Epecuén Rock Festival va por su cuarta edición. El sábado, noche de Reyes, se inauguró precisamente esta etapa del festival rockero regional con la presentación, como plato fuerte de la velada, de Las Pastillas del Abuelo.
Todo tiene lugar a la vera del lago Epecuén, el mismo que se hizo de merecida fama hace muchos años por las propiedades curativas de sus aguas y tristemente célebre por la cruel inundación de mediados de la década del 80, que literalmente cubrió a la localidad costera dejando ver, apenas, las edificaciones más altas.
Vale la pena ir a Epecuén en enero. Conviene hacerlo a aquel que es amante del buen rock, como el que puso sobre el escenario la banda capitalina pastillera el sábado; pero también a aquel que se deja atrapar por la magia de los espectáculos populares en serio y sobre todo por los de tan buena organización como la que propone la gente de Carhué.
El escenario, está dicho, se monta a pocos metros del mismísimo lago, hasta donde se llega solamente a pie transitando una calle asfaltada que muere en un magnífico anfiteatro capaz de contener a una multitud. Todo está cuidado allí, porque todo -se nota- ha sido previamente pensado. Los campings con sus baños limpios y amplios, donde los seguidores de las bandas se quedan a pasar la noche con el máximo de seguridad y comodidades, el hospital móvil, los puestos de comidas y bebidas y hasta los que alquilan sillas a razón de $ 3,50 cada una para que los mayorcitos -como el autor de esta crónica- puedan disfrutar mejor del espectáculo sin preocupaciones por la suerte de sus rodillas.
Así las cosas, todos los sábados de enero, será Epecuén una magnífica excusa como para "llevar a los chicos" y pasarla bien.
LAS PASTILLAS
HACEN BIEN
Sorprendieron las bondades musicales de esta banda joven con nombre divertido: Las Pastillas del Abuelo es, en rigor de verdad, una conjunción de muy buenos músicos que hacen un rock que merece ser escuchado.
Por momentos son rockeros clásicos, con mucha influencia de aquel de los primeros tiempos, muy influido por el jazz y exprofeso lo mezclan a su tiempo con otros ritmos logrando una fusión interesantísima que se deja escuchar amigablemente.
Cuando comenzó el recital del sábado, sin ser este cronista un conocedor del nuevo rock que escuchan los más jóvenes, se nos cruzó una idea alocada. Nos dijimos que estábamos escuchando un "rock folclorizado", ya que adivinábamos en el buen juego armónico de los instrumentos, acordes y compases propios de una chacarera santiagueña. Descartamos la idea rápidamente atribuyéndola a espejismos generados por pertenecer a una generación muy anterior, formada en sus gustos musicales en otros ámbitos. Sin embargo, volvimos a ella rápidamente, cuando Juan Fernández, líder y voz del grupo anunció, en el segmento acústico del espectáculo, que cantaría "una vieja zambita" y más tarde lo hizo -ahora sí- con una chaca-rera. Disfrutamos en este espacio de una especie de folclore rockero que consolidó aquel juego de fusión del que hablamos al principio y que parece ser el corazón musical de Las Pastillas.
Diego Bozzalla y Fernando Vecchio en guitarras, el primero de ellos también en coros y segunda voz; Alejandro Mondelo aportando un magnífico teclado y coros, el muy buen bajo de Santiago Bogisich, Juan Barbeito luciendo como pocos con su saxo y Juan Comas, un baterista de excepción, conforman junto al ya mencionado Juan G. Fernández esta banda en evidente evolución que hace casi exclusivamente temas propios con letras -en la mayoría de los casos- para escuchar atentamente.
"Insisto, si es bola y no rueda no es bola, o es bola gastada y no sirve pa´nada", dijeron cantando en la apertura misma del recital. Una alusión directa y una apelación a elegir ser y a servir para ello. Las pastillas son y sirven. Las pastillas son buenas y hacen bien.
Victor Agustín Cabreros