No es fácil, dados los vaivenes que sufren en la actualidad algunos términos, hacerse cargo de la definición de nación. Porque a esta altura de los acontecimientos, qué es aquello que desde hace tiempo ha dado en llamarse nación y qué significado tiene a la luz de las atomizaciones y desguace del pensamiento que en estos asuntos de gran calado sobresale hoy. Y hasta que punto acompañan al término aquella vivificadora jerarquía y ciertos valores que le otorgaban tanta sustancia merecida. Baste decir que por los años sesenta en el país existía muy acrecentado un sentimiento de conciencia e identidad nacional, y por sobre todo se discutía sobre él para mejor definirlo. Sin embargo, en los tiempos actuales de tanta relatividad para lo que conviene no queda ni conciencia y mucho menos síntomas de identidad. Otro tanto pasa por el mundo.
No falta el individuo mermado de seso que asegura que la nación pasa por el meridiano de caracteres físicos que, por otra parte, los tira al ruedo, como facetados de una vez y para siempre. Para otros ha caído el asunto tan bajo que se cree que es algo peregrino, que no sabe si duerme o se halla en vigilia pero que le permite, llegado el caso, obtener un pasaporte. De manera que si el primero poco aporta el segundo al menos podría tener una vaguísima conciencia de que algo hay constituido y que por lo menos le sirve para tramitar documentos. Que, por lo demás solo la nación te los puede dar. Pero en definitiva una cuestión magra y sin enjundia alguna.
Porque la nación es mucho más. Para empezar, y ahí se halla lo grande y curioso, es una elaboración colectiva. En consecuencia es algo que han hecho desde inmemorial las generaciones que se han sucedido. Es un trabajo. Una empresa colectiva. Una faena protagonizada por seres humanos que, a su vez, se han dado un espacio geográfico en el cual moran. Al fin y al cabo, un pasado que pesa; y que dependiendo de la valía de su presente, pisará fuerte en el mundo o vegetará caída en el olvido. O peor aún, sometida. Sin embargo, siempre se han de encontrar datos objetivos que aseguren un pasado a pesar de que en forma aviesa se lo pretenda tergiversar.
En realidad, se lo quiera ver o tapar, la Argentina posee rasgos precisos que acuden al momento de definirla como nación. Lineamientos generales y singulares que la enriquecen. Los que llegan vía España y dan lugar a un mestizaje con los pueblos que si bien no eran originarios, habían llegado primero por el otro océano. A ello hay que sumar la riqueza de la diversidad de los hombres y mujeres que llegan con sus ancestros en el momento que Argentina necesita mano de obra que los criollos no pueden atender. Un mestizaje genético, en alto grado valorable, pues, lo que por aquí encuentran los recién llegados son personas. Y no es poca cosa dados los tiempos que corrían. Pero singularmente se asiste a un mestizaje que se aúpa a las coordenadas culturales que trae España y marcará pautas en el lenguaje, religión y costumbres ancestrales que serán base y vertebración de la nueva andadura.
Es decir que los habitantes de esta latitud austral cuentan -en toda América, por lo demás- con una historia de valía, enriquecedora en cuanto acude a la memoria un pasado enriquecedor. Se trata, sin ninguna duda, de una dimensión que aunque no se la quiera ver, está ahí, dada su magnífica dimensión. E incluso, como el ser nacional siempre remite a una patria, se puede columbrar que tal espíritu se lo atisba volandero desde el principio de las revoluciones o como quiera se las llame, que en definitiva son un desprendimiento de madre, y los grandes valores y los que no lo son quedan adheridos a ese pasado que la conforma. En 1810 de patria hablan las dos líneas que al cabo definen el sentido de lo que vendrá. Moreno y Saavedra dan lugar a una salida de acendrados kilates, más allá que se adhiera a una línea u otra.
Y si bien es cierto, mirado a vuelo de pájaro, que la línea de Mayo se pierde a poco andar, en ningún momento queda al margen el sentimiento de patria y mucho menos el de nación que se trata de no perder mientras se delimitan fronteras y Estado, gracias a la fecunda desmesura de sus próceres. En el fragor de las controversias no decae el sentimiento que anima la nación. Por eso causa pavor la mirada huera y sin sentido de algunos personajillos cuando se asoman a la historia y la miran con anteojeras dando términos absolutos a conceptos unilaterales, cuando el meridiano de la verdad es que no se puede tirar por la borda la riqueza de la totalidad de la diversidad. Ni Argentina ni América es indígena -por decirlo con las palabras acostumbradas- sino que se imbrican en su momento los unos a los otros en la vertiente de la cultura, de la misma manera que tampoco lo es totalmente adscripta a los últimos en llegar.
Sin embargo, son éstos quienes darán las pautas de lo que devendrá nación, en la medida de la sumatoria histórica. Por lo demás esta línea modeladora en ningún momento deja a un lado a la otra. Será después, cuando ya naciones -incluida ésta- quienes mandan no cuenten con ellos, olvidando que también son habitantes de la misma nación y con la misma jerarquía humana. No entro ahora en el tremendo problema económico o social donde las partes se aúnan para no llegar. Por lo tanto seguir hablando de indios en vez de usar el término de argentinos, está señalando que no piensan en la riqueza de la diversidad, y sólo pretenden usarla en los momentos innecesarios para ahondar y atizar enfrentamientos, como herramienta con que atomizar y despatarrar la nación. Y peor, ver a los indios como seres inferiores y desnudos de todo.
Felipe Martínez Pérez