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    COLUMNISTA

    De esto y aquello

    Nota 1005 (3ª Época) Por el Dr. Felipe Martínez Pérez

    feb. 19, 2012 19:40

    en Opinión

    Se han creído los políticos que asfaltar las calles de sus ciudades es la obra para salir en la foto, cuando la lógica dice que habría que sacar de circulación las fotos de quienes no asfaltaron. Se han creído que proveer de agua potable o de cloacas a los barrios periféricos es una obra que los enorgullece. Y no es así. Debería enorgullecerlos la gestión de hacerlo viable, puesto que no hay que olvidar que el pavimento lo paga el de la puerta, y las cloacas las paga el que las usa, y el agua corriente la paga el que la bebe, y el gas lo paga quien lo enciende, y con creces. En consecuencia, como los aledaños no les interesa a las famosas empresas públicas, es de rigor sea el municipio quien se haga cargo del asunto. La gestión del político que se precie pasa por dotar de la infraestructura correspondiente a distintas zonas urbanas y suburbanas; y a partir de ahí construir y ahí sí, dar las ventajas correspondientes para quien ya vive o quiera asentarse.

    Se trata de diseñar un proyecto con cierto arte. No ir asentándose donde a alguien se le da por lotear. Las ventajas, que si corren por cuenta del municipio pasarían por las cuotas, que nada es gratis y todo tiene precio, porque alguien o muchos, terminan pagándolo. Por lo tanto poca gracia tiene salir en la foto con tres escrituras en la mano o dando la primera palada. De todas maneras el actual ya tiene para entretenerse con reasfaltar la cantidad que resulta de multiplicar las catorce por catorce cuadras de que está formado el casco urbano. Creo es el número. O sea, el pueblo entero. Mal no estaría que con otras municipalidades del entorno compraran la máquina pavimentadora o como se llame, que lo hace en horas porque en horas se vuelve a transitar; como en Europa, claro. Que lo deja lisito y no emparcha y cada equis tiempo hay que hacerlo otra vez, y así se da trabajo, por otra parte. E ir pasándola -la máquina- cada veinte o treinta días de un pueblo a otro. Esto es proyecto. Y el aplauso debería venir y estentóreo si fueran capaces de asfaltar un kilómetro por día las carreteras circundantes, pero esto es harina de otro costal. Un costal nacional o provincial.

    Porque personalmente y ya lo he escrito en múltiples oportunidades se trata de cambiar la cara de Bolívar en su totalidad y que no lo reconozca la madre que lo parió. Vuelvo a decirlo. Se trata de grandes cosas, además de las pequeñas, que, ciertamente, a veces son muy importantes. Pero se trata de hacer volar la imaginación. Es decir de tener ideas capaces de ser llevadas a cabo. Cuando en la columna anterior hablaba del frigorífico que quedó en la nada luego de varios años de comisiones; de la misma manera que a las alrededor de veinte empresas que han querido instalarse en los últimos cuarenta años se les dio portazo. Valga de ejemplo la empresa dueña de la leche que a esta altura forma parte del emporio del dueño de la leche del mundo. El intendente anterior, al último, o sea, el famoso administrador ni siquiera atendió a los ejecutivos y el actual les tira la leche de los camiones. Era lógico que lo que se iba a instalar en Bolívar se instalará en Trenque Lauquen y ahí sigue, a la vera del camino. Me decía un camionero, tiene Usted que ver la belleza de la planta cuando en una noche de luna se la ve brillar a lo lejos. Mi camionero es poeta, que le vamos a hacer.

    Sin embargo, no saben ocuparse de otra cosa que del hospital, que es justamente de lo que no saben. Y viene de lejos. Desde aquel intendente que hace ya casi cuarenta años supimos conseguir maestro en el arte de enfrentar, y al cual solo se le cayó una idea que ni siquiera era de él, pero le gustó, como le mandaban los amigos de La Plata: el hospital. Un hospital que era provincial y sub-zonal. Pero nada, a municipalizar, que en este caso es lo mismo que privatizar. Pues bien, tengo el orgullo de ser el único bolivarense que se opuso y claro, quedó afuera, y sin ninguna algarada de la población. Pero ya escribía en aquel tiempo y en este mismo diario, que ninguno que le sucediera lo iba a volver a su sitio correspondiente. No deja de ser la salud una de las más viles herramientas políticas. Porque se esfuerzan por si fuera poco en hacer mal todo. Y últimamente con trasfondos tan traídos de los pelos que no se le ocurren ni al que asó la manteca.

    Siempre me he preguntado por qué esa afición al hospital cuando podrían ocuparse en otras aficiones, con la cantidad que hay. Y claro, me contesto que algo escondido debe haber, para que a todos les interese. ¡Hala! A salvar al prójimo. Aunque, a estas alturas, ya tan cascoteado no creo en los altruismos porque son flores hace tiempo agostadas. Además no está de demás recordar que el hospital, éste o cualquiera, es una máquina con unos engranajes perfectos cuyo lubricante está dado por el hecho importante de que cada cual cumpla con su rol y los ajenos se metan lo indispensable. Es decir casi nada. Y para el casi, siempre es preferible un ministro a un intendente. Y no porque el primero sepa más, que el meridiano del saber no pasa por los políticos, sino porque no se mete donde no lo llaman. Por ende se trata de mirar a lo lejos de una buena vez y proyectar obras concretas de largo aliento. Y me temo que faltan hasta las intenciones para llevar a Bolívar a ocupar un puesto que lo haga viable en los próximos años. Muchas de las obras necesarias las he volcado en columnas pasadas. He de volver sobre ello y ellas.