21 de junio de 2020
Por el Dr. Felipe Martínez Pérez
Lo bueno que tiene el oficio de político es que les permite violar las leyes o normativas que ellos han sancionado que las han creado los de su palo. O como decía Gila ir a la guerra para matar tranquilos sin que te lleven a la cárcel. Tal el caso parecido o compatible, y sin ir muy lejos, que aquellos que no han realizado test en tres meses, te confinan y amedrentan a cada rato, y son curiosamente los que de forma altanera se saltan el confinamiento en la misma cara de los confinados. O sea, que se pasan el quédense en sus casas por donde les place, a la vez que se suben a los aviones con enormes comitivas sin barbijos ni PCR a visitar los amigos de camino; total son dioses, pero son patéticos. Pero cuando se arma salen rajando a casita por las dudas a ver al médico del cual no se han acordado en tres meses.
Actúan como en antiguos tiempos, atenidos al dicho siguiente, que le endosaban a los curas, hagan lo que yo digo pero no lo que yo hago. Por supuesto, no saben que la cuarentena es para los enfermos y en consecuencia hay que buscarlos y enviar a trabajar a los sanos. Claro, que para eso hay que hacer las cosas bien desde el primer día, en vez de estar expropiando el alma y el bolsillo a la entera sociedad. Y mientras se falta el respeto a esa sociedad asustada, ellos andan a sus anchas, llevando a cabo su calendario de maniobras, sin ponerse a pensar si pasan por la dignidad o por la indignidad. Paro sucede desgraciadamente, que esa sociedad - la argentina - viene enfrentada desde hace rato, pongamos por caso, desde que cuatro jodidos buscaron troskos por un lado y enfrente montoneros recién confesados para que se mataran a conciencia y a terceros con estrellas, pero cuidando que no cayeran quienes debían quedar, que son los que hoy están.
En la movida entraron los militares y al cabo se cargaron cerca de diez mil habitantes que pensaban, a pesar que andaban desmadrados y muchos que nada tenían que ver.
Y ese enfrentamiento muy bien aderezado ha llegado con gran fervor a nuestros días; hasta formar parte del alimento cotidiano. Y acontece, que en muchas familias no se pueden reunir a comer sus integrantes. Y los que revuelven semejante estiércol, para decirlo suave, cobran sus buenas rupias. Que romper, hoy en día se paga mejor que construir. La España de los asesinos y golpistas es un libro abierto de lo peor. Se usa enarbolar consignas perimidas o nos enfrentan con los próceres y no tanto, o sacan de los sucios pliegues de la manga barbaridades educativas.
Y donde te descuidas, los encuentras homenajeando a Moreno, cuando para esta caterva de hueros la historia comienza puteando a Rivadavia; al que nunca han entendido. Pero al grano, cuando durante años siembras enfrentamientos, conduce a que unos se crean superiores a otros, o el virus lo han traído los ricos, en plural, ellos que fabrican pobres en cadena como Ford fabrica autos. O como el otro día, con el asunto del miedo al virus en un ambiente ya de por si retorcido. En un Banco entre las palmeras a una “adulta mayor de alto riesgo” le dio por meterse por la abertura no estipulada y un joven bancario, con excesivo pavor o puro encono, le grita con cajas destempladas de mal educado o de jodido a secas ¡Adonde va, nos quiere contagiar! Es tan bochornoso, que los gritos como mandobles, casi se los perdono, o lo dejo de lado, porque es público, lo atareados que andan con varios turnos diarios para desterrar las colas y la gente deje el teléfono para pedir turno y orear su propio dinero. O sea, que el bancario gilipollas es un malvado a chorro, porque eso no se dice a nadie pero sobre todo a un mayor. Un pobre tipo, pues es de suponer tiene madre y abuela; porque se usa en todo el mundo.
Este es el resultado de los enfrentamientos y envenenamientos diarios porque se les ocurre a cuatro personajillos de escuálido intelecto que están muy bien agarrados a las ubres del Estado. La señora mayor puede estar o no contagiada, dada la ausencia de test, por lo tanto, debería cuestionar a las autoridades que no se han ocupado ni de la vieja ni del joven, que es, a la sazón, el bancario apuntado. De manera que con test o sin ellos, pero SÍ con barbijo, el contagiado es él; al menos de humana miseria. Pero no para ahí la cosa del envenenamiento y la pandemia. Como es de público conocimiento no he dejado de trabajar ningún día desde la confinación. Porque así lo he querido porque soy médico, y porque me puedo desplazar por donde sea con los papeles en el bolsillo que los tengo o con nada, porque cualquiera sabe quién soy. Bueno, no trabajé el Viernes Santo, pues forma parte de mi cultura, y sobre todo porque es lo mínimo que puede hacer un agnóstico.
Pero al otro grano o forúnculo. Resulta que una señora hace muchísimos días andaba buscando un médico que no encontraba y otra, le dice, Martínez Pérez está atendiendo “Y no le da vergüenza estar trabajando”. Parece joda pero no es joda. O sea, que debo avergonzarme por trabajar. A continuación le decía a mi paciente, que la susodicha sería camporita, pero la señora calló. Si lo decía por la chorrada de los viejos, el alto riesgo y la vulnerabilidad, pues debería felicitarme por el riesgo de un paciente tras otro en el consultorio, y a su vez gritarle al desgobierno que los test para cuando. Y si lo decía por viejo choto, pues señora soy más joven que muchos jóvenes. Que la juventud está en el hacer cotidiano, no en salir a correr; y debería ver aquella película de cuando Argentina tenía cine, “Los jóvenes viejos” que es más actual hoy que en los sesenta.
Es por la continuación de la reparación de la rotura del caño troncal ubicada sobre avenida Fabrés García.