terrera, escritor.

por
Chino Castro

César Norberto Terrera se reencontró con la escritura de grande, muchos años después de aquella niñez en la que enviaba cartas a la revista Billiken.

El tiempo de las esquelas quedó atrás, y nació para él una nueva época, en la que, a partir de anécdotas en las que revisa y comparte su vida, fue drenando, sanando y cicatrizando, como quien se quita capas de piel vieja para que nazca una nueva, más luminosa.

En su nuevo libro, Mi segundo cortocircuito emocional, Terrera vuelve sobre su vida pero se adentra con mayor firmeza en la ficción, algo a lo que apenas se había asomado en el primero, Mi cortocircuito emocional. Seguramente gracias al grupo de escritores que integra, que lo fue dotando de herramientas nuevas para él, para ir moldeándose como autor (también consulta videos, escucha a escritores). En ambos, el autor repasa episodios de su vida y vuelve sobre sus años como bombero voluntario y docente en contextos de encierro, hoy al frente de un curso de electricidad y de otro de mantenimiento de edificios en la unidad penitenciaria de Urdampilleta, como miembro del Centro de Formación Profesional 402 de Olavarría. En el primero también incorpora algunos relatos sobre sus años como miembro del Grupo Scout.

Justamente la cárcel de Urdampilleta fue el ámbito en el que comenzó a cultivar -o a rescatar de algún rincón de su alma- el ejercicio de escribir, que, bien mirado, no es otra cosa que jugar con palabras.

Quien lo hace en serio -y nada tan serio hay como jugar-, escribe un libro. Este 'juego' empezó a finales de 2024. A César le quedaba un 'hueco' entre horas, desde las 11.15 de la mañana a las 2 de la tarde, y un buen día decidió que en vez de regresar a Bolívar era mejor quedarse e invertir ese tiempo en ponerse a tejer con palabras. A punto tal que sólo escribe ahí, en su notebook, en la soledad del aula. Así comenzó todo para él en la ruta del escritor, la que más le gusta transitar hoy.


Mi segundo cortocircuito emocional, el volumen que nos ocupa acá, vio la luz por Proyecto Pampa, la editorial de Miguel Gargiulo que ya ha lanzado en pocos años una docena de obras de autores vernáculos. Son casi ciento cincuenta páginas de anécdotas y relatos, con pinceladas de ficción, y siempre en una rigurosa primera persona, dice que no le sale hacerlo de otro modo. Terrera abre su corazón y suelta, por lo que al recorrer estas páginas lo primero que hallaremos es honestidad. Como veremos más adelante, Gargiulo es una suerte de padrino para él, porque lo impulsó a 'tirarse a la pileta' y le tuteló el proyecto de publicar, mientras que su madrina vendría a ser Ana Zentrigen, docente de Literatura que fue una de sus primeras lectoras, lo estimuló para que elaborara un libro y hasta le regaló la foto de portada de su obra debut.

Estos días Terrera llevó su libro a las bibliotecas de la ciudad, donde se halla disponible. También hay ejemplares en Mundo Gurí y él mismo tiene para vender. El valor es de 20 mil pesos. No ha habido, ni quizá vaya a haber, un acto de presentación formal de la obra, su autor lo prefiere así (al primero lo presentó en la Biblioteca Rivadavia).

Estación Casciari

¿Leés, como una suerte de insumo para ponerte a escribir?

-Leo, sí, pero no soy un muy buen lector. Hernán Casciari me impulsó a contar cosas, empecé a leer sus cuentos y me estimuló. Me encantan sus textos, y yo intento ir en su dirección. Siempre busco que el final deje alguna enseñanza, y que sea inesperado, no lineal. A él lo descubrí en una charla TED, ya que llevo charlas para que mis alumnos vean. Así lo conocí, me dio curiosidad y me gustó su forma de escribir.

Cuando empezó a escribir, le daba pudor decir que lo hacía. Se puso a elaborar literariamente anécdotas que siempre había contado y que su compañera, por ejemplo, sabía de memoria, pero no fue ella la persona a la que primero mostró sus nuevos textos, sino una de sus hermanas. "Hasta que un día me encuentro en la vereda con mi vecina, Anita Zentrigen. Charlando, me animé a pedirle una manito, me ofreció guiarme y entonces le mandé algunos de los relatos que había escrito", recordó. Tal parece que a la tal Zentrigen le gustó tanto lo que leyó, que la devolución vino con una sugerencia, casi a modo de regalo: elaborate un libro, César querido, dale que podés. "Y además Anita, que también es ilustradora, me dijo que ya tenía en mente la tapa de la futura obra -es la ilustración de portada de Mi cortocircuito emocional-, y que me la iba a regalar", recordó.

Terrera durante la entrevista con este diario.

Le contó todo esto a su mujer, y a la mañana siguiente ella misma le sugirió el título de la obra, que es el que terminó quedando. "Por eso yo digo que ellas dos se complotaron para darme tal vez el último empujoncito que me faltaba para lanzarme", completó César.

Finalmente, la ficha que faltaba tiene nombre y apellido: Miguel Ángel Gargiulo. Cuando Terrera lo fue a ver, todo se encaminó hacia un final feliz, y así es como el exbombero ya tiene dos libros en las calles de su amada ciudad. "Me abrió las puertas, se entusiasmó conmigo, le mandé mis textos, me dijo que le habían encantado ("me habrá mentido", se ríe), y me ayudó con la corrección, la maquetación y la impresión", enumeró.

Mi segundo cortocircuito emocional es una continuidad de Mi cortocircuito emocional, pero fue tramado con otro nivel de madurez como escritor. El primero fue, metafóricamente, "un vómito", prácticamente como cayó, quedó. Pero le sirvió para "sanar, sacar cosas" de su propia mochila sensitiva e ir curándose, o, cuanto menos, aliviándose. Cosas de su niñez, su adolescencia y después. Ahora Terrera embala hacia su tercer libro, para el que ya tiene once anécdotas pre horneadas y sobre el que nada adelanta, por ahora, sólo por ahora.

¿Finalmente pudiste saber, ahora que pasaron unos años, por qué escribís?

-Escribía muchas cartas, pero muchas, cuando era chico, tenía 9, 10 años. A la revista Billiken, donde había un apartado para escribir y relacionarte con otros pibes, de nuestro país o de afuera. Escribía y esperaba, hasta que llegó un momento en que no pude seguir, por lo económico, cuando murió papá.

Era algo pendiente, entonces...

-Pero estaba totalmente convencido de que nunca iba a poder escribir. Yo no soy verborrágico, cuando escribo busco sinónimos, no tengo un vocabulario muy amplio. Escribo como hablo, con las pocas palabras que tengo. Pero Miguel (Gargiulo) me decía que está bien, que es una manera de hacerlo. Lo bueno es que todo el mundo entiende todo lo que escribo (se ríe).

Pero me preguntaste por qué escribo: empecé para ocupar el tiempo, pero después me di cuenta de algo: escribía y escribía en ese lugar solitario, y lloraba horrores: ahí comprendí que iba descargando cosas que me pasaron y nunca me animé a contarle a nadie (al decirlo, César vuelve a emocionarse). Entonces un día mi hermana más chica, a quien le mandaba mis escritos, me dijo que estaba conociéndome a través de esos textos. Es decir que si eso pasaba, es porque en mi vida ocurrieron cosas que nunca conté, no supe cómo. Eso me motivó más a seguir sacando cosas que tenía guardadas, si bien sé que hay otras que todavía no me da para contar. Pero también sé que de a poco lo iré soltando... Es decir que a tu familia le ha de servir también tu escritura, para conocerte.

De otro modo no te atreverías a abrir tu corazón así, y seguramente eso contribuye a unirlos de otro modo.

-Sí, claro, es así eso.


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