1 de marzo de 2026
Durante unos 40 años, Justo Marino Jaureguiberry atendió a su clientela con esmero y buena mano para la cocina. Su matambre arrollado quizás no haya podido ser superado aún. Mucho menos su calidez humana.
Hay acontecimientos en la vida de los pueblos a los que hay que darle su justa dimensión. Es que nuestras pequeñas comunidades se hacen grandes cuando los actores de la misma, silenciosamente casi siempre, le ponen a su hacer un sentido de trascendencia que genera una sumatoria social en esa dirección, la de reforzar identidades pueblerinas, rescatar retazos de nuestra historia y mantener vivo el recuerdo de valores enraizados en corazones humanos.
Eso mismo acaba de suceder con la refacción de una vieja edificación local, de más de 100 años de antigüedad, emplazada en la esquina de Edison y General Paz. Allí funcionó, desde los primeros años de la década del 60 hasta el 2005, el emblemático bar "El Tropezón", donde reinaba el vasco Marino Jaureguiberry luego de haber dejado la concesión de la cantina de la vieja Terminal de Ómnibus, que por entonces funcionaba en el edificio ubicado justo en frente, donde hoy está la Guardería Municipal.
El Tropezón fue refugio de parroquianos habituales y muchos ocasionales, entre ellos algunos "viajantes de comercio", como se les llamaba por entonces a quienes venían a Bolívar a levantar pedidos o hacer entregas de mercaderías que llegaban desde distintos puntos del país, especialmente por supuesto de la Capital Federal. Se tejieron allí innumerables historias que forman parte de un anecdotario que ya no le pertenece al viejo bar, sino al pueblo mismo. Y en todas ellas, o en la mayoría, aparece la figura de ese vasco gaucho, de hablar pausado y reflexivo, cargado de sentencias, y de fuerte apretón de manos que recordaban sus épocas de hachero devenido en bolichero. Y muy cerca suyo, claro, su esposa, a quien no en vano sus padres bautizaron Luz.
Pero esa esquina, además, tiene otros antecedentes de uso. Fue morada del intendente Fernández, donde tenía su escribanía, y hasta hay datos que indican que una escuela utilizó esos salones hace muchos años.
Lo cierto es que el paso del tiempo y la poderosa muerte hicieron su trabajo y esa esquina corría riesgo de desaparición. Por suerte Marino y Luz dejaron una descendencia en tres mujeres que hacen honor al humilde postulado del encabezamiento de esta nota. Entre ellas Marina, la hija mayor, quien primero tuvo la generosa idea de comprarle a sus padres esa propiedad como una forma de asegurarles el mejor pasar de la vejez, y luego de poner manos a la obra en su restauración que este 2 de marzo, día del aniversario número 148 de la ciudad, quedará concluida. Una especie de símbolo perfecto que enlaza amor familiar, respeto por el pasado y apuesta al futuro. Eso mismo que, decíamos, hace crecer a los pueblos, nada menos.
La fachada del edificio, merced al trabajo de la ingeniera Miriam Muñoyerro y del arquitecto Matías Martínez Muñoyerro, respetó casi sin alteraciones su estructura de siempre. Allí está su antigua entrada en ochava, sus molduras que son toda una obra de arte y hasta la vereda incluye ladrillones centenarios recuperados durante las labores de construcción.
El interior necesitó más cambios. Porque el piso de pinotea debió ser cambiado, lo mismo que el cielorraso. Pero esas tablas, debidamente trabajadas, forman parte ahora de un entrepiso que amplía la capacidad del salón y hasta de la escalera por la que se accede al mismo.
"Han sido unos 8 meses de trabajo durante los cuales hemos recibido mucho afecto de la gente", dijo a La Mañana Marina Jureguiberry en un afectuoso diálogo mantenido este domingo. "Y nos hemos visto sorprendidos por mucha gente que espontáneamente se fue acercando para dejarnos sus propios recuerdos. Algunos hasta con lágrimas a la hora de recordar a nuestros padres", resumió satisfecha de saber que ha sido ésta la mejor forma de recuperarlos y alejarlos de la muerte definitiva, que es el olvido.
El local quedará ahora a disposición de quien quiera alquilarlo para alojar allí su comercio o emprendimiento. Sabrá, quien así lo haga, que llega a un lugar bendecido por valores de amor al trabajo y honradez que, seguramente, seguirán abrigados entre esas paredes.
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