San Carlos de Bolívar

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    Connivencias

    mar. 29, 2009 00:00

    en Opinión

    Buenas, ¿cómo va con este clima templadito y húmedo que nos desacomoda el esqueleto y nos somete a mosquitos indestructibles?
    ¿Sabe? El viernes, coincidíamos con Felipe -con el que nunca no ponemos de acuerdo en otras cosas, unas cuantas, pero no viene al caso- que mal vamos si avanza el dengue y nosotros no podemos con los mosquitos.
    Que no es chiste y aunque parezca exagerado no hay otra manera de exterminarlos que no sea a los golpes -aplausos, dice Felipe, yo prefiero una revista-.
    Días atrás me cansé del insecticida que había en casa, no de él, en rigor, sino de su ineficacia. Fui al supermercado en busca de otro flit -y sí, uno es grande. Recuerdo a mi abuela cargando la maquinita con el líquido que venía en una botella chica y que pulverizaba a todo tipo de insectos, entre los que -erróneamente- incluíamos a las arañas y a otros bichos que nunca sabré cómo se denominan pero están entre la cucaracha y el murciélago, que es mamífero, ya sé, pero feo y volador, ¡no me diga!- Le contaba: fui a por el flit. Unos costaban unos cuatro pesos y algo más, otros más de seis -ese era el que yo tenía- y otro, con una pinta increíble, con un cartelito de ´nueva fórmula´ y letras en dorado, que rondaba los nueve.
    Argentina al fin saqué una conclusión rápida: si es más caro: es mejor. Llegué contenta a mi hogar, tapé los peces, las plantas y mandé a los pibes a darles de comer a los mosquitos a la vereda con el único fin de aplicar el producto.
    Agité el envase, apreté donde decía push y comencé a rociar. No era feo el olor, le digo, eh. Por el contrario, lindito podríamos decir. Pero -siempre hay un pero- los mosquitos bailaban árabe mientras yo esperaba que cayeran fulminados, pulidos, como diría el Chino Castro. Y no. No hubo caso. Los mosquitos no se murieron y yo tuve ganas de atacarlos con el recipiente, que armas no tengo.
    Por estos lados del mundo las cosas no andan bien y usted lo sabe, más hoy que es veintinueve y debajo del plato de los ñoquis pondrá, con suerte, un billetito de dos mangos -¿se usa eso todavía?-. Fatalmente la realidad nos remite a aquel tristísimo libro de Paul Auster, El país de las últimas cosas. Todo mal, todo mal, como dicen los pibes. Y también mal con los mosquitos. Ya sé, usted me dirá ¡hay cada despelotes y esta mujer insiste con los mosquitos, pero por favor! Pero vea, con Felipe analizábamos que no debe ser que estos bichos sean cada vez más fuertes y resistentes, aunque sí, pero un poco nomás; llegamos a la dramática conclusión de que algunos de los que fabrican aerosoles contra los insectos los hacen como livianitos, -¿truchitos?- así uno tiene la necesidad de gastar uno por aplicación e ir a comprar otro al rato, porque tampoco se puede vivir todo picado. Y no pasa nada, que nos jodemos los que compramos aerosoles, que algunos fabricantes y los que debieran controlarlos deberán tener su negocio a pesar nuestro, como casi todos los negocios que nos caen encima a los argentinos -al menos a los del medio y a los de abajo, que los de arriba son casi siempre ¿casi? la parte que goza de las ganancias-.
    La cuestión de los mosquitos -¡y dale!- no es una zoncera, menos cuando los casos de dengue se suman por miles, pero parece que no importa, porque ahora ataca a los que ni siquiera pueden comprar insecticida entonces no salimos a revolear la cacerola, que cuando lleguen a Buenos Aires serán insectos hematófagos y peligrosos, nunca antes, y los que fabrican el flit -es lindo decir flit, es menos técnico que insecticida, que suena a laboratorio ¿vio?- se agarrarán de los pelos porque le abollarán las puertas de las fábricas, o no, en tanto no vengan los bichos con mucho dengue y nos hagan perder plata.
    Y así andamos los argentinos, unos de connivencia en connivencia, jodiendo a todo el pobre desgraciado que se le cruza y los otros de víctimas nomás, que para eso estamos. Los poderosos se agrupan en asociaciones -que hasta pueden ser legales, sépalo- destinadas a enriquecerse a costa de los que no lo son. Así palos y astillas hacen de las suyas y trafican droga por todos lados y nadie tiene la culpa, porque nadie es, porque nadie vio, entonces será una sensación -solamente, ¡no insista!- que cada día se consuma más droga de todo tipo, colores, olores y valores.
    Y se juntan y rejuntan también para construir casas, barrios, hoteles; comprar y vender, rematar, fabricar y cuanta cosa se le ocurra, eso sí, siempre con la ley en la mano, un buen puñado de mentiras, la cara de fierro y un par de calumnias listas para quien quiera desenmascarar a los asociados, que hay que insistir en que los malos son los otros hasta que la gilada -que ¡somos nosotros!- se lo crea, que para eso está.
    Aburridos de los tarifazos, de la falta de salud, de educación, de respeto, de tiempo y espacio, los más caminamos matándonos los mosquitos con el diario, espantándolos con una ramita de la planta de la esquina.
    Todavía somos nosotros los que matamos a los mosquitos, aunque ellos son muuuuchos más, avívese; pero algunos ya matan gente y mucha, aunque si fuera sólo una ya es imperdonable. Caminamos matándonos los mosquitos y yo me pregunto si mientras lo hacemos no nos iremos chupando el dedo.
    Me voy, hoy no me invite mate, que después el Chino vaticina el cansancio de mis lectores. Buen domingo y no invierta en flit, es de gusto.
    Alejandra Córdoba