Le dije que sí casi sin pensarlo. Hacía tiempo que el Turco Serafín no me invitaba a acompañarlo en sus viajes y me pareció antipático negarme. Al fin y al cabo, en más de una oportunidad le había pedido por favor que lo hiciera y él nunca me saltó. Así que el martes, tempranito, me pasó a buscar en el camión jaula y salimos a la ruta por la General Paz.
Ya la he dicho que estoy viviendo en Santos Lugares, muy cerquita del santuario de la virgen de Lourdes. En realidad, entre Tropezón y Lourdes, pegadito a las vías del ex ferrocarril Urquiza. Ocupo una casita de madera muy linda, que antes fue depósito de herramientas de los ferroviarios y que, como yo fui del gremio, me la prestan. Está sanita y es muy fresca tanto en verano como en invierno, de modo que allí me quedaré hasta que me la pidan.
Pero lo que le quería contar era otra cosa. Tiene que ver con el viaje que hicimos con el Turco Serafín. El Turco trabaja para una empresa de fleteros de hacienda general que también tiene un frigorífico en la zona de Caseros y tenía que llegar a un campo del partido de Guaminí a cargar unos novillos gordos con destino, precisamente, al frigorífico.
Algo me pareció raro cuando pasamos por Cañuelas. Había mucha gente al costado de la ruta, un Someca mal parado en la banquina y algunas banderas argentinas atadas a las columnas de alumbrado. Nos miraron pasar con caras preocupadas pero nada más. Un gordito más engrasado que el 1516 en el que viajábamos levantó la mano tal vez en señal de saludo y desembocamos en la recta que lleva a Lobos. Allí sí se complicó el asunto. El morocho petiso que se nos cruzó en la ruta nos preguntó hacia dónde íbamos y el Turco, que algo sabía de lo que estaba pasando, le mintió. "A Bolívar", le dijo. "Le vendí el camión a un amigo que tengo allá y se lo voy a llevar", continuó con la mentira.
"Macanudo, respondió el Negro (así le decían). Pero te aviso que si por ahí se te ocurre volver con el camión cargado de gordos, por acá no vas a poder pasar. Y si es cierto que vas a Bolívar, preguntá por Alzueta, que es amigo mío y él te va a aconsejar bien".
Seguimos viaje en silencio. A mi se me cruzaron muchas ideas, sobre todo porque Alzueta es un apellido que conozco y, según mis cuentas, los Alzueta son unos cuantos. No sé a cuál de ellos se refería pero si teníamos que buscar a alguno de ellos yo podía ser de utilidad.
En Saladillo un rubio con cara de almacenero nos trató de maravillas. Nos pidió por favor que colaboremos, que no se nos ocurra traer hacienda gorda de vuelta porque "el paro se está cumpliendo al pie de la letra y nosotros acá estamos para garantizar que así sea". Palabras más o menos. "Ustedes van vacíos y pueden seguir, pero ya saben cómo es la cosa. No nos traigan problemas, porque todos estamos del mismo lado. Sigan nomás".
El Turco se deschavó. Me contó la cuestión del paro del campo y que a él lo habían mandado a buscar hacienda para favorecerse con el precio. "Como casi no va a haber gordos, los pocos que haya van a valer mucho, don Justo, no sé si me entiende".
¿Y para qué me trajiste a mi?, pregunté.
"Porque usted conoce los caminos de tierra de la zona de Bolívar, donde me han dicho que la cosa se puede poner más difícil. Si logramos pasar hay 500 para usted, don Justo, que es como otra jubilación más y le va a venir bien".
Reconozco que los 500 prometidos me entusiasmaron, pero la verdad es que no sabía bien en lo que me estaba metiendo. Cuando llegamos a la rotonda de Bolívar, le juro que yo me quedé sentado en el camión. No me bajé porque me daba un poco de vergüenza. El Turco sí lo hizo. Dejó el camión estacionado al lado de una casilla de chapa ubicada bajo unos sauces bastante nuevos y se fue a conversar con los que estaban en el cruce. Un petisito medio rubión se había puesto un delantal azul y cocinaba vaya a saber qué cosa en una especie de tambor de miel acostado, con una garrafa celeste apoyada en el suelo. Un camión atravesado servía para sombra, mientras su presunto dueño, un flaco desgarbado y peinado con un cuete, se escarbaba los dientes con la punta del cuchillo.
Más allá, un grupito de mujeres -algunas de ellas bastante buenas mozas para mi gusto- mateaban y hablaban todas a la vez, sentadas en unas sillas de camping, mientras un gordo grandote y con cara de muñeco de esos que se fabricaban antes, esos que tenían los pómulos bien marcados ¿se acuerdan?, estaba solo, parado sobre la ruta y hablando por teléfono.
Habían construido un techo con una tela que creo que le llaman media sombra y allí abajo se amontonaban unas 30 ó 40 personas alrededor de un tipo bien vestido, de unos 50 años más o menos, que hablaba y hablaba sin parar.
Me puse a mirar las caras y alcancé a descubrir, por los rasgos, a gente conocida. Si bien eran todos más jóvenes que yo, me parece que a algunos de ellos los reconocí. Uno de ellos, seguro, es el hijo de un chacarero de la zona de Urdampilleta al que todavía le debo unos libros que me pagó anticipado y que nunca le entregué porque quebró la editorial allá por el 70.
El viejito canoso que fumaba sentado en el guardabarros de una camioneta, me parece que fue dueño de una parrillita en La Plata donde muchas veces comí sin pagar y el que hablaba y hablaba sin parar, al fin era uno que vende quesos al lado de la Librería Del Globo y que, la última vez que estuve en Bolívar, me dio a probar su mercadería casi sin conocerme y resultó ser la única comida que tuve ese día.
Cuando el Turco volvió al camión para seguir viaje, le dije que esperara un poco. Me comentó que iba a ser imposible pasar cargados de vuelta y que había que rodear la rotonda por algún lado, de modo que casi podía dar por seguro que me ganaba los 500.
No dije nada y me bajé del Mercedes. Agarré mi bolso y caminé hacia la estación de servicio que está a unos 200 metros. Allí me quedé hasta que un misionero cargado con madera me regresó hasta Cañuelas, donde el gordito engrasado me convidó con un asado reseco que devoré con muchas ganas.
Aunque nadie lo sepa, yo creo que me asocié al paro del campo. Me perdí unos 500 que me hubiesen venido bien; pero me parece que es lo que han hecho todos los que están de acuerdo con la medida. ¿O no?
Escribe: Justiniano Fuente